Opinión

Cuando la teoría deja de expresar la vida y comienza a traicionarla

Por Ricardo Rivón Lazcano

 

La pasión ideológica puede llevar, en el campo científico, a falsear la verdad con la misma carencia de escrúpulos que en el periodismo.

Revel según Vargas Llosa

Aunque mi segundo apellido parece jugarme una trampa en la mirada, no voy a caer en la tentación de escribir del proceso electoral de la UAQ desde la entraña, ni a divagar desde la simulación que reparte juicios de valor. Quiero hacerlo como un intento de sacudir lo inútil de cierto conocimiento para comprender desde el campo mismo de la existencia lo que pasa, lo que queda y lo que no llegó.

Me valgo de recortes (con pequeñas modificaciones) de un libro que leí hace muchos años. El autor, Jean Françoise Revel (fallecido en 2006), quien tenía un profundo sentido de la desolación. El libro-ensayo: El conocimiento inútil. Son recortes como puertas entreabiertas que lo mismo invitan a entrar que permanecer en contemplación. He agregado unas cuantas reflexiones de Mario Vargas Llosa que, desde mi óptica, complementan la avasallante fuerza que trato de describir.

1. La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira. La civilización actual se ha basado, más que ninguna otra antes de ella, en la información, la enseñanza, la ciencia, la cultura; en una palabra, en el conocimiento, así como en el sistema de gobierno que, por vocación, da acceso a todos: la democracia.

1. bis. El prodigioso desarrollo del conocimiento, y de la información que lo pone al alcance de aquéllos que quieren darse el trabajo de aprovecharla, no ha impedido que quienes organizan la vida de los demás y orientan la marcha de la sociedad sigan cometiendo los mismos errores y provocando las mismas catástrofes, porque sus decisiones continúan siendo dictadas por el prejuicio, la pasión o el instinto antes que por la razón, como en los tiempos que (con una buena dosis de cinismo) nos atrevemos todavía a llamar bárbaros.

2. Sin duda, igual que la democracia, la libertad de información está en la práctica repartida de manera muy desigual en el planeta. Y hay pocos países en los que una y otra hayan atravesado el tiempo sin interrupción. Pero, aunque incompleto y sincopado, el papel desempeñado por la información en los hombres que deciden los asuntos del mundo contemporáneo, y en las reacciones de los demás ante esos asuntos, es incontestablemente más importante, más constante y más general que en épocas anteriores.

3. Los que actúan tienen mejores medios para saber sobre qué datos apoyar su acción, y los que experimentan esa acción están mucho mejor informados sobre lo que hacen los que actúan.

 

4. La tragicomedia lyssenkiana nos cuenta la extraña historia, difícil de creer no sólo en nuestro tiempo, de una teoría científica impuesta a un país por los mismos medios que la prohibición del alcohol en Estados Unidos, pero con un coeficiente de éxito más elevado, por ser la policía de un Estado totalitario incomparablemente más eficaz que la de una democracia.

 

5. Si por esta razón en una democracia ninguna superchería en las ciencias exactas puede recibir por vía obligatoria el estatuto de doctrina oficial, universal y obligatoria en cambio, en las ciencias humanas, sociales, económicas, históricas, regidas por un sistema de prueba menos riguroso por naturaleza, se llega a engañar a la opinión pública, e incluso a la opinión científica, sin ninguna necesidad de recurrir a la coacción estatal. Ciertamente, no se elude emplear eventualmente la coacción jerárquica, es decir, explotar una posición universitaria elevada en la burocracia del espíritu para promover sus concepciones y sus discípulos. Pero esto no es más que un coadyuvante, y lo esencial continúa siendo la fuerza de persuasión que se incorpora a una seudodemostración.

 

6. El observador se encuentra sometido a todas las presiones, agitaciones, distorsiones y deformaciones inherentes a la vida de la democracia. La información sobre la información sufre la repercusión de la guerra civil legal que se desarrolla sin tregua en el seno de la civilización democrática y, más que en otras partes, en el seno de su sistema cultural, del que forma parte la información. Ella es una de las armas de combate en esos conflictos internos, y en consecuencia, se deforma y se desvía de su destino primario y natural. En democracia, el obstáculo a la objetividad de la información no es ya, pues –o lo es muy poco–, la censura; lo son los prejuicios, la parcialidad, los odios entre partidos políticos y las familias intelectuales, que alteran y adulteran los juicios e incluso las simples comprobaciones. A veces, más incluso que la convicción, es el temor del “qué dirán” ideológico quien tiraniza y amordaza la libertad de expresión. Lo que más paraliza, cuando la censura ha dejado de existir, es el tabú.

7. Cuando cesa la libertad para expresarse libremente, en el seno de una sociedad o de una institución cualquiera, todo lo demás comienza a descomponerse. No sólo desaparece la crítica, sin la cual todo sistema u organismo social se tulle y corrompe, sino que esa deformación es interiorizada por los individuos como una estrategia de supervivencia y, consecuentemente, todas las actividades (salvo, tal vez, las estrictamente técnicas) reflejan el mismo anquilosamiento.

8. ¿Cree alguien todavía, en Occidente, que la democracia sirve para algo? A juzgar por la manera como sus intelectuales, dirigentes políticos, sindicatos, órganos de prensa, autocritican el sistema, manteniéndolo bajo una continua y despiadada penalización, parecería que habían interiorizado las críticas formuladas contra él por sus enemigos. Es decir, demoler la democracia para qué.

9. Hay disciplinas –la lingüística, la filosofía, la crítica literaria y artística, por ejemplo– que parecen particularmente dotadas para propiciar el embauque que muda mágicamente la cháchara pretenciosa de ciertos arribistas en ciencia humana de moda. Para salir al encuentro de este género de engaños hace falta no sólo el coraje de atreverse a nadar contra la corriente; también, la solvencia de una cultura que abrace muchas ramas del saber. La genuina tradición del humanismo, es lo único que puede impedir, o atemperar sus estropicios en la vida cultural de un país, esas deformaciones –la falta de ciencia, el seudoconocimiento, el artificio que pasa por pensamiento creador– que son síntoma inequívoco de decadencia.

10. Comenta Vargas Llosa, finalmente, en torno al significativo título de “El fracaso de la cultura: La gran desgracia del siglo XX y lo que va, es haber sido aquél en el que el ideal de la libertad fue puesto al servicio de la tiranía, el ideal de la igualdad al servicio de los privilegios y todas las aspiraciones, todas las fuerzas sociales reunidas originalmente bajo el vocablo de ‘izquierda’, embridadas al servicio del empobrecimiento y la servidumbre. Esta inmensa impostura ha falsificado todo el siglo y lo que va, en parte por culpa de algunos de sus más grandes intelectuales. Ella ha corrompido hasta en sus menores detalles el lenguaje y la acción política, invertido el sentido de la moral y entronizado la mentira al servicio del pensamiento.”

rivonrl@gmail.com

@rivonrl

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