COMÚNY CORRIENTE

Dentro de pocos días cumplo ochenta, pero aún me siento perdida. Las del grupo de secundaria agarramos la costumbre de reunirnos en casa de alguna de nosotras cada 15 días. Es cuando más me doy cuenta de que pasé de noche mi juventud:todas hablan de las locuras de “la Tere”, o de cómo “la Meche se traía” a los muchachos. Pero yo ni siquiera me puedoacordar del profe “Lalo”. Todas hablan de los compañeros, como si los acabaran de ver ayer, pero yo casi no recuerdo a nadie. Nomás me río, para que no se den cuenta de mi falta de memoria. Y no es que, en aquella época, yo todavía no fuera parte de “la bola” (así le decíamos al grupo), sino que tengo mala memoria; o tal vez casi no me acuerdo de muchas cosas porque mi papá, cada fin de semana nos sacaba a pasear para lucir su coche nuevo. Y yo no estaba con las muchachas.
¡Pues sí! En poco llegaré a la edad que, en esa época, tenían mis otros abuelos (hoy hasta soy mayor que Lino y Petrita,pues murieron cuando apenas tenían 60 o 70). Siempre los traté a lo lejos: los veía con mucho respeto y admiración. Como todavía era una niña, pensaba que nunca llegaría a su edad y, menos, a su sabiduría o a su capacidad de entender a los demás, infundir esperanza, gozo y ternura. Hoy han cambiado las cosas: ya tengo sus años, pero la verdad es que me siento “muy verde” todavía.
Recuerdo que “Chonita”, una viejita que nunca supe qué era de mí, pero andaba siempre al lado de mi abuela, decía que los muchachos de esa época –yo era de las personas a que ella se refería -ya no éramos como los de antes (entre los que se contaba ella misma). “Algunos parientes eran muy “entrones”, capaces de todo; pero se nos fueron pronto”, decía ella.
Aún me acuerdo de Anacleto, mi abuelito, el papá de mi mamá. Ya que habían terminado las faenas de casa, en el rancho,los fines de semana, nos juntaba a todos en el patio de su casa, poco antes de que salieran las estrellas: “A ver, muchachos, vénganse al patio, a quitarse un poco lo burro”, y él se descosía con explicaciones de todo tipo. Al aparecer las primeras luces en el cielo y mientras las mujeres desgranábamos los elotes cosechados, él dirigía nuestra atención: “Ésa de allí es la galaxia de Andrómeda; esa otra es la Vía Láctea, porque parece leche derramada. ¡Véanlas bien! Si el cielo está despejado, siempre se pueden ver galaxias, como hileras de estrellas o manchones de polvo: las galaxias son grupos de estrellas, gas y polvo cósmico”. En verdad, el viejo se entusiasmaba, y sabía de lo que hablaba. Ya reconocíamos lo que él llamaba “constelaciones” o “cuerpos celestes”. Siempre me pregunté cómo le hacía para saber que tales o cuales brilloseran de ésta o de esa otra; creía que tenían su nombre grabado a un lado, o algo así; años después supe que se llama así (constelación) a grupos fijos de estrellas, que los antiguos ya reconocían por el orden que tenían, y les habían dado esos nombres tan extraños para mí (de la Osa Menor, de Orión, de Sagitario, y no sé de qué más) porque siempre tenían la misma organización, y la gente que viajaba de un lado a otro se guiaba por las estrellas, en la noche, para no perderse en el desierto, en el mar o en la montaña.
En las reuniones en el patio de la casa, oyendo las explicaciones de don Anacleto, me sentía fascinada y, a la vez, perdida. “¿Cómo es posible –me pregunté muchas veces–, que los seres humanos sepamos tantas cosas y, a la vez, seamos tan ignorantes?”. Nunca encontré la respuesta a mi pregunta crucial, pero disfruté siempre de los asombrosos conocimientosdel abuelo.
Muchas veces me he preguntado qué habría sido de mí si hubiera podido ser astronauta, o navegante de los Siete Mares, o pirata en los mares helados, o exploradora de las dunas del desierto o investigadora científica, como soñaba cuando era niña. Pero nunca sabré la respuesta, pues, al final, soy lo que soy: una mujer común y corriente.


