Opinión

“Deben regresar a clases”

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

En cierto taller de actualización docente (en el que participaron algunos observadores ajenos al medio), se presentó una vez para su análisis el texto de un chico de sexto de primaria, que dejaba mucho qué desear. Eran tantas sus fallas gráficas, que apenas si resultaba inteligible.

“¿Cómo es posible que casi seis años no hayan bastado para conseguir que este alumno escriba correctamente? La educación mexicana está por los suelos y si los maestros no se ponen las pilas, los productos de esta escuela serán de mala calidad y no pasarán al siguiente nivel, y menos si pretenden ir a una escuela particular, o conseguir un buen empleo. Esas fallas resulta de los malos maestros que no hacen la tarea, por andar en marchas… Además, sugiero al coordinador (del curso) que use saco y corbata”.

Esto anotó molesto uno de los observadores asistentes, en un papel que depositó en el buzón de evaluación, antes de retirarse prematuramente (¡!).

Dicho comentario pone de manifiesto una de las perspectivas más nefastas del sistema educativo nacional: importa mucho más la forma que el fondo.

La caligrafía y ortografía importan más que el contenido; los estudiantes son “productos” que no funcionan, según las expectativas de los empleadores; la escuela sólo sirve para “pasar de nivel” o para conseguir empleo. Los “malos” maestros son los insumisos frente a los mandatos o parámetros del Gran Capital (como esos que vienen de las normales rurales, “nidos de comunistas y guerrilleros”); la educación “de calidad” es la que se viste de traje o medias y tacones.

Es cierto que, en muchos sentidos, la educación mexicana “anda por los suelos” y que muchos maestros son responsables de ciertas deficiencias, pero esto no es todo.

Por irse antes de tiempo, el “observador” no fue testigo del análisis del texto, ni de los importantes significados del joven autor y, mucho menos, de su génesis.

Lo que el estudiante había redactado “tan deficientemente”, era el reporte (bastante largo, para los parámetros del medio rural) de una entrevista con su abuelo, quien hablaba de la terrible pobreza de su comunidad, de sus pies descalzos, de las dificultades para conseguir el agua, del trabajo duro del campo y de cómo los jóvenes se escondían para no ser secuestrados y esclavizados por los narcos de la zona. El chico concluía reflexionando sobre sus aprendizajes con la experiencia, y señalando que las cosas no habían variado mucho, pues sus hermanos mayores habían huido al norte, para no ser obligados a sembrar amapola. Él mismo había sido testigo del homicidio de uno de sus tíos, y de cómo sus papás daban vueltas al ministerio público para denunciar, sin que les hicieran caso. El escrito concluye, diciendo (en notación normalizada): “Me gustó mucho esta clase porque nunca había platicado así con mi abuelo, y porque pude sacar todo lo que guardaba en el corazón, y también porque voy a leer mi escrito en la radio comunitaria”.

En efecto, este muchacho había llegado a 5º de primaria sin saber leer ni escribir (no trataré aquí las razones de la “laguna”); pero en 6º grado encontró a un muy buen maestro rural, preocupado por rescatar especialmente a esos chicos que buscan pasar desapercibidos, por su baja autoestima.

La reflexión colectiva sobre la génesis de ese texto mostró avances insospechados en el camino de aprender a redactar. El texto “plagado de errores”, en realidad estaba muy evolucionado, comparado con la forma como escribía antes y con su pasado desinterés por las letras.

Ésta es sólo una de las muchas microhistorias que guardan los maestros normalistas en su mente y en su corazón.

¿Qué saben de las realidades rurales y de la educación alternativa los tomadores de decisiones en nuestro país, que pretextan “modernizarlo”?

¿Qué puede decir Chuayffet sobre el nuevo drama de Ayotzinapa, cuando él mismo fue responsable de la matanza de Acteal en 1997?

¡Nada! Por eso no oímos su voz de protesta como secretario de Educación.

Lo único que escuchamos de él es “que regresen a clases” los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional, que se le salieron del huacal, manifestándose contra del modelo neoliberal que les quieren imponer.

Chuayffet entiende mal cuando declara: “Es el momento de establecer las bases de la normalización de las labores. Yo creo que eso es lo que quieren los jóvenes, la sociedad y el gobierno”.

¿Al pueblo le importa volver a la “normalidad”?; ¿que no haya manifestaciones de que algo falla?; ¿aunque esa manifestación sea síntoma de mejor salud social que el silencio?

Por lo visto, a quienes nos gobiernan, como al secretario de Educación, no interesa lo que haya que hacerse para ocultar los graves problemas que originan las protestas populares: desaparecerlos, desollarlos, calcinarlos o enterrarlos en fosas clandestinas.

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