Opinión

Derechos humanos

Por Ricardo Rivón Lazcano

 

La vida es un cuento absurdo, contado por un idiota sin gracia, lleno de ruido y furia.

Shakespeare

Uno

En un breve pero extraordinario ensayo (tan sólo una página y media), Charles Simic habla de aquellos Distintos de nosotros. Propone en principio una nueva teoría de la evolución: los seres humanos descendemos de la especie de los monos menos inteligentes; los verdaderamente inteligentes siguen siendo monos. Aunque dicha teoría hace mucho tiempo fue planteada –dice Simic–, fue hasta hace poco que pudo corroborarla al ver una fotografía de monos con sus propietarios. Monos que hacen cosas que nosotros los humanos hacemos. Se sientan con niños en los sillones, se bañan en tina, comen uvas y ven televisión con sus dueños, se les ve, incluso, ayudando a decorar el árbol de navidad.

 

En las Metamorfosis Ovidio relata la historia de los Cercopes, seres humanos a quienes, por mentirosos y criminales, el padre de los dioses convirtió en monos chillones.

Kafka, en El informe a la academia, cuenta el melancólico proceso mediante el cual un mono se vuelve humano. Sospechaba Kafka que no se necesita hacer un gran esfuerzo para alcanzar el nivel cultural de un europeo o de un norteamericano –agreguemos a un latinoamericano– promedio.

Simic supone que los simios son mucho más interesantes, como lo demuestra el famoso caso del bebé que unos chimpancés trataron de criar junto con su bebé chimpancé. Para el horror de los científicos y de los padres, el pequeño humano imitaba al simio y no al revés, como todo mundo esperaba. El niño no tenía interés en caminar erguido cuando llegó la época en que debería hacerlo, pero podía subir de un salto al refrigerador y columpiarse en una lámpara con facilidad.

La mayor parte del arte y la literatura, y la fotografía, nos hace abrir los ojos –según Simic–a lo que tenemos ante las narices. Esos monos, incluidos los de las fábulas, nos están haciendo guiños. Precisamente una buena fotografía nos hace ver aquello para lo que nunca encontraremos palabras. Los monos también lo saben, razón por la cual, irónicamente, permiten ser fotografiados.

Dos

Termina el primer partido de futbol de la temporada. Los Gallos Blancos son derrotados por las Águilas “al son de dos a cero”. Los ánimos en las porras se desbordan, cosa nada nueva. Hace tiempo sucede de esa forma. Se transita por una línea delgada, una frontera con un gran letrero que anuncia la presencia de la muerte. Y sucede. Los ánimos caldeados hacen que el espacio sea elástico y pocos kilómetros adelante los acontecimientos y las vidas se bifurcan. Un joven acuchilla a otros, uno muere. Sí. Así. Uno muere.

Escojo a José Antonio Marina para estirar el espacio pero también el tiempo: En Sierra Leona, el país africano, los guerrilleros cortan la mano derecha de los habitantes de una aldea antes de retirarse. Una niña, que está muy contenta porque ha aprendido a escribir, pide que le corten la mano izquierda para poder seguir haciéndolo. En respuesta, un guerrillero le amputa las dos.

En Bosnia, unos soldados detienen a una muchacha con su hijo. La llevan al centro de un salón. Le ordenan que se desnude. “Puso al bebé en el suelo, a su lado. Cuatro chetniks (miembros de una organización guerrillera nacionalista y monárquica serbia) la violaron. Ella miraba en silencio a su hijo, que lloraba. Cuando terminó la violación, la joven preguntó si podía amamantar al bebé. Entonces, un chetnik decapitó al niño con un cuchillo y dio la cabeza ensangrentada a la madre. La pobre mujer gritó. La sacaron del edificio y no se la volvió a ver más” (The New York Times, 13-12-1992). Los periódicos están llenos de horrores. La historia también. Hitler, Stalin, Pol Pot y muchos otros deberían formar parte de un retablo maldito que no olvidáramos nunca.

Estamos acostumbrados a tener derechos, es decir, estamos en la peor condición posible para valorarlos. Cada mañana cuando nos levantamos vamos al cuarto de baño y con el simple gesto de girar o presionar la llave del agua, esta brota clara y abundante. Lo normal. Eso al menos nos parece. Y creemos que así es en todo el mundo, o no creemos pero no nos interesa gran cosa el tema.

Lo mismo nos ocurre con los derechos humanos. Acostumbrados a disfrutarlos nos parece que eso es lo normal. Pero los derechos, que no tienen nada de naturales, han sido conquistas históricas, fruto de luchas, empeños y tenacidades. Fruto del esfuerzo, la valentía y el sacrificio de personas concretas, del que nosotros ahora nos aprovechamos.

Hablar de derechos humanos se ha convertido en algo tópico y políticamente correcto. Es un lenguaje blando que a nada compromete. Con frecuencia es una apelación que viene de sectores más o menos marginales, como ciertas ONGs o ciertos curas o moralistas lights, cuando no de políticos poco creíbles. Un lenguaje que no hay que tener muy en cuenta, como de hecho y en general sucede.

Tres

Resulta incomprensible que ante tanto comportamiento indigno e indignante, afirmemos que todos los seres humanos estamos dotados de dignidad y por tanto de derechos humanos, es decir, estamos dotados de un valor intrínseco, independiente de nuestros actos, de nuestra barbarie, de ese inicuo refinamiento de la crueldad.

Resulta incomprensible que no sigamos enarbolando el equilibrado principio del talión, culminación de la justicia conmutativa, que tengamos consideración con quien no la tuvo previamente, que nos empeñemos en librar de la pena capital a quien ha violado y matado a una niña, o en rehabilitar a quien sin razón y sin excusa nos ha destrozado la vida. ¿De dónde hemos sacado una idea tan extraña?

Richard Rorty, el filósofo estadounidense fallecido hace un lustro, comentaba que la afirmación de la dignidad humana por encima de la dignidad animal no es más que la petulancia injustificada de una especie que sabe hablar.

¿Debemos entonces prescindir de los derechos humanos y de la dignidad que les subyace?

Cuatro

Hizo falta una pavorosa guerra mundial para que la Declaración Universal de 1948 recuperase del abandono aquel impulso universalista de los derechos humanos que sucede a las revoluciones del siglo XVIII, así como hizo visible su posterior declive a manos del nacionalismo romántico y de un comunismo que los juzga una formalidad sin verdadero contenido. Los derechos humanos no son la panacea universal; pero estaríamos peor sin ellos.

 

Tuits

1.      Después de tantas vidas, después de tantas muertes.

2.      En medio de la guerra contra el crimen organizado, un niño juega a la guerra contra el crimen organizado. No se sabe en qué bando.

3.      Prodigo en argumentos, pobre en actitudes.

4.      Jaspers preguntó a Heidegger cómo podía confiar en Hitler para gobernar Alemania –“La cultura no importa. Mira sus –de Hitler– maravillosas manos”.

5.      “En unos minutos, Peña Nieto se ganó la peor de las descalificaciones para un hombre que aspira al gobierno: el ridículo”. Jesús Silva-Herzog M.

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