Opinión

Del chiste, las obras y su significado

Por: Manuel Guzmán Treviño

PARA DESTACAR: Denise, con elegancia y maestría, nos advertía que, ya sea en la intimidad como en la vida social, de un momento a otro y sin mayores preámbulos nos piden que apaguemos la luz para no ver ni horrorizarnos ni escandalizarnos de qué y cómo nos vamos a tener que comer todo lo que a los políticos se les ocurra imponernos.

Como en mi vida profesional practico la docencia universitaria en la Facultad de Psicología, en el área clínica hay un tema que no deja de sorprenderme cuando lo trabajamos entre estudiantes y uno mismo. Leemos y conversamos sobre muchos autores.

Uno protagónico: Sigmund Freud, de este un tema es el que se llama “Las Formaciones de lo Inconsciente”. En este tema el doctor Freud estudia y analiza de las minucias cotidianas el sentido oculto que las personas tendemos a guardarnos, sin embargo, según Freud, siempre subyace la necesidad de dar a conocer esas experiencias que hemos ocultado, recomienda cuatro líneas de investigación para alcanzar ese descubrimiento: El análisis de los sueños, el análisis de los síntomas, el análisis de los actos fallidos (léase equívocos de palabra, lectura y actos, así como los diversos olvidos aparentemente banales), el análisis de los chistes.

Bien, un día cualquiera de clase toca el tema del libro que el doctor Freud escribe relativo a los chistes y para llevar la clase a buen puerto, dejé de tarea dos asuntos: la lectura de dicho libro así como la búsqueda y selección para su presentación frente a la clase de un chiste. Todo bien y en orden. La primera hora del seminario se revisa la lectura del texto y la segunda hora, la hora de chistes.

Estudiantes en orden y respeto presentaban sus propuestas humorísticas, algunos buenos chistes, otros para olvidarlos. La hora de la conclusión de la clase se acercaba, sin embargo, lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Una chica muy seria y propia, que por lo general habla poco y cuando lo hace su léxico se torna docto y profesional, levanta la mano pidiendo la palabra; sin más se le otorga y por la trascendencia del momento me permito transcribir el chiste con el respeto necesario para quien lo vaya a leer, cito a la estudiante Denise:

“Estaba la mamá y su pequeño hijo de unos ocho años listos para iniciar el desayuno, el papá estaba por integrarse con ellos a la mesa pero el niño aprovechó que no estaba el rey de la casa y dice: Mamá, ¿a qué sabe la luz? Perdón hijo, no entiendo tu pregunta… Si mamá, ¿a qué sabe la luz?… ¿Por qué me haces esa pregunta? Es que anoche cuando iban a dormir, alcancé a escuchar a papá que te decía: Ahora si bodoquito, apaga la luz porque te la vas a comer toda…”.

Risas a granel, pero más, la agradable sorpresa de que la estudiante, la que siempre habla bien y no se le conocen más modos que refinados y dictados por el manual Carreño nos hubiese compartido, al más preciso estilo de barriada, tan peculiar chiste. Di por terminada la clase pero no se me olvidó la importancia y versatilidad del mismo.

Hoy que veo que ya está por concluir la obra de avenida Universidad y Bernardo Quintana y no veo cómo se solucionarán los problemas que dijeron se iban a solucionar, simultáneamente escucho que a partir del primero de enero del 2017 iniciarán otra obra que nos atravesará la vida cotidiana ciudadana.

No pude evitar pensar en aquella lejana clase de Método Psicoanalítico III en que Denise, con elegancia y maestría, nos advertía que, ya sea en la intimidad como en la vida social, de un momento a otro y sin mayores preámbulos nos piden que apaguemos la luz para no ver ni horrorizarnos ni escandalizarnos de qué y cómo nos vamos a tener que comer todo lo que a los políticos se les ocurra imponernos. ¿Qué cosas, no?

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