Opinión

Conjugación popular del adverbio NO

Por María del Carmen Vicencio Acevedo

Para quienes están acostumbrados a la lógica parametral rígida, dominante y limitante, el título de arriba encierra un contrasentido: Los adverbios no se conjugan, los que se conjugan son los verbos. Sin embargo, en el marco del Pensamiento complejo (Morin), de la Gramática de la fantasía (Rodari) o de las contraculturas, no sólo se valen las rarezas, sino conviene propiciarlas para descubrir nuevas ventanas o caminos antes impensables.

El cuento de La palabra descontenta, de Rocío Sanz, permite por ejemplo, calar la fuerza de ciertas voces. “PERO, la palabra descontenta”, tenía serios problemas de identidad, porque sólo la usaban, decía, para desanimar a la gente: –“Eres una niña linda, pero flaca; eres guapo, pero torpe…” Por más que el escritor trataba de convencerla de su importancia, PERO se sentía infeliz.

Hay otra palabra más contundente que PERO, la palabra NO, que adquiere funciones disímiles, dependiendo de quiénes, cómo, cuándo, dónde, por qué y para qué la usen. Los padres suelen emplearla para disciplinar a sus hijos, cuándo éstos manifiestan aires “impropios” de autonomía; los maestros en la escuela lo emplean para marcar límites y contener conductas antisociales. En eso estriba la paradoja educativa, en que la libertad sólo se consigue respetando ciertos límites, enfrentando ciertas resistencias, superando ciertos desafíos.

La palabra NO, sin embargo, puede resultar altamente castrante, usada desde el poder. Se emplea para agredir y anular, para negar los derechos de la gente y la historia de sus luchas por lograrlos; para cortar las alas que sueñan horizontes distintos; para ocultar las tremendas desigualdades sociales, pretendiendo naturalizar esa violencia que permite que unos mueran de hambre, mientras otros despilfarran miles de millones en bagatelas insulsas.

La rebelión en contra del NO poderoso, a diferencia de otras épocas, resulta hoy muy difícil por varias razones. Una es la ilusión del SÍ, que se ejerce sobre las masas.

El SÍ AMORFO, que permite cualquier capricho, solapa cualquier infracción, compra cualquier conciencia, genera en la población, personalidades fofas, acomodaticias, egoístas, mediocres y débiles. Por eso es altamente explotado por la sociedad de mercado, su clase política y todo tipo de funcionarios corruptos.

El SÍ AMORFO infunde dos ideas seductoras entre la gente común. La de que uno “lo merece todo”, y puede obtener el máximo placer inmediato, posponiendo “a seis meses sin intereses” su sentido de realidad. Y la de que el candidato-mesías que se le “oferta”, es el único remedio posible a sus males.

El SÍ AMORFO no es más que la otra cara del NO poderoso. Se disfraza de palabras estelares, de “políticas de austeridad”, de “control de calidad”, de “eficiencia”, de “programas de certificación” para justificar, con criterios pseudocientíficos, la exclusión de las mayorías. La gente del pueblo que se oponga a ellos, será tachada de “negativa”, y ser negativo no corresponde al “perfil del hombre del siglo XXI”, de quien se espera absoluta flexibilidad, disponibilidad y plena asunción del principio de incertidumbre.

¿Qué sucedería si los NO, que se imponen a alumnos y maestros, en forma de exámenes, se impusieran con el mismo rigor a todos los secretarios de educación, jefes de sector, sinodales de concursos por oposición o líderes sindicales? ¿Qué sucedería si las exigencias de certificación que se imponen a cualquier trabajador o a cualquier profesionista, se impusieran a cada uno de los candidatos a puestos gubernamentales?

¿Por qué permitir tanta ignorancia y patanería entre quienes detentan el poder y exigir, en cambio, competencias de “clase mundial” al resto de la población?

La lucidez y la fuerza para decir NO a la lógica del poder son las únicas que podrán salvarnos del hoyo en el que estamos. Varias comunidades están logrando rescatar su dignidad de seres humanos, a través de la conjugación popular del adverbio NO: Yo NO, tú NO, él NO, ella NO, nosotros NO permitiremos más el paso de los abusivos a nuestros espacios vitales.

Entre esas comunidades se encuentra Cherán, un pueblito michoacano indígena (Marcela Turati, Proceso, 29 de enero de 2012), que dijo NO a los políticos de pacotilla y recibió el reconocimiento del instituto electoral de su estado para nombrar, en asamblea comunitaria, a sus representantes populares. Nadie gastó en basura electoral y el pueblo-sinodal, altamente exigente, argumentaba, si el compromiso con la comunidad y la experiencia para asumir el cargo eran atributos reales de sus aspirantes.

Los indígenas, sin certificaciones neoliberales, muestran mayor sabiduría que los hombres de ciudad (incluidos los académicos de las instituciones de nivel superior), empantanados en esos deleznables sistemas de medición, que han ido minando, tanto nuestra capacidad de comprensión de la realidad, como nuestra creatividad para construir espacios alternativos.

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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