Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios

La polarización mundial que estamos viviendo ha regresado un fenómeno que parecería conjurado o, para decir lo menos, bastante acotado, a saber, la separación entre la (s) iglesia (s) y el Estado. Y digo iglesias, porque no hay en el mundo y en nuestra región latinoamericana, una iglesia claramente dominante, como en otros tiempos lo fue la iglesia católica romana. Hoy, el panorama es más diverso y, por razones que no discutiré aquí, muchas iglesias hacen política y quieren vincularse más contundentemente con el poder político.
En gran parte del continente americano presenciamos cómo las iglesias protestantes, de distinto signo, cada vez cobran mayor protagonismo en la política, sus líderes oscilan entre la consejería espiritual de presidentes y gobernadores, defensores de sus causas, promotores del voto y hasta buscan que sus miembros funden partidos o asuman cargos en distintas posiciones gubernamentales. Recordemos la cercanía de estos grupos con el Brasil de Bolsonaro y el Estados Unidos de Trump y pensemos si grupos religiosos de otro signo o miembros de la comunidad LGTB+ no sienten sus libertades amenazadas.
Normalmente, estas iglesias se articulan con los políticos de derecha y de ultraderecha, aunque en raras excepciones se han vinculado con la izquierda, como fue el caso del Partido Encuentro Social y su romance momentáneo con Amlo y la 4t.
Esta búsqueda de intervención, aseguran sus líderes visibles, se basa en la idea según la cual la biblia debe ser el estándar moral no sólo de la vida privada, sino de la vida pública, rompiendo así no sólo los principios de la separación de la iglesia y el estado sino y, sobre todo, lo que constituye un olvido olímpico de la separación que el propio Jesús de Nazareth estableció cuando los fariseos cuestionaron su inacción ante la ocupación de Israel por parte del imperio romano.
A mi entender estas iglesias y todas las que tienen tales pretensiones políticas, por lo menos en el gelatinoso mundo occidental, se equivocan rotundamente. Si se toma la biblia, como norma constitucional y no privada, se estaría atentando contra la libertad que, paradójicamente, explica gran parte del florecimiento del cristianismo evangélico.
“Dad al César lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”, no es sólo una separación de los asuntos espirituales de los políticos es, sobre todo, una apuesta por la libertad de pensamiento y de creencias, que Jesucristo entendió como necesaria y estratégica para su revolución. De hecho, fue la cercanía de los fariseos con los jerarcas ocupantes romanos, lo que explica gran parte de deseado e injusto proceso jurídico que lo llevó finalmente a la crucifixión (Burgoa, 1964).
Nietzsche dijo que a los buenos lo crucifican, no sin ironía ni sin sorna hacia el nazareno, pero yo digo que los buenos, de todas las religiones e ideas, corren mayor riesgo en aquellos lugares donde las religiones se vuelven dominantes y peligrosamente ligadas a un poder político que olvida de la imparcialidad.
Los evangélicos tendrían que valorar, desapegados de las tentaciones del poder, si está es buena estrategia y si es sostenible cuando nuevos gobernantes, con nuevas ideas y credos, lleguen y puedan echar a andar políticas e ideas que atenten contra la libertad de la que se han beneficiado. Puede ser una factura que, con el pasar del tiempo, sea más cara, de lo que la actual cercanía ha generado de ganancia.
Referencias
Burgoa, Ignacio (1964). El Proceso de Cristo. Monografía jurídica sinóptica. México: Editorial Porrúa.
Nietzsche, Friedrích (1974). El Anticristo. Maldición sobre el cristianismo. El Libro de Bolsillo Alianza Editorial, Madrid.



