Opinión

Derechos humanos y farsa global

Por Juan Carlos Martínez Franco

Que me perdone Voltaire, pero algunas veces, cuando oigo a alguien hablar a la ligera sobre los derechos humanos, me dan ganas de golpearlo con una silla plegable como hace Místico de vez en vez. La de derechos humanos es, quizás, una de las nociones más debatibles que Occidente –ahora llamado cultura global– ha dado en instituir. Parecen ser, sin duda, uno de los pilares que evitan el caos mundial y la proliferación de los abusos de todas las categorías contra todo tipo de individuos. Y sin embargo:

Los derechos humanos son universales, excepto cuando es necesario torturar a gente que nos parece sospechosa, en medio de una guerra, cuya excusa es la avaricia, en una bahía que nos robamos de Cuba –“hasta que la necesitemos”, según la Enmienda Platt– hace casi 110 años; excepto que se trate de ceder parte de nuestras ganancias millonarias a favor de nuestros empleados, que luchan en una sociedad económicamente difícil; excepto que se trate de renunciar a recortar el salario de los políticos para hacer más fácil el desarrollo del país mismo que ellos representan o el presupuesto militar nacional para erradicar –léase esto con todas las letras: erradicar– el hambre en el mundo entero.

Los derechos humanos son igualitarios, excepto cuando se trata de aceptar los derechos de las personas que no creen lo mismo que creemos nosotros y que buscan abrir un camino –legal, efectivo y factible, no religioso, teórico e inconcebible– para gozar de los mismos privilegios que gozan los que profesan lo que es considerado hegemónico.

Los derechos humanos son inalienables, hasta que los humanos a los que toca investir de esos derechos son homosexuales, madres solteras, indígenas, jóvenes que denuncian el sistema y opositores políticos, porque ellos, naturalmente, no casan con nuestra idea de humanidad. ¡Cómo podríamos asegurarle estos derechos fundamentales –derechos humanos– a alguien cuyo origen, cosmovisión, creencia o sexualidad no es igual que la nuestra!

Entonces, queda claro, todo esto es una gran farsa interpretada en el gran teatro del mundo; porque a pesar de que a final de cuentas es una concepción noble por parte de la humanidad –aunque sea una concepción idealizada, meramente regulativa–, la realidad política es completamente diferente.

Perdone el lector si el que adscribe no entiende por qué carajos habrían los políticos de hablar tan insistentemente de algo que no tienen intención alguna de cumplir. ¿Estamos engañándonos globalmente a niveles, desde hace décadas, colosales? ¿Es que no puede ver el mundo –los Estados Unidos, la Unión Europea, los países en desarrollo y los subdesarrollados, las dictaduras y los países democráticos, los países con bienestar social altísimo y aquellos que viven en guerra, nuestro propio país, todos– que estamos cegándonos con un velo espesísimo de hipocresía política e, incluso, personal? ¿Se trata de hablar de lo que debe pasar con la totalidad de los hombres, sabiendo perfectamente que no pasa y sin hacer nada para que pase? ¿Quizás para no sentirnos mal?

¿Qué opción queda, pues?

Michel Foucault trata a profundidad, en El gobierno de sí y de los otros (que recoge uno de sus cursos en el Collège de France), sobre el concepto griego de parresía (o parrhesia). Éste, relacionado con la idea del “gobierno de los otros”, implica el decir libre y cándido del filósofo frente al tirano. Pero el parrhesiastes hoy no puede ser ya sólo el filósofo, sino todo humanista: periodista, historiador, escritor, politólogo, comunicador, antropólogo, tecnólogo, sociólogo, abogado, artista, actor y director, incluso el teólogo y el sacerdote: pero no como individuos iluminados y poseedores de la verdad, sino como ciudadanos responsables que poseen ciertas herramientas. Ante una brecha tan grande entre discurso y hecho político, es un deber.

Simplemente es inexplicable que, hace más de 500 años, gente como Alonso de la Veracruz, Bartolomé de las Casas (que sostuvo contra Ginés de Sepúlveda una acaloradísima disputa sobre los derechos de los indígenas del Nuevo Mundo) y Sor Juana Inés de la Cruz –quizás los pensadores más importantes de la Colonia– haya defendido ya estos derechos y hoy simplemente sigamos pensando que nosotros, hijos de la Modernidad, somos más que ellos: más importantes, más relevantes para la nación, más –prevengo de un terrible desliz hegeliano– partícipes del devenir del Absoluto.

Es realmente inimaginable que tantos años después siga habiendo en el país grupos de individuos –ciudadanos y humanos, antes que indígenas– que siguen siendo dejados de lado. Abra el lector un periódico y dese cuenta que, a pesar de que la hambruna y las condiciones paupérrimas de vida de los tarahumaras son ya una emergencia nacional, esto sólo merece una mención pasajera de las autoridades.

Eso es: sufren, lo sabemos, nos sabemos de memoria la Declaración Universal de los Derechos Humanos y no hacemos nada. Debemos de alzar la voz: ¿cuál es el uso de las humanidades, y de nuestra voz, si no es el de hacer de la vida algo mejor, más justo, o, por lo menos, más llevadero?

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