Opinión

De la democracia capitalista a la democracia popular alternativa

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo / metamorfosis-mepa@hotmail.com

PARA DESTACAR: Uno de los mayores dramas de México es que sus aspirantes a gobernarlo busquen imitar los modos gringos, reduciendo la democracia a esa guerra individualista de mutua denigración, desconociendo nuestra historia nacional y nuestra propia capacidad creativa.

Acabamos de presenciar el primer debate entre Hillary Clinton y Donald Trump, en su lucha por conseguir ser electo(a) presidente de “el país más poderoso del mundo”.

En los debates suele hablarse de un “ganador”. Aunque estos no decidan quién será presidente, se piensa que su difusión masiva y sus análisis posteriores ayudan a inclinar la balanza electoral hacia uno u otro contendiente.

Cada comentarista político dará el triunfo al candidato de su preferencia, (la neutralidad no existe): ‘Hillary se portó sonriente, segura, relajada, capaz, bien preparada y optimista, -sin embargo, más que presentar el proyecto de su partido, se limitó a responder los ataques de Donald Trump, en una especie de “pleito de lavadero”. Trump, insistiendo en su “I’m a busisess man” (yo soy un hombre de negocios), se expresó agresivo, déspota, grosero, xenófobo y misógino, -pero es precisamente ese su estilo, el que parece gustar a muchos; por eso lo reconocen como su portavoz’.

La ideología dominante, que lleva a competir a los candidatos-individuos, de la forma como lo hacen, recuerda la espectacularidad y ferocidad del circo romano: Dos gladiadores, luchando por destruirse mutuamente; miles de espectadores ávidos de sangre, vociferando en favor de uno y en contra del otro.

La diferencia con el actual combate en la “democracia moderna” es que las heridas solo afectan al prestigio o al orgullo; sangra el alma, mas no siempre se sabe lo que pasa con el cuerpo, (más vale ocultarlo que mostrar fragilidad).

El peligro, sin embargo es real, las consecuencias que disfrutará o sufrirá el pueblo gobernado serán materiales y no solo discursivas. Si gana Trump, el mundo será más desigual, excluyente y violento de lo que ya es hoy; si gana Clinton, ¿será mejor?

Los menos ingenuos saben que casi nadie de quienes llegan a los más altos niveles del poder político o económico, es inocente. El poder afrodisiaco genera tal pasión que uno está dispuesto a lo que sea, con tal de conseguirlo. Para ser presidente de un Estado, en el mundo capitalista, con frecuencia se requiere haber subido una escalera cuyos peldaños han sido manchados por la mentira, la corrupción, la injusticia o la sangre.

En cada debate-combate, cada uno habrá de desnudar al otro hasta evidenciarlo ante sus posibles electores como “monstruo corrupto”, como alguien “indigno de dicho cargo”, “peligroso y violento” o, en el mejor de los casos, como “débil” o “incapaz”.

Esa competencia feroz, valorada como “estrategia para elegir al mejor”, termina entonces por dar el triunfo al más feroz, al más voraz… o incluso a quien menos le importe el bienestar del pueblo que ha de gobernar, pero no al “mejor”, porque el ganador será ese “monstruo denostado”.

A esto llamamos “democracia moderna”, y uno de los mayores dramas de México es que sus aspirantes a gobernarlo busquen imitar los modos gringos, reduciendo la democracia a esa guerra individualista de mutua denigración y desconociendo nuestra historia nacional, nuestra idiosincrasia y nuestra propia capacidad creativa.

Tenemos varias décadas de observar esta forma de “hacer política”, y de escuchar que “por eso” muchos se ufanan de aborrecer esta “tan sucia” actividad social.

Después del tremendo desprestigio en que ha caído la política “por competencias” (centrada en la habilidad de un individuo o de un grupo para vencer a su contrincante), urge construir otra cosa.

 

La política  que nos hace falta es una popular-alternativa (esa que se preocupa por organizar lo mejor posible a la sociedad, de modo que todos disfruten de los beneficios de la convivencia y colaboren responsablemente para producirlos); esa es la política que hemos aprendido de muchos héroes que nos dieron patria y de muchos de nuestros maestros de historia y civismo.

Esa política no debate sobre las características de los individuos; debate sobre ideas y proyectos, para que cada comunidad sea la que construya el suyo propio. Se trata de una política que obliga a reinventar, una y otra vez la democracia, hasta encontrar o diseñar la que mejor se adecue a cada contexto; en la que todos puedan entender (a su nivel) lo que está en juego y todos aprendan a decir su palabra, para que los demás también comprendan el porqué de su postura.

Y, si fuera preciso elegir “al mejor gobernante”, quienes aspiraran al cargo, habrían de partir del reconocimiento de las más grandes cualidades de sus otros compañeros aspirantes, para después hacer ver, por qué quien habla tiene mejores posibilidades de hacer realidad el proyecto que la comunidad construyó.

Por fortuna, muchos pueblos y colectivos de México en miles de rincones del país, ensayan ya otras formas de organización democrática, más autónomas, participativas y solidarias.

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