Opinión

De “buenos” y “malos” maestros

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

 

Echar a andar una reforma educativa es algo extraordinariamente complicado en México; país con tan enorme diversidad de tradiciones, de contextos, de condiciones económicas y socioculturales, de modos de comprensión de la realidad, de niveles de alfabetismo o de acceso a los medios de información, así como de tipos de experiencia profesional, o de especialización disciplinaria de quienes participan en el proceso. (Mis respetos para quienes se tomen la tarea en serio).

Para que una reforma tenga éxito se requiere que quienes la pongan en práctica, le encuentren sentido y la hagan suya. De otra manera sus promotores vivirán el castigo de Sísifo, empujando una pesada piedra hacia la cima de una montaña; una piedra que no se deja empujar. Y es que “nadie da de beber a un caballo que no tiene sed” (Freinet). La pedagogía moderna ha señalado, desde hace más de cien años, que para promover cualquier cambio en determinada población, es fundamental contar con su anuencia y generar su necesidad o deseo de hacerlo.

Esto le faltó a la reforma curricular de las escuelas básica y normal (2009-2011), que devino en la peñista y que se convertirá en ley. No dialogó con los profesores y simplemente se les impuso. Partió de un imaginario muy pobre, homogeneizador y altamente despectivo de ellos y, desde ese imaginario, busca enseñarles “lo que no saben” y los pone a competir unos contra otros, en franca contradicción con lo que su discurso reformista pregona (respeto a la autonomía, reconocimiento de la diversidad de saberes previos de los sujetos del aprendizaje, de la necesidad del trabajo colaborativo, de que el conocimiento no se transmite, sino se construye socialmente al enfrentarse reflexivamente a situaciones-problema, de que el aprendizaje es social y situado, etcétera).

Los maestros replican, porque tienen mucho que decir y no son escuchados, porque su experiencia y lo que han construido, en su interacción con el pueblo, en condiciones casi siempre adversas, les han enseñado cosas importantes que, al parecer, ahora pretenden desconocerse.

En su intento por ser escuchados, surgen diversos debates (incómodos para los reformistas autoritarios) y, también, múltiples confusiones. Muchas de ellas generadas con toda intención por la cúpula en el poder: Quienes hacen cuestionamientos críticos a la reforma son “los malos maestros”, y “los buenos”, quienes acatan sin chistar lo que esa cúpula decrete.

Sin esta confusión los promotores de la privatización educativa (disfrazada de mejoramiento de la calidad) no pueden contar con el consenso social; la reforma no puede concretarse y las ganancias que esperaban se esfumarán.

Es interesante constatar, a partir de actos fallidos en algunos promocionales, dirigidos a convencer a la población de las bondades de la reforma, la punta del iceberg de una profunda contradicción. Una maestra pasa lista a unos niños: “Juárez Benito, Hidalgo Miguel, Vicario Leona, Zapata Emiliano…”, sugiriendo que con la reforma y una educación “de calidad” los niños podrán llegar a ser mexicanos importantes.

Lo curioso es que los personajes que el diseñador del promocional elige (y que ahora reconocemos como “héroes” u “hombres ilustres”) fueron, en su tiempo, disidentes del poder dominante, y señalados como herejes, sediciosos, insurrectos, perturbadores o peligrosos delincuentes, en síntesis: “malos mexicanos”.

Convertir hoy a “los malos maestros” en héroes (eliminándolos, por ejemplo), no es muy conveniente, pues se vuelven políticamente más peligrosos. Procede entonces amenazar, excluir y desprestigiar a los “indisciplinados”.

Lamentablemente ésta ha sido la estrategia fallida del poder. Fallida, porque ha provocado un tremendo rechazo, un gran malestar, paranoia, mucho estrés y serios conflictos entre los maestros. (¡Pero qué necesidad!) Con estas acciones es casi imposible elevar la calidad educativa. Tales medidas son contraproducentes e incluso peligrosas para los chicos que padecen toda esta tensión (“Si ustedes salen mal en los exámenes, yo no seré promovido”).

La reforma educativa peñista empezó al revés, poniendo sobre los enseñantes la espada de Damocles; volviendo “urgente” la promulgación de una ley que los obliga a someterse a “rigurosos” exámenes (de opción múltiple), para conseguir su ingreso, promoción y permanencia en el sistema; exámenes que desacreditan los títulos, constancias o certificados ¡que la misma SEP les otorgó! Y DESPUÉS pretende hacer ¡un censo!, pues aún no tiene claro (¿?) quienes son los maestros, en dónde están, qué hacen y en qué condiciones trabajan. (“Primero matas y luego viriguas”).

A pesar de todo esto, aún hay tiempo de dar un giro y promover que los profesores digan su palabra; que se dé entre ellos y las autoridades educativas una escucha mutua y un auténtico diálogo. Así, la tesis de la necesidad de responder a las exigencias de la sociedad contemporánea, se enfrentará a la antítesis del reconocimiento de la diversidad de condiciones, de necesidades y sobre todo de caminos para aprender, y viceversa.

Sin ese diálogo, agudizaremos lo que Guevara Niebla llamó una vez “la catástrofe silenciosa”.

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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