Opinión

Déjà vu y Acteal

Por: Abelardo Rodríguez Macías

“Un mismo río no pasa dos veces por el mismo lugar”, escribió Heráclito hace más de 20 siglos, pero la sensación de haber vivido dos veces algo suele aparecer cuando una falla o un brinco en la sinapsis de la inteligencia, disloca el devenir de los pensamientos rutinarios.

El déjà vu es un fenómeno más estudiado por la psicología que por la sociología, la historia y la filosofía, aunque podría ser útil para los análisis sociales en estos tiempos en que parece que la rueda de la historia se atasca en los pantanales de crimen y amnesia del neoliberalismo.

Las derrotas electorales de la izquierda institucional en 1988, 1994, 2000, 2006 y 2012 son distintas, pero al mismo tiempo, como en un déjà vu, son una sola. Son la derrota de una democracia fallida. Lo mismo pasa con el monstruoso crecimiento de la pobreza, con la vertiginosa destrucción de las conquistas laborales y del campo o el deterioro de la salud infantil, ya no por hambre sino por consumir basura, por obesidad. Déjà vu.

¿Regresamos al Porfiriato, a la Conquista, a las causas que hicieron estallar las guerras de Independencia o Revolución? No, no existe el eterno retorno. El déjà vu son sólo las nociones que sentimos al estar bajo un periodo macrohistórico marcado por la sistematización de las crisis, las guerras, los genocidios y el control político/económico, jamás antes experimentado por la humanidad; el déjà vu es la desolación que intuye la espiral sombría de una destrucción irreversible del planeta y del humano.

Aún la violencia del narco/Estado es una guerra nueva y vieja. Nueva por los personajes emergentes que la protagonizan. Vieja porque los actores que los encarnan son los mismos de siempre: Políticos, grandes empresarios y corporaciones; Estado, Capital y mafias en ambos lados del mismo espejo. Porque la narco-guerra es una sórdida lucha por cómo habitar el capitalismo.

Un reacomodo de fuerzas, como el conflicto entre los cárteles de Slim contra los de Televisa y Tv Azteca, en el mundo constreñido de una realidad sin sueños ni utopías.

Un déjà vu de la Primera y Segunda Guerra Mundial, de la Guerra Fría, que nada tienen que ver con la violencia revolucionaria que tanto asusta a nuestras violentas narco/élites, que impulsan la pauperización de la vida social mediante engendros neoesclavizantes no menos violentos, como el analfabetismo político inducido por la desinformación mediática y la sobreexplotación del trabajador, instrumentada por la reforma laboral.

Una violencia que no hace parir la historia, sino que la hace abortar, una y otra vez. La violencia del poder que no deja nacer un nuevo horizonte para la humanidad. Déjà vu.

En este marco, sin embargo, existen muchas resistencias frente a un poder que se erige a sí mismo como infinito, sin límites: el poder del capitalismo. Siendo una de las más importantes la que sostienen las comunidades indígenas zapatistas en Chiapas.

El 1° de enero de 1994, justo cuando entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, símbolo del triunfo definitivo del capitalismo en México, surgieron de las sombras de la historia los pueblos más olvidados de la nación, haciendo visible lo que la propaganda oficial quería borrar de la memoria mexicana: la injusticia, la explotación y el exterminio de los más pobres. Es decir, de la mayor parte de la población del país.

El recientemente desaparecido historiador Eric Hobsbawm, estableció acertadamente el fin del siglo XX en octubre de 1989, cuando cayó el Muro de Berlín. Pero otros, de manera equivocada, establecieron a partir de ese acontecimiento el “fin de la historia” y el “triunfo final del capitalismo”.

Sin embargo, apenas cuatro años después de la estrepitosa caída de la Unión Soviética, los zapatistas chiapanecos acallaron, con su Primera Declaración de la Selva Lacandona, este grito triunfalista emitido desde el corazón del imperio y con ello refundaron la esperanza de que otro mundo, no capitalista, es posible.

Desde entonces, hace 18 años, han aguantado el vendaval neoliberal, construyendo una autonomía real, no utópica, sobre territorios reales, expropiados a los grandes caciques regionales. Territorios liberados de explotación, de discriminación y de subordinación política al Estado y al Capital; libres de alcoholismo, de drogas y de fanatismos religiosos excluyentes. Los pueblos zapatistas han rechazado las migajas asistencialistas con los que los gobiernos manipulan a la gente, cosificándolos como clientela electoral o filantrópica.

Pero el costo que han tenido que pagar por esta liberación y dignidad es alto. En 1999, la matanza de Acteal marcó un hito nefasto en el extenso memorial de crímenes contra los pueblos indígenas mexicanos. El Estado muy pronto entendió el costo de emprender una guerra de exterminio directa contra los zapatistas, si usaba al Ejército mexicano en su contra. Gracias a la paternidad militar de los expertos gringos, invasores imperiales en muchas naciones, ha instrumentado una estrategia contrainsurgente armando grupos indígenas paramilitares y utilizando las franquicias partidistas (PRI, PRD, PT, Verde Ecologista), para enfrentar a las comunidades entre sí: “indios”, apoyados por un Estado genocida, contra “indios” en resistencia libertaria. Otra vez el déjà vu.

Ahora, con los ataques a la comunidad Comandante Abel, se abre el camino de la muerte una vez más. Un nuevo Acteal. Tenemos que impedirlo. Infórmate y manifiéstate públicamente contra las agresiones a los pueblos zapatistas. Únete al acopio de frijol, arroz y azúcar. Asiste el próximo viernes 12 de octubre al monumento a Cristóbal Colón, de 16 a 20 horas, al evento informativo y de denuncia. Impidamos un nuevo Acteal y otro déjà vu siniestro en nuestra historia reciente.

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