Opinión

Cuando el Destino nos alcance…

Manuel Guzmán Treviño

El título del presente artículo es en español el de la película de ciencia ficción ‘Soylent Green’, del cineasta Richard Fleicher y el primer actor Charlton Heston.

Tuve la oportunidad de verla en esos lejanos ayeres, y a la fecha la recuerdo y la menciono en algunos seminarios. Hoy pienso que a la fecha en la que ocurren los hechos de la trama apocalíptica y que supuestamente se desarrollan en el año 2022, le anteceden muchos años de penurias y complicaciones sociales, políticas y de sobrevivencia humana.

Según la película, dentro de cinco años las cosas en el planeta estarían así como lo muestra la historia cinematográfica: La sobrepoblación invade todos los rincones de la ciudad de la Gran Manzana; salta a la vista, se respira y observa la pobreza extrema, el ombligo del mundo, Nueva York y sus habitantes visten en jirones, sobreviven en la intemperie esperando su ración de alimento procesado llamado Soylent Rojo y Verde.

La futilidad y el sinsentido de la vida diaria se respiran en cada escena de la historia fílmica como un horizonte inquietante, sombrío y premonitorio. Como una verdad posible. Era entonces 1974 donde se veía un árbol de Central Park como pieza única que forma parte del museo de la ciudad; la carne de comer y las verduras solo existen en la despensa de los magnates; el agua corriente de baño diario, así como el jabón y demás enseres que hoy se ven como ordinarios en nuestra casa, también, en el filme solo existen en las mansiones de personas multimillonarias que adornan esa hipotética época; la decadencia futurista en el filme es la de encontrar en las mansiones de multimillonarias mujeres objeto, mujeres parte del decorado que están para lo que a sus inquilinos les plazca hacer, son parte del mobiliario postmoderno.

Diferente pero igual

En estas Navidades fui a visitar a la familia que vive en San Luis Potosí. Era una visita de fin de semana y así sin más ni más salí; al pasar por la ciudad de Santa María del Río, a unos 60 kilómetros de San Luis Potosí, observo una hilera inmensa de automóviles.Pensé rápidamente que era una caravana de paisanos que venían llegando de los Estados Unidos y pretendían entrar a la ciudad y en su defecto prepararse para hacer un tradicional “desfile de trocas”. Solo fue un pensamiento sanador, toda esa hilera de autos pretendían ingresar a la gasolinera que está a pie de carretera.

Sigo mi camino y antes de llegar a mi destino pasé por unas tres o cuatro estaciones de gasolina y una estaba igual que la de Santa María del Río y las otras tres estaban cerradas. Llego a casa de mi mamá y con mi hermano comentaba el asunto: “¡No hay gasolina en ningún lado!”.

Era 24 de diciembre y la gente no sabía. Se iba a comprar el vino para la cena de la noche, los regalos que faltaban o mejor se formaba en kilométricas colas de gasolineras que no tienen un solo litro para vender…

Viví ese drama porque se me ocurrió salir de Querétaro con medio tanque pensando que en San Luis volvería a llenarlo; con poco menos de un cuarto de combustible en el tanque de gasolina no alcanzaría para el regreso.

Le podría pasar un poco del ahora preciado líquido que estaba en el auto de mi mamá, pero para mi sorpresa, su auto apenas traía lo que marcaba en la reserva del tanque; ¿del auto de mi hermano? Igual, no había tomado precauciones y poco menos que nada; en fin, las horas iban pasando y no quedaba claro cómo regresaría a Querétaro.

Mi camioneta es de reciente modelo y la marca cubre ciertas necesidades, como esta por ejemplo: se acaba la gasolina y la marca envía un propio con máximo de auxilio diez litros de combustible. Más que suficiente pensaba. Ingenuamente llamé a la marca de mi auto, me hicieron esperar, me devolvieron la llamada en quince minutos para decirme de la manera más cordial y atenta que la marca no tiene combustible para ese servicio, que tal vez en el transcurso de la semana.

Entre el auto de mi madre y el de mi hermano, ordeñamos las exiguas reservas de los mismos y logramos obtener por mucho 4 litros, más lo que tenía en mi auto y a una velocidad sostenida a menos de 100 km/hrs., sin aire acondicionado, tal vez llegaremos a San José Iturbide. Mi hermana

no estaba muy de acuerdo en arriesgar tal empresa, pero tampoco consideraba la posibilidad de quedarse en San Luis.

Arriesgamos, salimos el 25 a las 14:00 y para las 16:15 estábamos en San José Iturbide con suficiente cantidad como para haber podido llegar a Querétaro capital. Sin embargo, y después de 26 horas de un particular sentimiento sostenido de impotencia, zozobra y vulnerabilidad, decidimos “tanque lleno por favor”.

El brindis, junto con la cena y los regalos navideños, a habitantes de San Luis Potosí como a visitantes y turistas esta Navidad solo supo a “recuerdos del porvenir” envueltos en aroma de gasolina y villancicos premonitorios para  “Cuando el destino nos alcance…” y el momento en el que ya no vayan a existir hidrocarburos que no solo mueve al planeta, sino que sostiene emociones de cotidianidad inalterable y estabilidad de estilos de vida diaria de la humanidad.

Lo que pasó esta Navidad en San Luis Potosí es solo una pincelada y aviso de cómo podrían ser los momentos, nada agradables, en que el planeta quede sin gasolina.

Del mismo tema, recomendaría otra película premonitoria: ‘Mad Max’ (2015), pero ese es otra versión del mismo recuerdo del porvenir inmediato.

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