Opinión

Cuando la depresión satura los discursos La deificación de los psicofármacos en el mercado global-neoliberal

Por Violeta Venco Bonet

Desde hace algunas décadas, el término Depresión fue ganando cada vez más presencia en nuestra cotidianidad y en múltiples medios de comunicación social. Si bien su uso inicialmente estuvo relacionado con ámbitos cercanos al contexto político-económico –particularmente en el período de la gran depresión norteamericana a comienzos del siglo XX–, en la actualidad da muestras del afán clasificatorio y descriptivo promovido por la medicina psiquiátrica.

 

Así, de referencias ocasionales relacionadas con la caracterización del afecto involucrado en significativas experiencias de pérdida, pasamos a constatar una abundancia de alusiones que ya han transgredido los límites del ámbito clínico, a través de una ostentosa presencia en tratados psiquiátricos de salud mental, para constituirse en uno de los términos de uso más frecuente en la cotidianidad, aludiendo a un estado de ánimo que puede oscilar dentro de un amplio espectro de afectaciones vitales en la vida de los seres humanos.

 

Como consecuencia, la investigación y la producción farmacológica han tenido un gran desarrollo, ocupándose de acrecentar la oferta de una gran variedad de psicofármacos que se publicitan en el mercado como la mejor salida del creciente problema de la Depresión.

 

Ante la intensa dolencia de sujetos afectados por una sensación de tristeza e inhibición que cala hondo en sus relaciones y actividades, el diagnóstico recurrente se vincula a Trastornos Depresivos que, en líneas generales, viene considerado por la psiquiatría como un fenómeno ligado a carencias de sustancias químicas que vienen suplidas con diversos fármacos en tratamientos de extensa duración. Los beneficios generados son dudosos para los pacientes y muy definidos para las multinacionales propietarias de los laboratorios productores.

 

Quizás, el peso prioritario del discurso psiquiátrico tiene lugar a partir del auge de la ciencia positivista, que ha relativizado y menospreciado otros ámbitos terapéuticos que no se adecuan a una valoración experimental con referentes estadísticos, sino que privilegian cada caso como portador de una verdad que no se “masifica”.

 

Ciertamente, muchas son las consecuencias que se desprenden de una realidad social intensamente marcada por la ley del implacable mercado neoliberal, que se presenta como el “dios” en turno, vano facilitador de todas las satisfacciones en la supuesta época de la “eterna felicidad” al alcance de todos.

 

Lo cierto es que vivimos inmersos en la locura de una avidez consumista, carente de vínculos con nombres propios, sin lazo social que integre, limite o contenga. Ya no hay lugar para la tristeza, la frustración, ni el duelo; porque se privilegia la espectacularidad del individualismo, de la realización subjetiva, fruto del único amor posible: el narcisista.

 

Por ello, los ritos y las ceremonias que favorecían la vivencia de alguna pérdida se han borrado de la cotidianidad, porque la comunidad, la solidaridad y la familia ya no son valores significantes actuales.

 

Considero que la parcialidad conceptual y la universalidad del diagnóstico psiquiátrico con la que se afronta el padecimiento depresivo tan generalizado en nuestra cotidianidad, implica una pobreza radical que priva de la escucha al sujeto deprimido, restándole no sólo credibilidad, sino también negándole lugar a su palabra. El sujeto deprimido es –no obstante todo– un ser humano que puede decirse a sí mismo y, desde su palabra, tener la posibilidad de ubicarse en otro lugar. De hecho, el sujeto signado por una experiencia de duelo, está marcado por una añoranza definitiva, pero cualitativamente sujeta a una libido que puede estar introvertida sólo temporalmente, conservando la potencialidad amorosa para actualizarse en un nuevo vínculo de amor que puede habilitar y fortalecer al sujeto en una nueva apuesta significante; no obstante que el objeto perdido reste siempre perdido.

 

A su vez, en el horizonte común a todo este contexto social, político, cultural y económico, se esconde la pretensión de negar la falla que nos acompaña estructuralmente como sujetos e, incluso, la reivindicación de negar hasta la misma muerte que nos habita, personal, social y ambientalmente.

 

Así, en la sociedad neoliberal contemporánea, el hombre se asume como fundamento de la realidad del mundo, pretendiendo ejercer soberanía absoluta sobre su propio destino y privilegiando intereses personales aun en perjuicio de su entorno.

 

¿En qué medida nuestra sociedad neoliberal contribuye a generar sujetos depresivos?

 

Cohabitamos inmersos en una sociedad que rechaza la subjetividad y que se resiste a escuchar el grito ahogado e impotente del deprimido: se opta por su silencio, por la supresión de su palabra, gracias a los “efectivos” fármacos vigentes. Ya no hay lugar para el dolor y la desesperación en los tiempos del plus de gozar que impone la hipermodernidad.

 

Sin embargo, la insistencia de la Depresión ya supera el marco de la subjetividad y los referentes anecdóticos de algunos conocidos. Su presencia se extiende en un discurso generalizado, que es también portador de un deseo digno de escuchar y analizar, porque le concede un rostro social a su sufrimiento: es un reto planteado a través de un decir saturado de lamento, en donde puede haber espacio para una angustia naciente, a través de la cual pueda irrumpir un sujeto analizante.

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