Derechos Humanos de la familia

Este artículo surge como respuesta a la convocatoria de la Escuela de Bachilleres de la Universidad Autónoma de Querétaro, en el marco del programa Escuela para madres, padres y tutores, que invita a repensar colectivamente los Derechos Humanos de la Familia. Se propone una lectura crítica, garantista y feminista del Derecho Familiar, considerando la familia no como un ideal cerrado y normativo, sino como un territorio afectivo donde se negocian silencios, violencias, vínculos y cuidados. Se plantea la pregunta de cómo, desde el derecho, la pedagogía y la escucha, se puede transformar la vida familiar en un espacio de justicia cotidiana.
I. Cuando la justicia comienza en el hogar
La justicia no es solo un principio legal, sino una práctica cotidiana que construimos en la familia, en el afecto, en el cuidado y en la forma en que criamos. Durante siglos se nos enseñó que la familia es un espacio privado, casi sagrado, donde “manda quien provee” y donde la autoridad se ejerce a través del control y la obediencia. Pero el derecho no se detiene en la puerta del hogar. Los derechos humanos trascienden la crianza, la dignidad de niñas, niños y adolescentes no es negociable.
Recuerdo una conversación con una madre joven, estudiante de derecho, que me dijo: “Yo no quiero criar desde el miedo, quiero criar desde el respeto”. Esa frase me marcó. Porque criar con justicia no es solo un ideal, es una práctica diaria que implica reconocer a niñas, niños y adolescentes como sujetos de derechos, no como propiedad de los adultos.
La Convención sobre los Derechos del Niño nos recuerda que el “interés superior de la niñez” debe guiar todas las decisiones familiares. Pero ¿cómo se traduce eso en la vida cotidiana? Significa, por ejemplo, que un castigo no puede ser más importante que la dignidad. Que escuchar a una niña cuando llora no es debilidad, sino justicia.
Desde la ética del cuidado —como la han desarrollado autoras como Carol Gilligan o Joan Tronto— entendemos que cuidar no es un deber impuesto, sino un acto de responsabilidad compartida. Y para que ese cuidado sea posible, necesitamos instituciones que acompañen: estancias infantiles accesibles, licencias parentales reales, redes comunitarias que sostengan.
A veces me pregunto si es posible criar sin miedo en un mundo que tantas veces lo impone. Quizás, justo ahí en esa pregunta comienza otra justicia, la cotidiana.
Porque criar no es solo un acto de amor, sino también una exigencia política.
II. Descolonizar la familia: repensar los vínculos
Descolonizar la familia no significa eliminarla, sino abrirla a la diversidad de afectos y formas de convivencia que han sido históricamente excluidas. El modelo familiar tradicional no es universal, sino una construcción colonial y patriarcal que impuso la idea de una familia nuclear, heterosexual y monogámica como único referente legítimo.
Durante mucho tiempo, se nos enseñó que la única familia válida era la que salía en los comerciales: papá, mamá, hijos, casa propia. Pero esa imagen no representa a todas las personas.
En una charla con una abuela otomí, me dijo: “Aquí, los hijos no son solo de la madre. Son de la comunidad”. Esa frase me hizo pensar en cómo las formas de crianza colectiva han sido invisibilizadas por un modelo que impone jerarquías, roles fijos y exclusión.
La teórica María Lugones nos habla de cómo el colonialismo no solo impuso fronteras, sino también formas de amar y de criar. En México, todavía hay familias que no son reconocidas por la ley: parejas del mismo sexo, redes de cuidado entre amigas, personas trans que crían con dignidad. La Suprema Corte ha dicho que todas las familias valen, pero en la práctica, muchas siguen sin acceso a derechos básicos.
En Querétaro, por ejemplo, aún hay resistencias al reconocimiento de la identidad sexo-genérica autoelegida o al matrimonio igualitario. No se trata solo de leyes, sino de cambiar la mirada. De entender que la justicia familiar no es imponer un molde, sino garantizar que cada persona pueda vivir y cuidar como elija, sin miedo.
Porque la familia no es una forma. Es un vínculo. Y los vínculos, cuando se cuidan, también pueden sanar.
III. Educación y cuidado: hacia una universidad corresponsable
Las universidades tienen una responsabilidad fundamental en la transformación social. No pueden limitarse a formar profesionistas sin reflexionar sobre las estructuras que perpetúan la exclusión y la desigualdad. En este sentido, la educación debe integrar una ética del cuidado que permita conciliar la vida académica con la crianza, la diversidad familiar y el bienestar de su comunidad.
Recuerdo a una estudiante que, con su bebé en brazos, me dijo: “A veces siento que tengo que elegir entre ser madre o ser alumna”. Esa frase me dolió. Porque ninguna mujer debería tener que elegir entre cuidar y estudiar. Y sin embargo, muchas lo hacen en silencio, sin redes, sin apoyo institucional.
La Universidad Autónoma de Querétaro ha avanzado en protocolos contra la violencia de género y atención diferenciada en cuanto al diseño de política pública, cuenta con espacios de lactancia, pero aún enfrenta desafíos. Es necesario reglamentos inclusivos, licencias parentales y acompañamiento real para estudiantes madres, padres y tutores, asegurando que la educación no sea una barrera para la crianza. Como propone Joan Tronto, el cuidado no es un acto individual, sino una práctica política que exige corresponsabilidad estructural.
Si la universidad no protege a quienes enfrentan discriminación por su identidad, su maternidad o sus condiciones familiares, entonces está reforzando la exclusión. La educación debe ser un espacio donde el cuidado tenga tanto valor como el conocimiento, donde la justicia se enseñe desde la experiencia, y no solo desde los libros.
IV. Justicia cotidiana: el afecto como principio
Criar con justicia es una forma de resistir a la violencia estructural, de sembrar autonomía y cuidado en cada vínculo cotidiano. La justicia familiar no se logra con reglas rígidas, sino con espacios de reconocimiento donde el afecto, la escucha y el respeto sean fundamentales.
Ronald Dworkin decía que, la dignidad humana no es un privilegio, sino un derecho fundamental. Una crianza justa implica construir entornos donde se proteja la libertad, donde el amor no signifique control y donde educar no sea sinónimo de castigo. Es hacer del hogar, la escuela y la comunidad lugares de ternura estructurada, de afecto con garantías, de justicia que se respira en cada vínculo.
Porque cuidar no es imponer. Criar no es domesticar. Y la verdadera justicia es aquella que comienza desde el amor, el respeto y la dignidad.
No siempre tengo respuestas. A veces me pregunto si el afecto basta para resistir tanta violencia estructura. Pero sigo creyendo que sí: que, en el amor, el respeto y la dignidad hay una forma de justicia que no se rinde.
Hacia una familia justa, hacia una crianza con dignidad, donde el afecto sea la base y no así el premio.
Docente Investigadora de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Querétaro, Responsable del Centro de Estudios “Articula”. Transversalizar, transformar, políticas públicas institucionales, estudios jurídicos, ético filosóficos y estrategias de intervención para promover la igualdad de género en las Instituciones de Educación Superior (IES), registrado en la Secretaría de Planeación y Gestión Institucional con clave de registro UAQ-CE-029, Maestra en Filosofía y Doctora en Derecho.



