Opinión

Depresión y erotismo en la cama

EROTISMO, AMOR Y MUERTE

Por: Edmundo González Llaca

Aún no me recuperaba de la pérdida de Arturo García Peña, cuando ahora me cae de sopetón la muerte de Jesús Alcocer. Dos amigos tan vitales que yo estaba seguro que la muerte, al ver su intensidad y alegría, se pasaría durante mucho tiempo de largo. La calaca, espero que el apodo le duela, realmente conmovida por el gusto y regusto que tenían Arturo y Jesús por la existencia, imaginaba que no se atrevería a molestarlos. Otra vez me equivoqué.

Cuando ando arrastrando la cobija interna me da por irme a la cama. No hay un mueble en toda la casa que tenga más usos que la cama: principio y fin de la jornada, lecho de amor, de enfermedad, de convalecencia, de reflexión; en estos momentos, jardín de mi inconsciente, capilla de mi rezo, nostalgia de líquido amniótico que me haga olvidar la muerte.

Como los toros en su agonía buscan las tablas de las orillas del ruedo, yo en la tristeza busco mi cama. Ahorita estoy en mi cuarto, al fondo la observo. La veo con sus brazos abiertos, hospitalaria; de seguro con la temperatura perfecta y su alma de imán. Sería una irresponsabilidad, antes de terminar mi trabajo, irme a acostar, tal vez lo mejor sería llorar y después dormirme. No hay abismo más profundo que entre el despertar y salir de la cama. Hoy creo que no lo brincaría. No en balde Mark Twain irónicamente decía que uno de los objetos más peligrosos que había inventado el hombre era la cama. Irónicamente daba una cifra alarmante: el 90 por ciento de las muertes en el mundo suceden en la cama.

Recuerdo con nostalgia a mi madre, su peor amenaza era: “Si sigues dando lata te me vas a la cama”. Pobrecita de mi madre, en su pecado llevaba la penitencia, nada le costaba más trabajo que al día siguiente levantarme de la cama. Estaba muy influida por mi abuelita, cuya jerarquía de valores tenía como punto de referencia la cama. A veces llegaba y decía a mis tíos mayores: “Deberían hacerse novios de fulanita de tal. Fui a su casa y tiene muy bien arreglado sus cajones y muy bien tendida su cama”.

Con estos juicios no es de extrañar que el principal consejo de mi abuelita a mis tías casaderas siempre fuera: “Y nada de camas separadas”. Un día una tía la interrogó: “¿Y si me peleo con mi marido?”. La abuela contestó: “Pues ahí no discutes. Te volteas y ya”. Tenía razón. Lo peor son las riñas conyugales en la cama, el amor posterior ya no es el mismo. Quien lo dude pregúntele al pobre de Otelo que fue provocado cruelmente por Desdémona cerca de la cama. Quien le manda.

Creo que nuestras camas podrían hacer la mejor crónica de nuestras vidas. La de mi infancia tenía estructura de latón. En las noches calurosas recuerdo que sacaba los pies y acariciaba la frescura de los tubos. En invierno, cuando por casualidad los tocaba, sentía la férrea y fría dureza de la vida cruel.

La que más tengo presente es la de mi abuelo en Querétaro. Era grandísima y llena de huecos. Ahí nos reuníamos para recibir regaños, consejos, para merendar, para jugar ajedrez, para leer junto con él los periódicos. No era una cama sino un centro de convivencia y una plaza cívica. Si alguien tenía sueño, simplemente jalaba un pedazo de cobija. El despertar era siempre el mismo, con las patas del gato o del perro sobre la cara, pues también se habían quedado a dormir ahí.

Siendo tan importante la cama para mí, no me extrañó lo que en una ocasión dijo Jacqueline Kennedy, cuando aún vivía y le preguntaron su opinión sobre la novia de su hijo, también ya muerto. La novia era una artista rubia que se dejaba el pelo suelto sobre los hombros y el rostro. Al respecto Jacqueline Kennedy dijo: “No la conozco ni la he tratado. Aunque me provoca desconfianza. Por fuera parece una cama destendida”.

Y es que, insisto, la cama es símbolo y espejo de nosotros mismos y de nuestra cotidianidad. Si el viejo sillón era parte de la autoridad del padre, la madre o los abuelos, la cama sigue siendo, sin duda, el símbolo del amor. Quizás por eso Mafalda decía: “Hay una epidemia universal: todo los padres están en la cama”.

En una época de mi vida marginé a la cama y me podía quedar dormido donde fuera, pero con el tiempo regresé a ella. La historia es la siguiente. Ya de mayorcito, y ante las incomodidades eróticas de, primero, la parte de atrás del coche y, después, los dolores de columna vertebral producto de los sofás, reconocí la sugerencia del poeta José Manuel Caballero, que escribió: “A batalla de amor, campo de plumas”.

Tiene razón, pero ya es historia, ahora no hay plumas sino colchones con resortes, dizque posturopédicos, que se sumen de un lado, brincan de otro, y anda uno en medio de un sube y baja, especie de montaña rusa, que impide la concentración. Después de hacer el amor en uno de estos colchones, si usted no queda parapléjico, puede reciclarse profesionalmente y trabajar en un circo.

Este problema de los colchones provocó una muy profunda y sesuda discusión con un amigo. Él me decía que prefería las camas antiguas. La contrariedad inicial, me explicaba, es recorrer el espacio de la cama con sus huecos y montículos, por las plumas o la borra acumulada. Este recorrido es un proceso que tarda un poco y en las prisas es desesperante, pues lo haces en medio de jaloneos y maromas, pero el premio es irremplazable: escuchar el crujir de la madera o los rechinidos de los viejos resortes.

“No se ha inventado, agregaba, poniendo los ojos en blanco, mejor música de acompañamiento. Ni toda la creatividad vigorosa de Beethoven o el meloso romanticismo de Albinoni, hubieran sido capaces de crear esa sinfonía hecha con crujidos y rechinidos: Ruidos celestiales que estimulan el amor; jadeos de madera y de hierro que ayudan a no perder el ritmo y elevan la autoestima”. Ahora que lo recuerdo, creo que en lugar de adquirir una televisión de plasma, mejor saldré a comprar una cama vieja.

Regreso a mi realidad, el dolor me hace redescubrir lo que siempre he sabido de mí. Son la risa y el erotismo mis permanentes salvavidas al sentir que me hundo en el lodazal de la tristeza. Esta noche no me sirven, no hay nadie conmigo. Esto se acabó. Ahora veo mi cama y me da terror ¡Camita chula! esta noche no me tortures con el insomnio, ni me obligues a ese peregrinar eterno por los laberintos de tu cuerpo plano.

Esta noche abre los ojos somnolientos de tus sábanas y llévame contigo. Hoy sólo quiero abandonarme a ti, hoy sólo quiero que me ayudes a olvidar la muerte. Espero no pedirte demasiado. Gracias.

Espero sus comentarios en www.dialogoqueretano.com.mx donde también encontrarán mejores artículos que éste.

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