ColumnistasOpiniónSe dice en el barrio

¿Cómo deshacerse de esta plaga?

“Entre sueños, oí el ajetreo que se traían mis cóconas y gallinas. Yo seguía dormida, pero no podía descansar realmente. Parecía que, aunque sentía muy pesada la cabeza, una voz me alertaba para despertar, como si me previniera de algo. Como sea, medio abrí los ojos, atenta a los ruidos que me pudieran llegar. Pero no. A diferencia de lo que captaba en el sueño, todo estaba silencioso. No oía a mis animalitos, que parecían dormir en paz. Aun así, ya no pude conciliar el sueño. En eso, un golpe en el hombro me obligó a terminar de despertar: ¿realmente alguien me dio un manotazo o sólo lo soñé? Supuse que, quizás, a mi marido también lo inquietaron las aves, aunque todo seguía en silencio. Me levanté para prender la luz. En eso, también él reaccionó, y ni me dio tiempo de preguntarle por qué se había despertado. Sin más, me dijo que estaba soñando lo que nos pasó el otro día: que nos tocaron a la puerta unos señores elegantes, de corbata, que parecía que vendían biblias. Pero fue al revés: nos preguntaron cuánto costaba nuestro terreno, con todo y casa. La reacción de mi marido fue inmediata: ‘¿acaso tenemos colgado un letrero que diga que se vende la propiedad?’. Entonces, ellos explicaron: ‘Es que nos dijeron que ustedes ofrecían su casa y su parcela, y podemos pagarles de inmediato 50 mil pesos’. Nos miramos con cara de extrañeza y, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo desde antes, mi esposo y yo les dijimos que no vendíamos nada. Aun así, nos dieron su tarjeta de presentación y una hoja membretada en que nos invitaban a una reunión. Fuimos, pero ya no quiero acordarme de cómo nos tomaron el pelo”.

Mayra tomó la palabra y no dejó que Gelas terminar su historia. Más bien dijo que también a ella la han estado atosigando con lo de comprarle su casa. Se soltó el alboroto y todo mundo comenzó a quejarse por lo mismo, como si se hubieran puesto de acuerdo.

Ariadna encendió el micrófono y, tras unos golpecitos para ver si tenía sonido, dijo: “los citamos porque unas personas se nos han acercado para adquirir nuestra propiedad; pero muchos no sabemos qué hacer. A todos nos pasa lo mismo: llegan dizque para comprar la casa, aunque no la ofrezcamos. Mi primo Federico, el abogado, dice que en otras partes del país están haciendo lo mismo, sobre todo, con los más necesitados. Muchas veces le atinan porque, para salir de sus deudas o de las carencias en que viven, hay gente que cree que le conviene más recibir de una sola vez una buena cantidad de dinero (7 ó 12 ó hasta 50 millones) para resolver sus problemas. Y sí, tal vez con eso algunos podrán pagar deudas, pero no se dan cuenta de que, si venden su propiedad, aunque sea a cambio de una buena suma de dinero, la van a tener que desalojar. Para eso necesitan más que lo que recibieron, aunque a primera vista parezca mucho, pero ni se imaginan cuánto necesitan para cambiar de casa o con qué van a pagar una nueva, ni dónde van a encontrar un lugar como el que hasta ahora tuvieron y, sobre todo, si acaso su casa vale realmente lo que les ofrecieron, o por qué les compran casas, como quien dice, al mayoreo. ¿Qué piensan hacer?”.

Don Antonio comentó que a él lo han buscado varias veces. Le han prometido hasta 100 mil pesos, porque su terreno es grande (de más de dos mil metros cuadrados), pero que sabe que, en otros lugares, ha pasado lo mismo: la gente vende su predio. De inmediato, los compradores limpian el terreno y meten piedras dizque para los cimientos, pero piden a los interesados un enganche para comenzar la obra y poder entregarla en un mes. Muchos caen y, entusiasmados, sueltan el adelanto, pero, al final, se quedan como el chinito: nunca les dan nada, y la inmobiliaria desaparece. Contó que a él le hicieron eso, igual que a otros a los que les dijeron que el proyecto era para entregar cinco mil casas. Cuando menos lo acordaron, los del cartel inmobiliario ya habían desaparecido con el dinero que cobraron por adelantado, y nunca se supo nada más de ellos. Fueron a la fiscalía a hacer la denuncia, y allá se rieron de ellos; les dijeron que ya es una práctica común en estos días, y que es la manera más rápida que han encontrado para enriquecerse fácilmente. De todas maneras, les tomaron la nota a los defraudados, pero nada más “por no dejar”, aunque les dijeron que ha estado pasando esto muy seguido, porque hay poderosos que los usan como prestanombres, para robar ante la vista de todos, y se quedan muy campantes e impunes.

Todos nos vinos unos a otros, sin saber cómo reaccionar o qué podemos hacer.

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