Opinión

De la positividad neoliberal a los nuevos afanes revolucionarios

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo / metamorfosis-mepa@hotmail.com

PARA DESTACAR: Los “positivos” de hoy consideran de mal gusto discutir seriamente los problemas sociales. Eventualmente intercambian algunos textos groseros que generan miedo o catarsis y dan la sensación de pertenencia al prestigiado grupo de los “pensantes”, pero no soportan a quienes toman en serio la política, al periodismo crítico, o los planteamientos antisistémicos.

La Revolución de 1910-1917 identificó a los grandes capitalistas y al dictador Díaz como enemigos a vencer. Y aunque en cada aniversario se renuevan los afanes populares de justicia, hoy es difícil saber quién es quién y reaccionar adecuadamente.

Hay muchas formas de actuar frente a esos “visibles” que nos estafan, fastidian o agreden (gobernantes, banqueros, empresarios, burócratas, vecinos, o “delincuentes comunes”…). No es fácil reaccionar, en cambio, ante lo “invisible kafkiano”, que rige nuestra época: el desorden amorfo del río revuelto, donde nadie sabe nada ni es responsable de nada (porque ese pobre empleado que sufre nuestra iracunda protesta, es solo un eslabón en la intrincada cadena de subordinaciones, que no llega a ningún lado, en esa corporación anónima, que nos falló).

Entre las reacciones de la gente se encuentran, en un extremo, el deseo de hacerse justicia por su propia mano (en un país con el 98 por ciento de impunidad de nada sirven las denuncias ante el Ministerio Público, la Profeco o Condusef). En el otro extremo está la evasión depresiva en esa burbuja, aislante que envuelve y protege, en la cómoda y caliente sala hogareña de la tele 4K (que para eso hay Buen Fin).

También se observa una reacción exuberante en el “wats”,  conocida como “positividad”; actitud, que resulta de la psicopolítica o el “neuromarketing” neoliberal (Byung-Chul Han).

Estos constituyen una estrategia de dominación, suave y seductora, que penetra el inconsciente colectivo para que cada quien se perciba “libre y feliz” de elegir entre las diversas marcas comerciales (incluidos los partidos políticos y candidatos independientes), “lo mejor”. Si su elección falla, el individuo concluye que el único responsable, es él mismo y no el sistema.

La positividad se expresa en esos memes ñoños y sentimentales, con saludos Walt Disney, bellísimos paisajes y textos de autoayuda, religión, budismo o caridad, tipo Teresa de Calcuta con fotos de “gente chistosa” (deforme) que provocan hilaridad a los simples.

Sin dejar de reconocer que entre esos mensajes, se cuelan muchos otros que ponderan el cuidado de uno mismo y de los demás, frente al dominio del mercado y que pueden contribuir a fortalecer el tejido social y la reflexión crítica, importa diferenciarlos, analizarlos y reconocer sus efectos.

Así, los “positivos” de hoy consideran de mal gusto discutir seriamente los problemas sociales. Eventualmente intercambian algunos textos groseros que generan miedo o catarsis y dan la sensación de pertenencia al prestigiado grupo de los “pensantes”, pero no soportan a quienes toman en serio la política, al periodismo crítico, o los planteamientos antisistémicos.

Pronto optan por el estatus quo frente a “los conflictivos”: maestros disidentes, jornaleros insumisos, familiares de desaparecidos, seguidores del Peje o indígenas zapatistas. A los “positivos” les parece más lógico defender el derecho del automovilista clasemediero, que a nuestro territorio y recursos naturales, nuestro derecho al agua, a la educación y a los servicios de salud pública, al trabajo decente y a la vida digna…

En este contexto vale agradecer y contribuir al fortalecimiento de aquellos que, frente a la crisis, reaccionan trabajando arduamente: observatorios ciudadanos, universidades públicas, centros de investigación, redes sociales, movimientos populares, antineoliberales y comprometidos con el pueblo…, para construir una nueva forma de entender y de ejercer la política. Entre ellos están: el Congreso Nacional Indígena, que busca conformar “un consejo de gobierno, anticapitalista, antipatriarcal, horizontal y colectivo, y una sociedad en la que quepan todas las culturas”; la Nueva Constituyente Ciudadana Popular, decidida a “refundar al país, desde la raíz” y a promover “la reconstrucción de un sujeto social colectivo, capaz de impulsar la transformación nacional”; la Fundación para la Democracia, Alternativa y Debate, A.C., que ofrece un espacio abierto y plural, para “discutir y proponer cómo debe ser el México de todos, para plasmarlo en un nuevo pacto social”; el Movimiento de Regeneración Nacional, “la esperanza de México”, que más allá de su ala partidista, busca “poner a la democracia al servicio del pueblo” y “construir una sociedad libre, solidaria, democrática y fraterna”.

Como cualquier grupo humano, todos estos movimientos crecen entre mil dificultades y conflictos y, por lo visto, solo si se articulan (no digo: “se unen”, ni “se subsumen”), podrán lograr la transformación social que los mexicanos necesitamos.

¿Cómo conseguir dicha articulación? ¿Cómo hacer visibles a las mayorías, sus nuevos caminos, cuando el ruido “positivo” y el de la feroz competencia neoliberal, parece saturar el inconsciente colectivo?

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