Opinión

Corrupción privada

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

El tema de la corrupción regularmente se asocia con políticos y gobernantes. En parte, porque la corrupción en el sector público es la más estudiada y periódicamente se difunden las tablas comparativas que muestran la consistencia del sector público de nuestro país para preservarse entre los más corruptos del mundo. Y la corrupción se afianza, entre otros motivos, porque existe garantía de impunidad, tema en el que México también ocupa un sitio de privilegio en las primeras filas.

Pero de la corrupción privada poco se habla. Porque son escasos los estudios y porque las empresas privadas poderosas suelen tener inversiones en los medios de comunicación que podrían exhibirlos. Le ponemos atención sólo cuando ya son incontenibles los escándalos en que se ven involucradas. Como cuando en junio de este año quedó probado que el banco HSBC realizó maniobras ilegales para ayudar a clientes poderosos a evadir el pago de impuestos. A ese mismo banco se le probó, en 2014, haberse coaligado con otras cuatro poderosas instituciones financieras para manipular el mercado de divisas y obtener colosales rendimientos. No es casual que el primer escándalo se conoció gracias al trabajo del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, una entidad independiente con gran capacidad para el procesamiento de información.

La corrupción en la empresa privada está más extendida de lo que parece. Es beneficiaria del silencio de los medios y ha sabido entenderse e incluso asociarse con las burocracias estatales, mediante muy aceitados mecanismos que han alertado ya a los organismos reguladores internacionales.

 

Precisamente en estos días la empresa alemana Volkswagen vive un escándalo de proporciones globales por haber manipulado sistemas informáticos para burlar leyes de control ambiental. Tras una acusación criminal en Estados Unidos, el propio presidente ejecutivo de la compañía ha tenido que reconocer públicamente que con esa acción deliberada, y profundamente corrupta, “quebrantó la confianza” de sus clientes y ahora enfrenta la caída estrepitosa de sus acciones.

 

Apenas el 18 de septiembre otra empresa automotriz, la General Motors, se vio obligada a admitir que ocultó al gobierno y a sus clientes “un defecto letal en los sistemas de encendido” de sus vehículos. Esto ocurrió en el contexto de una investigación criminal iniciada en Estados Unidos, a raíz de la muerte de 124 personas y de que cerca de 300 más enfrentan delicadas condiciones de salud por accidentes.

Estos casos se volvieron inocultables porque escalaron a los tribunales, y casi siempre estuvieron precedidos por intentos de negar su responsabilidad por parte de los propietarios y de sus representantes legales. Abundan los ejemplos que permiten dimensionar qué tan extendida está la corrupción en la empresa privada. Si nos asomamos a los informes de la Procuraduría Federal del Consumidor tendremos un terrible catálogo de malas prácticas de las empresas en perjuicio de sus clientes. Van desde manipulación de despachadores de gasolina (en 60% se han detectado alteraciones) hasta grotescos engaños publicitarios, pasando por adulteración de bebidas alcohólicas y abusos en despachos de cobranzas.

Hay casos que parecerían cómicos si no se tratara de vidas en riesgo. Como ocurrió recientemente con motivo del terremoto en Chile. Ahí las autoridades abrieron una investigación en contra de la cadena Walmart porque durante el terremoto los gerentes ordenaron el cierre de las tiendas con el argumento de que era necesario “evitar robos”, dejando encerrados a sus clientes en lugar de resguardar su seguridad.

Para enfrentar la cada vez más escandalosa e inocultable corrupción en la empresa privada, al amparo de las convenciones internacionales, algunos gobiernos sudamericanos están diseñando mecanismos de contención, incluso se han creado tipos penales con específica aplicabilidad a empresarios, gerentes y empleados de empresas, como el delito de corrupción privada” y el “soborno transnacional”.

 

Un dato que a veces olvidan las empresas es que, así como los ciudadanos han descubierto el poder castigador de su voto para sancionar a las burocracias corruptas, los consumidores pueden vetar marcas y producir el colapso de las empresas que los engañan o los ponen en peligro. Hay en el mundo bellos ejemplos de boicots, como los encabezados por el célebre César Chávez contra granjeros californianos. El consumidor puede subir al escalón de ciudadano cuando se resuelve a gastar su dinero donde se encuentran los valores que aprecia.

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