Crónica de un linchamiento emocional

Lo acusaron de tibio.
Alguien le recordó que Dios vomita a los tibios.
Él respondió sin levantar la voz:
“Hace tiempo que yo vomité a Dios:
Precisamente por tibio.”
Ocurrió en un foro con pretensiones ilustradas: frases de Mandela, café de comercio justo y señal WiFi bautizada “justiciaypaz”. El acusado era uno de esos personajes antiguos, discretos, difíciles de fotografiar: el Sentido Interno. Su delito: no pronunciarse con la velocidad y claridad que exige la Opinión Pública en tiempos de urgencia moral. No se trataba de pensar, sino de decidir de inmediato y con el corazón en llamas.
El tribunal era el habitual: la Opinión Pública, la Víctima Profesional y el Hashtag con Causa. La primera se presentaba como portavoz del sentido común, aunque hablara por reflejo. La segunda, envuelta en dignidad doliente, exigía empatía calibrada al gramo. El tercero flotaba sobre todos, dictando el ritmo de lo decible.
-No pedimos mucho -dijo la Víctima Profesional. Sólo queremos que el Sentido Interno se manifieste con claridad, con lágrimas si es posible. Que use las palabras correctas, en el orden correcto. Que no dude.
El Sentido Interno, que ha sobrevivido imperios, catecismos y departamentos de recursos humanos, simplemente dijo: “No todo sufrimiento da razón. No toda urgencia exige obediencia.” Fue suficiente para desatar la histeria.
-¡Neutralidad es complicidad! -gritó alguien con voz de furia editorial.
-¡Tibieza moral! -dijo otro, hojeando un manual de indignación progresista.
-¡Espiritualidad apolítica! ¡Misticismo neoliberal! -se escuchó desde el fondo.
El juicio no necesitó veredicto: bastó el murmullo digital. El Sentido Interno fue declarado irrelevante, cómplice, elitista, pasivo. Se retiró sin defenderse. Algunos lo confundieron con tristeza. Pero era otra cosa: paciencia. Una paciencia mineral.
Sin embargo, muchos preguntaron después: pero ¿qué es exactamente ese tal Sentido Interno? No es una doctrina, ni un partido, ni una cuenta verificada. Es una función antigua. Sócrates lo llamaba daemon, Kant lo llamó conciencia moral, Jung lo imaginó como Self, los místicos como testigo silencioso. Es esa parte de uno que detecta lo falso incluso cuando está bien maquillado, y que se incomoda cuando el aplauso es unánime.
No vive en la corteza cerebral ni en los hashtags. Vive entre el primer impulso y la respuesta automática. Es un sismógrafo moral que se activa no cuando pasa algo atroz, sino cuando todo el mundo parece saber exactamente cómo reaccionar. Su voz preferida es la duda. No porque le guste el relativismo, sino porque desconfía del fervor inmediato.
Cuando Rusia invadió Ucrania, el Sentido Interno intentó pensar. No justificar, no igualar, sino entender. Se preguntó por los muertos que no salían en pantalla, por los silencios previos, por las causas perdidas del siglo anterior. Pero lo interrumpieron con pancartas: “¡Si no estás con alguno de ellos, estás contra nosotros!”. Y así fue sustituido, una vez más, por la euforia alineada.
Hoy, cada vez que se exige un pronunciamiento urgente, él titubea. No por cobardía, sino por decencia. Porque sabe que la prisa por estar del “lado correcto” suele ser enemiga de la comprensión. Y porque ha visto demasiadas causas nobles convertirse en inquisiciones.
El Sentido Interno no sirve para campañas ni para slogans. Pero sirve -y mucho- para no convertirse en otro eco.
Tomar partido desde tal lejos, es simplemente mala comedia.

