De Moro a Altman: Cuatro Versiones del Paraíso Pospuesto

Tomás Moro fue el primero en vendernos la felicidad por catálogo. Su Utopía (1516) imaginó una islita ordenada, sin ricos ni pobres, donde todos trabajaban seis horas, comían en comunidad y discutían sin gritar. Un Edén con horario fijo y buena administración. El problema: para llegar había que navegar mucho… y carecer de sentido del humor. Moro, con toda su fe renacentista en la razón, fundó sin saberlo un género literario y político: el de los arquitectos del paraíso, esos que dibujan mundos perfectos para recordarnos lo defectuoso del nuestro.
Tres siglos después apareció Karl Marx, filósofo con vocación de meteorólogo, anunciando la tormenta final. Predijo que el proletariado se levantaría, el Estado se disolvería y el hombre sería libre. La historia lo desmintió feamente, pero el guion quedó escrito. Sus herederos, fieles al libreto, siguen actualizándolo en congresos y cafés, repitiendo que “no se trata de interpretar el mundo, sino de transformarlo”, como si no notaran que la ciencia y la tecnología ya lo transformaron mientras ellos discutían cómo no cambiar ni el punto ni la coma. Marx es, en el fondo, Hegel disfrazado de Halloween: la dialéctica convertida en truco y susto.
En México tenemos nuestra propia versión del sueño redentor: la Cuarta Transformación. Prometió purificar la vida pública y construir una república amorosa y moralmente responsable. Pero toda utopía necesita un villano claro, una retórica moral y un presupuesto para “megalobras”. Es el marxismo tropical con sombrero y mañanera: promete regeneración, pero exige fe, paciencia y aplausos. Como todas, su felicidad se pospone para pasado mañana, si no hay puente. La promesa de redención se volvió rutina administrativa: un paraíso con calendario electoral.
Y en el siglo XXI llega Sam Altman, profeta de Silicon Valley y fundador de OpenAI. En su evangelio “Moore’s Law for Everything” (2021), anuncia un nuevo edén digital: la inteligencia artificial hará el trabajo, el capital se multiplicará solo y cada ciudadano recibirá dividendos automáticos. No habrá obreros ni hambre, sólo usuarios con saldo a favor. Si Marx soñaba con abolir la propiedad, Altman promete repartirla en acciones. Su “renta básica universal” sería, por cierto, unas ocho veces mayor que la pensión de los viejitos de la 4T: una utopía premium, pagadera en dólares digitales.
En el fondo, todas estas visiones comparten una estructura de fe: la creencia de que el sufrimiento humano tiene arreglo si cambiamos al sistema correcto. Moro confió en la virtud, Marx en la historia, la 4T en la voluntad presidencial y Altman en el algoritmo. Pero la historia muestra que los sistemas cambian, las utopías caducan y la estupidez se recicla con éxito sorprendente.
Como advierte José Antonio Marina, las utopías no son monumentos a la inteligencia, sino a su perversión práctica: proyectos colosales donde la razón se enamora de su propia idea y deja de mirar por la ventana. Son la praxis de la estupidez, el modo elegante en que la mente humana, en lugar de resolver problemas, los idealiza, los posterga y los lanza al mundo como una eterna “versión beta; ensayo sangriento” del paraíso.
Así seguimos esperando que alguien nos redima: el monje inglés, el filósofo alemán, el líder carismático o el tecnócrata chicagoense-californiano. Cada uno ofrece lo mismo con distinto envoltorio: menos injusticia, más orden, menos esfuerzo. Y nosotros, disciplinados, actualizamos la esperanza cada vez que se congela el sistema.



