Opinión

Confusiones sociales

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

 

metamorfosis-mepa@hotmail.com

PARA DESTACAR: La drogadicción, el vandalismo, el ‘bullying’, la deserción escolar, y el suicidio de jovencitos, todos estos son problemas reales. Lo extraño es que en lugar de que los conservadores protesten y se organicen contra el sistema económico capitalista, denigren y excluyan a aquellos que intentan cuidarse y protegerse legalmente a través de los matrimonios igualitarios.

 

La crisis civilizatoria que vivimos hoy se caracteriza, entre otras cosas, por generar un maremágnum de confusiones. No importa si estamos en la ‘sociedad del conocimiento’.

Muchas de ellas provienen de la ignorancia, la incongruencia, los prejuicios o fanatismos. Otras, no son tales sino artimañas, diseñadas exprofeso por quienes detentan el poder para moldear la percepción ciudadana. Entre ellas están los eufemismos, que se emplean para ocultar o minimizar la gravedad de ciertos hechos de injusticia o de violencia y detener las expresiones de indignación social.

Así, quienes deciden por nosotros confunden o pretenden que confundamos al capitalismo (y a la proliferación, sin ton ni son, de emporios comerciales y de zonas ‘VIP’), con el progreso; al crecimiento macroeconómico con el bienestar nacional; a los recortes de los programas sociales con la austeridad republicana; a la cantidad de automóviles que circulan en la ciudad, con un buen nivel económico de la gente; al número de puentes construidos, con una mejor movilidad; a la privatización de los servicios públicos, con su ‘eficientización’; a la violencia despótica de Donald Trump, con ‘un malentendido’; al oportunismo retorcido de Peña Nieto al impulsar la ley de matrimonios igualitarios con ‘su visión progresista’ o a las manifestaciones ultraconservadoras de odio homofóbico, con ‘valiente defensa de la Naturaleza humana’.

Reconocer a qué intereses sirve determinada decisión, no siempre resulta sencillo. En el municipio de Querétaro se privatiza el servicio de limpia sin consultar a la población, pues la decisión se tomó ‘democráticamente’ en el Cabildo. En El Marqués, se promueve un plebiscito, simulando ‘democracia directa’, sin dar pie a la pregunta de por qué se somete a votación la conversión de un servicio público (que beneficia a todos), en uno privado (que favorece a unos cuantos).

Hay asuntos que no tienen por qué someterse a votación, pues constituyen principios políticos fundamentales o son inherentes a la definición de nación, que a través de la historia hemos construido.

Así, resulta espuria cualquier estrategia dirigida a convertir lo público en privado, como esas votaciones, previamente manipuladas a través de fuertes campañas publicitarias que distorsionan la realidad; o como esas medidas que dejan caer los servicios públicos de salud o educación, para que sea la población la que ‘elija’ a los privados por su ‘mejor calidad’; o como sucede con la agricultura nacional que se abandona, so pretexto de ‘libre comercio’, orillando al consumidor a ‘preferir’ los productos importados, ‘mejores y más baratos’.

En lo que respecta a la libertad de expresión y al derecho a protestar contra las decisiones autócratas del Gran Poder (principios por los que muchos han dado la vida, a través de la historia), resulta de lo más contradictorio que se apele a ellos para negar a otros su libertad y derecho a ser y a expresarse como diferentes.

Una contradicción que fue más que evidente en esas multitudes que salieron a protestar ‘en defensa de la familia tradicional’ y en contra de la iniciativa de ley que permite los matrimonios igualitarios. ¿Por qué la familia tradicional (que solo admite un papá, una mamá y unos hijos) habría de estar amenazada por la existencia, la expresión y la formalización de familias que no corresponden a esa estructura?

‘La familia de nuestros tiempos sufre una fuerte descomposición’, señalan los conservadores: Gran cantidad de varones emigran buscando mejores condiciones de vida y dejan solas a sus familias; muchas madres deben trabajar y dejan solos a los chicos; aumentan los embarazos de adolescentes, la drogadicción, el vandalismo, el ‘bullying’, la deserción escolar, y el suicidio de jovencitos…

Todos estos son problemas reales. Lo extraño es que, en lugar de que los conservadores protesten y se organicen contra el sistema económico capitalista (que fragmenta a la sociedad, destruye las relaciones comunitarias y azuza a los individuos a desconfiar y a competir unos contra otros, o los frustra por no poder alcanzar los niveles de ‘éxito’ que impone el gran mercado), denigren y excluyan a aquellos que intentan cuidarse y protegerse legalmente a través de los matrimonios igualitarios y de la adopción de chicos sin padres.

 

¿Por qué quienes alegan ‘defender a la familia’, no protestan contra las tremendas condiciones de desigualdad, exclusión, pobreza y violencia, que ha provocado este sistema económico?; ¿por qué no protestan contra la pederastia clerical ni contra la violencia heterosexual?; ¿por qué olvidaron el principio que, desde Jesucristo, separó a la Iglesia del Estado o al Evangelio que, en el Nuevo Testamento, predica el amor (incluido al enemigo), y se acogen, en cambio, a la ley patriarcal y machista del Antiguo?

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