¡CUÁNTO LA EXTRAÑO!

El sábado, a eso de las nueve de la mañana, Aurelio colgó una manta entre dos árboles del parque, a un lado de su casa. Se leía una frase, escrita con mano insegura: “me haces mucha falta”. En la tarde, también puso un altavoz en el quiosco para llorar, como se dice, a moco tendido, una y otra vez, lo que le sale del corazón, desde hace ocho años, cada que alguien oye sus clamores. Pudo colgar el altavoz porque el delegado y él son amigos desde que eran compañeros de banca en la primaria, y ahora le permitió valerse del cable del quiosco para llorar su pena…, como La Zarzamora.
Aunque el motivo de su dolor ocurrió hace ya más de ocho años y algunos datos ya se le han ido borrando, sigue viva en su corazón la herida terrible que, aquella vez, creó en él un real infierno. Desde entonces lo atormenta, sin piedad, aunque sus recuerdos sean cada vez más difusos. Fue ese fin de semana cuando conoció la pena más profunda, que hoy no le desea ni a su peor enemigo. Recuerda claves de aquel fin de semana. Aurelio las comenta en el micrófono: “una vez que arreglamos y limpiamos la casa, quisimos dejar todo listo para el siguiente lunes. Mi hija fue a la papelería por una libreta para su tarea. Ya no volvió y, desde entonces, no hemos vuelto a saber nada de ella. Como no regresaba, pensamos que se había encontrado con alguna maestra o una amiga. Esperamos otro rato más. Pero pasaron casi dos horas, y nada. Entonces, salimos a buscarla. Todo fue inútil”.
“La vida se nos transformó en muerte”, cuenta Aurelio. “Como locos, entramos a todos los callejones, recorrimos todas las vecindades, nos metimos a las casas de los vecinos. No dejamos ningún lugar ‘sin peinar’. Sin darnos cuenta, compartimos con cada vecino el tiempo y las ansiedades: nuestros proyectos, búsquedas, deseos y fracasos los hicimos de ellos y los suyos se hicieron nuestros: nos nutrimos de la vida y los dolores de todos”.
Tal vez, Aurelio quiere que la vida de los suyos parezca un modelo. Se hace la fantasía de que, de esa manera, los que pasean en la plaza concluirán que la familia de un hombre como él se merece lo mejor, aunque hoy, en su caso, la vida ha cometido grave injusticia. Por eso, además de hablar con la gente de la calle, del vecindario, sobre el daño y la pena que sufren él y su familia, en el aparato de sonido que carga para llamar la atención pone “música de protesta” y fragmentos de discursos de Hidalgo, Morelos, Tata Lázaro y otros más. En el micrófono cuenta que tiene otros dos hijos, que están estudiando: Enrique, su hijo mayor (no dice que está haciendo un postgrado sobre la vida marina en el Golfo de California), y Remedios, la segunda, que actualmente vive en la Cd. de México ‒con una tía suya‒ (no menciona que estudia para ser chef de cocina mexicana). Por último, habla de Raquel, la menor (de sólo 17 años de edad), que estaba terminando la prepa en la UAQ, y no sabía si estudiar antropología o pintura.
Después de poner en el altavoz la canción Gracias a la vida, Aurelio dice lo invaluable que es el ser humano: “por eso me duele tanto que a mi hija Raquel la hayan secuestrado. Ella vivía cargada de sueños y planes; hoy no tiene futuro; y, al llevársela a ella, también nos han robado a nosotros sueños y vida. Padres y hermanos de Raquel no tenemos idea de ella: si vive, dónde está, cómo sufre, qué es de ella. El drama que estamos viviendo es tremendo, como el que viven miles de familias en nuestro país ante la ola de crímenes que se han desatado. Es muy grave no tener información de ella y que el gobierno no haga nada. La familia vive todos los días la peor de las pesadillas; es tormento diario. Pero la historia no se detiene: la vida de los otros hijos y de la pareja tiene que seguir y, por tanto, hay que cuidarla día con día”.
¿Cómo hacerle para que nuestra vida, aquí, no padezca estos dolores? ¿Cómo lograr que este mundo sea de todos, y no nada más de unos privilegiados?

