Opinión

¿Creer en Querétaro?

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

En el siglo XII, Anselmo de Canterbury, fraile benedictino, discutía con otros monjes sobre la pertinencia de demostrar racionalmente la existencia de Dios. En aquella época se estaba dando el tránsito del teocentrismo hacia el antropocentrismo; de la fe hacia la razón; de la teología a la filosofía, y eran feroces los debates sobre cuál habría de considerarse superior y cuál estaría al servicio de la otra.

En esas discusiones, Anselmo es reconocido por su argumento ontológico: “Credo quia absurdum”: “Creo (precisamente) porque es absurdo; si no lo fuera, no tendría que requerir de la fe, pues lo sabría”. Esta respuesta es congruente con el fideísmo, doctrina según la cual, sólo se puede conocer a Dios mediante la fe, pues él no es accesible a la razón (la que se torna innecesaria o irrelevante). El principal criterio de verdad es, entonces, la autoridad del declarante (la clase sacerdotal).

Tuvieron que pasar varios siglos más para que la humanidad transitara, de los estudios racionales-especulativos hacia los científicos, empíricamente comprobables, que contribuirían a instalar en buena parte del mundo el llamado régimen democrático, cuestionando seriamente a esos monarcas que presumían de ser emisarios de Dios. A la ciencia no le basta con una declaración de fe, exige pruebas. He aquí, según dicen, una importante diferencia entre el mundo “moderno” (capitalista) y los fundamentalistas (como el Islam).

Más de mil años después de Anselmo, el “Querétaro, creo en ti” del gobernador Calzada pareciera querer regresarnos al Medievo (mucho más lejos en el tiempo que el poema de López Méndez, “México, creo en ti”). Calzada cree en el Querétaro exitoso porque no se ha permitido conocer directa y conceptualmente los espacios más miserables, sucios, desordenados, oscuros y conflictivos del estado, ni se ha permitido escuchar (no sólo oír) los reclamos de la población, afectada por sus decisiones o por las del gobierno federal que él aplaude.

Pretende que los queretanos acepten, sin más, la autoridad de sus discursos oficiales, predicando que todo está (o irá) bien en el Querétaro “seguro”, “exitoso”, “paradisiaco”, porque él no puede demostrarlo. Promueve la fe, porque la experiencia directa de los ciudadanos les muestra lo contrario. Su idea de que “Querétaro es prueba fehaciente de que el TLC funciona” resulta también fideísta, porque la OCDE ha evidenciado las calificaciones reprobatorias de nuestro estado en la reciente evaluación de este organismo sobre el bienestar y la calidad de vida de la población (Tribuna de Querétaro, 02/07/2014).

No conforme con eso, Calzada y, en general, nuestra clase gobernante, espera que el resto de los ciudadanos les regalemos un acto de fe, cuando nos resultan absurdas las decisiones que toman o las obras que realizan sin consultarnos (léase aquí, especialmente, las reformas estructurales que han despojado al país y lo han colocado en tan tremenda situación de vulnerabilidad), o cuando pretextan que “los procesos son largos y veremos resultados positivos en treinta años”.

En la modernidad líquida (Zygmut Bauman) en la que nos encontramos, el “Querétaro creo en ti” abona la tendencia de buena parte de la población a refugiarse en la religión, pues por lo visto casi nada puede esperar de sus gobernantes. (La reciente encuesta del INE deja esto claro, revelando que el 80% de los mexicanos desconfía de los políticos).

“Ciudadanos, crean en ustedes mismos”, parecen decir también los mensajes de Calzada, pretendiendo convencer a la gente de que se rasque con sus propias uñas si quiere salir adelante, porque el Estado (que sólo atiende a los exitosos pudientes) no está dispuesto a procurar el bienestar de las mayorías, seriamente dañadas por el sistema (más allá de regalarles despensas con fines electoreros).

Mientras este fideísmo acompaña el “excelso” Informe de Calzada, por donde vivo merodean muchos adultos y ancianos analfabetas; excluidos del empleo y del seguro social; cocinando con leña y viviendo en casas sin drenaje; mutilados por las fábricas o la diabetes (enfermedad neoliberal); extenuados en la lucha por la supervivencia; alcoholizados; desquiciados en su biorritmo; respirando el óxido de los desechos fabriles… sin esperanza. Merodean también muchos muchachos de 13 a 25 años, excluidos de la escuela; al filo de la nada; mareados por el cemento; mutilados por las riñas; obligados desde pequeños a prostituirse o a andar mendigando trabajos eventuales para sobrevivir.

Calzada y su clase pretenden que basta creer que esa gente no existe para que desaparezca. Sólo así duermen tranquilos.

Frente a tan dramáticos contrastes, en el mundo tan confuso de hoy, cuando la misma ciencia (que antes presumía de sólida) pone en evidencia el principio de incertidumbre (Heisenberg), instalando la duda y el caos en los cimientos de nuestra existencia, se vuelve necesaria otra forma de creer, no fideísta ni alienante, como la que nuestros gobiernos y megapudientes empresarios nos quieren imponer.

Cuando la experiencia nos lleva a dudar de las certezas oficiales, más que refugiarnos en la fe hacia los mesías, nuevos y antiguos, que nos inmoviliza, habremos de creer que, a pesar de todo, los ciudadanos comunes sí podemos construir espacios en donde nos rescatemos, como seres pensantes, creativos y libres. No importa tanto que sean pequeños o invisibles, con tal de que logren alentar y empoderar a quienes participan en ellos.

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