Opinión

De la “India María” al “Zapatismo”: parte del indigenismo en México como espectáculo.

Por: Manuel Basaldúa Hernández

Las comunidades indígenas ubicadas dentro del territorio mexicano son diversas, múltiples e independientes. Mi tesis es que cada una de ellas ha construido una relación de sobrevivencia con el área física y geográfica que ocupan y la explotación racional de sus recursos naturales, con la que han establecido sus patrones  culturales y económicos. Con estos elementos, el común denominador que tienen es su relación directa con la comunidad urbana y algunos de carácter religioso y comercial.

Los patrones de organización, sus formas de funcionamiento y sus comportamientos, al igual que su cultura y su mundo simbólico  tienen algo de equivalente unas entre otras, pero no hay una similitud que represente estructuras que las identifiquen.  Solamente la comparación con la comunidad urbana las hace ver como pobres, marginadas y miserables. Efectivamente tienen necesidades y requerimientos, pero estos solamente están en condición en su relación con el mundo urbano. Frente a ese mundo metropolitano,  en ese sentido, todas las acciones, pensamientos y deseos de integrantes de los ciudadanos no distan mucho de la visión que tenía el dominico Fray Ignacio Rueda Latasa, que aunque emotiva, de buenas intenciones y hermosa pieza lirica para la declamación, no deja de ser parcial, clasista y que deforma la realidad indígena. Algunos movimientos de reivindicación con estas comunidades o incluso personajes de la farándula  han seguido esa línea.

Con “Tizoc”, filme del “Indio” Fernández la sociedad mexicana y la internacional se adentraron en ese universo, lo mismo con la película “Canasta de Cuentos Mexicanos, una adaptación del libro de Bruno Traven”.  “Madaleno”  otro de ellos, “Patiño” de Paco Malgesto . Pero es la “India María” el  personaje que se ha convertido en una idea dentro de la mayoría de la sociedad. Con su vestimenta que tiene rasgos de una comunidad otomí o mazahua, sus cualidades personajes son de bondad, de inocencia y tenacidad, ha logrado convertirse en un mito del ser indígena.   Su existencia mediática ha sido forjada gracias más a la rápida asimilación de los ciudadanos que de su pobre producción actoral y cinematográfica.  La representación de su personaje no va más allá de la denuncia, sino de evidenciar algunas características de la perversidad  urbana respecto a estas comunidades: “tonta pero no tanto”, “pobre, pero honrada”, “la presidenta municipal”, “ni de aquí ni de allá”, más que ser los títulos de sus películas, son frases de sentido común en la relación de ese indigenismo con el mundo urbano.  La penetración de la idea de la “india maría” ha sido más en los estratos de clase media y populares de la ciudad, aunque la clase alta y los intelectuales la ubican bien. Lo que demuestra que es más el imaginario y la idea que tenemos, desvirtuada y falsa, del indigenismo en México.

En la década de los años de 1960 y 1970 se dio una dura lucha en los campos académicos e intelectuales sobre la campesinización y descampesinización, problema no resuelto hasta la fecha, creo yo. Por su parte, el indigenismo se desarrolló como trabajo académico debido en parte al interés de estudio de los integrantes de la llamada Escuela de Chicago. La preocupación e interés de los antropólogos por descubrir y estudiar la cultura y la comunidad indígena fue el eje que articulo todos estos estudios. La necesidad de la integración nacional fue la que despuntó el interés sobre estas comunidades, en otra parte de nuestra historia.  Los trabajos de estas fechas y académicos, acercó a los intelectuales y a los políticos al tema.

La aparición del llamado “Ejercito Zapatista de Liberación Nacional” en Chiapas durante 1994, llamó la atención de muchos ciudadanos urbanos. Utilizando la imagen de una de las comunidades indígenas del Estado de Chiapas, principalmente la de vestimenta de mujeres tzeltales, tzotziles y algunos atuendos de los hombres, el EZLN representaba en primera instancia a esos grupos étnicos herederos de la cultura maya, pretendiendo representar a todos los indígenas de México.

El supuesto levantamiento de esos indígenas en el sureste del territorio nacional despertó más miedos en la Presidencia de México que interés y motivación para un alzamiento generalizado de las comunidades indígenas de todo el país. La comunidad urbana y su gobierno temían un descontento general, una crisis política interna y una intervención extranjera.  Más allá de esas acciones, se convirtió en un evento con mucho impacto que trataba de denunciar la desigualdad de los mexicanos, la inequidad respecto a los indígenas y la denuncia de un sistema opresor.

Las acciones de este EZLN fueron mediáticas. A diferencia de los otros estallidos sociales que hemos tenido en la historia de nuestro país, la comunidad mexicana en su conjunto fue más testigo que actor en este levantamiento.  La existencia de la internet y de la televisión contribuyeron a este fenómeno de difusión. La rebeldía que representaban lacandones, tojolabales, choles, jacaltecos, kanjobales, mames, mochos, zoques y motocintlecos, no se generalizó ni tuvo eco en los Mayos, yaquis, Tarahumaras, Nayares, Mazahuas, Otomis y otras tantas comunidades indígenas. Pero si lo tuvo  en algunos  núcleos urbanos, dentro de los cuales los integrantes de la izquierda y algunos sectores universitarios tenían grupos de activistas.

A veinte años de ese hecho, se habla del zapatismo, no del indigenismo. El EZLN involuntariamente ha formado parte de un espectáculo mediático y no ha logrado nada concreto respecto al indigenismo. Ni tampoco las propias comunidades indígenas lo necesitan. Ahí están los Yaquis de la comunidad de Vicam en Sonora, que protestaron contra las acciones gubernamentales del gobierno panista, y negociaron exitosamente con el gobierno priista de Sinaloa para resolver el conflicto sobre afectación de aguas. Los indígenas de Michoacán, en medio del ejército, el crimen organizado y las supuestas guardias de autodefensa han sabido convivir y salir adelante. En Querétaro se han dedicado al emprendedurismo y a relacionarse con los gobiernos priistas para la elaboración y mercadeo de sus artesanías. Estos son algunos elementos que muestran que no se requiere de movimientos políticos que causen más estridencia en los medios que de estrategias genuinas y concretas de los indígenas. Todo ello de acuerdo con sus propias capacidades, necesidades de los grupos, y de su desarrollo.

La “India María” ni representa a la comunidad indígena ni tampoco el subcomandante Marcos. Ambos personajes han caricaturizado la idea del indigenismo. Algunos ríen de las chistosadas de la India María, como otros quieren reflejarse en la gallardía de Marcos, pero no quieren ser el indígena que es la esencia de esas comunidades.  Con ambos personajes se borra la multiculturalidad de esas etnias, su verdadera y relativa esencia.

Más allá de las genuinas demandas que puedan estar reclamando los zapatistas para algunas de estas comunidades, esto no se puede resolver ni de manera general ni con los requerimientos que ellos plantean.  Si retomamos la tesis inicial, más bien es que les podemos aprender y como resolver nuestros problemas en la comunidad urbana. Si los indígenas encuentran un entorno desarrollado, con menos  problemas, y más educado. Así lo han demostrado las relaciones de indígenas en otros países.

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