Opinión

De nuevos reyes y nuevas formas de colonización y descolonización

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

En el tercer milenio siguen sucediendo cosas que los hombres de hace doscientos años pensaron que habrían de ser erradicadas. Entonces, América se contagió de movimientos independentistas contra la dominación europea. Sus pueblos lucharon por la justicia, por su soberanía y libertad, contra la esclavitud, la aristocracia y los privilegios de unos cuantos…

Doscientos años después, las condiciones de sometimiento, explotación, violencia y desigualdad no parecen haber cambiado mucho. Si en algunos espacios lograron superarse, hoy retrocedemos hacia un pasado decadente.

El oneroso rey de España abdica tras graves escándalos por su corrupción, frivolidad, dispendios y demás. ¿Por qué en el siglo XXI y “el primer mundo” sigue habiendo monarcas? ¿No había logrado ya la humanidad la democracia?

¿Cuáles fueron los arreglos entre el Borbón y los principales partidos de derecha y de izquierda (¡!) para que éste aceptara abdicar (sin temor a ser juzgado por sus crímenes, ahora como cualquier ciudadano común) y, a la vez, para mantener el mismo sistema arcaico, cambiando sólo una pieza real por otra? ¿Por qué siendo esta coyuntura una estupenda oportunidad para que España accediera a su Tercera República, el príncipe Felipe, egocéntrico, suscribió el régimen medieval?

Mariano Rajoy, presidente español (¿qué no gobierna ahí un rey?), ya estipuló en Barcelona con su voz imperial: “Lo moderno hoy es la unión, no la disgregación”. Lo proclamó frente a la insistente y valiente determinación independentista del pueblo catalán, impulsado por su elevada autoconciencia, al ver que España no sólo no le da nada sino le quita, además de ser un pesado lastre que le impide lograr su bienestar y plenitud.

Esa idea moderna de unión (neoliberal) activa nuevas colonizaciones. (Una colonización no es simplemente, como suele definirse, la ocupación de un territorio deshabitado, por un grupo de migrantes). Históricamente, la colonización ha implicado la ocupación de un territorio por un grupo que se cree “superior” y niega, expulsa, aniquila y sojuzga a quienes ahí habitaban antes. La colonización, por antonomasia, es la que la clase pudiente europea ha ejercido sobre los demás pueblos en todos los continentes, incluso en Europa misma.

Hoy, en México (y en todo el mundo), se renueva de mil maneras el sojuzgamiento colonialista del pueblo, a pesar de los caducos rituales patrios; a pesar de que nuestros senadores y diputados (esos que siguen vendiendo al país) quieren convencernos de su esfuerzo por fortalecer la conciencia nacional (mediante extraños concursos de diseño de nuevos símbolos patrios o bonitos dibujos sobre: “México, te quiero”).

No importa que en el siglo XIX nuestros antecesores hayan derrocado a la nobleza. Hoy se mantiene oculta tras el discurso republicano.

Los grandes empresarios nacionales y extranjeros (“Nosotros los nobles”), así como la clase política, ladrones de la mayor parte de nuestro territorio nacional, riquezas naturales, medios de producción, telecomunicaciones y demás, viven impunemente a nuestras costillas; sonríen en “Hola” presumiendo sus despilfarros; aprovechan sus cargos públicos haciendo giras mundiales de gran turismo; gastan, como Peña Nieto, más de 580 millones de dólares en un palacete aéreo para su uso exclusivo.

Por otro lado, en México, esa idea moderna de unión (con el sistema neoliberal) nos ha impuesto la dependencia científica y tecnológica, industrial, energética, comercial, alimentaria, ideológica… Nos ha colocado, además, en los primeros lugares en cuanto a bajos salarios, corrupción, migración indocumentada, delincuencia organizada, violencia, acoso escolar, pornografía infantil por internet, pederastia, consumo de refrescos embotellados, obesidad, diabetes, horas frente al televisor, embarazos adolescentes… y (según la ONU) ¡felicidad!

Si nosotros permitimos todo esto, lo hacemos por varias razones: por la fuerza bruta o legaloide que los detentadores del poder ejercen sobre el pueblo (tienen al Ejército, a la Policía y a los jueces, así como el poder de excluirnos, y da miedo quedarnos sin empleo ¡o sin vida! por protestar abiertamente contra el orden establecido).También lo permitimos por la ideología colonialista que nos imponen. Muchos disfrutan, en cierto sentido, de la colonización; se avergüenzan de no estar “integrados” y participan activamente en la sujeción de los demás.

¿Qué pasaría si los mexicanos aprendiéramos de los catalanes y tratáramos de independizarnos, de una vez por todas, del régimen neoliberal que nos deprava?

No hace falta una guerra. Bastaría con dejar de consumir (en plan hormiga) el 70% de todo lo que nos venden. No necesitamos más; la mayor parte es chatarra material e ideológica.

¿Qué pasaría si tratáramos de producir al menos algo de lo que necesitamos, o de adquirirlo directamente de los productores o, al menos, de los pequeños distribuidores, en vez de los mega centros comerciales? Lograríamos mucho si, al menos, procuramos independizarnos, intelectual y afectivamente, de quienes nos colonizan.

Por estos días se organizó en la UAQ el seminario libre “Visión de América como colonia, desde la conquista hasta hoy”. Sus coordinadores no recibirán dinero a cambio, ni puntos para su escalafón. Tampoco habrá constancias para los asistentes y, sin embargo, ahí están.

Pequeñísimos actos de descolonización similares, multiplicados por los más de cien millones de mexicanos que somos, contribuyen a la construcción colectiva de una alternativa social.


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