Opinión

Confesiones

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

Hacía tiempo que no le oía a Gustavo Madero una idea interesante. Tal vez sea por ese gozo íntimo que uno siente al oír confesiones.

 

Resulta que durante la conmemoración de los 75 años del PAN, el miércoles pasado, el presidente nacional de ese partido se despachó 66 párrafos para reflexionar en torno a la plateada edad de la senectud. Los cumpleaños suelen ser siempre ocasión para recordar los horrores de la tierna infancia, la vigorosa juventud, la serena adultez y, por supuesto, la inevitable y respetable chochez.

La mayoría, párrafos desperdiciados. Dedicados a lo que llamó primeros valientes y pregoneros de la verdad, a los predicadores de la democracia en el páramo autoritario del siglo pasado. Bueno, hasta palabras hubo para su “querida Maru, mi güerita bonita”. Recordó los orígenes católicos del panismo pero llamó a no estacionarse en la “nostalgia paralizante”, sino a subir al avión del “futuro esperanzador” que anhelan los mexicanos. Claro, con ese tono retumbante, casi de resonancias mitológicas, hizo explícito su propósito de volver a Los Pinos y llamó a construir “una victoria potente, ideológica y axiológica, en una completa victoria cultural”. Ya vendrán los analistas a explicarnos el misterio de las victorias axiológicas.

De la narrativa del señor Madero, rescato una confesión. Dos confesiones, en realidad.

La primera, que podría constituir casi un pecado de familia, fue la afirmación de que Francisco I. Madero, el gran apóstol de la democracia, cometió el “gravísimo error”, de “no desmantelar el anterior sistema porfirista, ese sistema que combatió; por el contrario, no sólo no lo desmanteló, sino que licenció sus tropas y 15 meses después este sistema lo devoró”. Ese error de Madero, confesó Madero, costó al país “un siglo de atraso, de un sistema autoritario, clientelar y corrupto que es el origen de gran parte de los males y enfermedades sociales que padecemos los mexicanos todavía hoy”.

Y la otra confesión: en 2000, el PAN, dijo, se tropezó con la misma piedra. “Todo era alegría, entusiasmo, pero cometimos un error similar, no se desmanteló en estos 12 años el antiguo régimen priista que combatimos, ni la cultura ni el funcionamiento del sistema y del poder político, y no fueron 15 meses después, sino 12 años después, ese sistema nos devoró electoralmente en julio del 2012”.

No pasemos por alto algo que los estudiosos de la política nos alertan: los discursos políticos no son explicativos de los fenómenos políticos. Los discursos de los políticos son parte del fenómeno político. Y por eso son, deben ser, objeto de estudio. Por lo que dicen, pero sobre todo por lo que encubren de los hechos y por lo que ocultan de sí mismos.

El presidente Francisco I. Madero no duró en la presidencia ni año y medio, y el PAN contó con doce años, nos lo ha recordado Gustavo Madero. El presidente Madero no tuvo tiempo, el PAN sí lo tuvo en demasía. Lo que no dice es que en lugar de desmantelar al viejo régimen, el PAN descubrió las ventajas de su funcionamiento y aceitó la vieja maquinaria. Por si hiciera falta recordarlo, ahí está la señora Elba Esther Gordillo para prestar testimonio. Pero, además, en lugar de conducir el cambio que le confió el electorado, dedicó el PAN su primer sexenio al chacoteo, al folcklor y a la búsqueda de primeras planas en revistas del corazón. A la frivolidad.

Y dedicó los otros seis años a convertir al país en un inmenso cementerio nacional.

Con música electoral de fondo, Gustavo Madero está pidiendo otra oportunidad para pagar su deuda porque, dice, el PAN le debe a los mexicanos el desmantelamiento del sistema autoritario.

Parece que al señor Madero le gusta el cotorreo y le apuesta a la amnesia.

Si un partido ha permitido el retorno fortificado del centralismo presidencial ha sido justamente el suyo. Habrá que recordarle al señor Madero cómo festejó la “victoria cultural” ahora que culminó la lesiva reforma energética. Es penosa su alabanza a la economía de mercado, de la que dice sólo hace falta hacerla “más eficiente”… cuando ese modelo económico ha sido, desde 1982, con la comedida colaboración entre el PRI y el PAN, uno de los proyectos más costosos y criminales de que se tenga memoria.

La democracia no se reduce a las urnas, ni siquiera a la política en general. La única democracia digna de llevar ese nombre es la democracia económica. Y la economía de mercado lo que ha hecho es, justamente, alejarnos de la democracia económica. No sólo la ha venido posponiendo, la ha venido negando todos los días y a todas horas.

 

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