Opinión

Día Ciento catorce

Bitácora de Viaje

Por: Manuel Basaldúa Hernández

Emergí del subsuelo asomando la cabeza, como un topo. Salía del subterráneo de una de las estaciones del “metro” en la colonia Roma. De pequeño me habían llevado a la Ciudad de México, pero ahora a los diecinueve años regresaba con uso de razón y con más emoción por el viaje que conocimiento sobre la ubicación del domicilio que buscaba. Íbamos a entregar una copia de la película que se había proyectado en el cine-club CEDUQ. En ese tiempo, las proyecciones de cine se hacían con el celuloide de 16 mm, las películas consistían en dos o tres rollos protegidos por latas metálicas. Una compañera perteneciente a nuestra organización estudiantil también me acompañó. Teníamos que hacer esa entrega de manera puntual para poder recoger otra en el Instituto Goethe, un instituto de la representación cultural de Alemania que nos permitió conocer a lo mejor y más representativo del “Nuevo Cine Alemán”, con películas espeluznantes y magníficas. Duramos perdidos un buen rato, después de orientarnos y una decena de preguntas, llegamos a nuestro destino puntualmente. Nos recibió una mujer alta, rubia, y con una seriedad sepulcral y una mirada penetrante. Después de haber sellado y firmado algunos papeles, recogimos la siguiente película, pusimos nuestros rollos bajo el brazo y salimos a la calle de nuevo.

Disfrute tanto ese recorrido por las calles de la Colonia Roma que aún lo tengo muy fresco en la memoria. Aprovechamos para caminar por el Paseo de la Reforma y llegar a la Alameda Central. Las banquetas amplias y Avenida Central daba lugar para que transeúntes y bicicletas transitáramos sin conflicto. La ciudad me parecía un lugar alegre, disfrutable, hasta amable. La intensidad del tráfico vehicular no me pareció densa, había suficiente tiempo para cruzar las calles, atravesarnos sin tener que apresurar el paso. En esa ocasión se me quedó casi grabada que la Ciudad de México era una ciudad feliz. A decenas de esa experiencia, me topo con la existencia de un libro que ha escrito Charles Montgomery: “Happy Citiy- transforming our lives through urban design”, escrito recientemente en el año de 2013.

El argumento de Montgomery es que las ciudades que permiten vivir más a gusto a sus habitantes son aquellas como las europeas Copenhague, Londres y París, en tanto que en Norteamérica son Los Ángeles, en Estados Unidos, y Vancouver, en Canadá. Viven más a gusto y son ciudades felices porque ahí hay la tendencia a disminuir el uso del auto, y se le da prioridad al peatón y a que la gente use la bicicleta. Esos centros urbanos tienen mejores sistemas de trenes urbanos, metro y autobuses. Quizá de Los Ángeles y Vancouver, tengo mejor impresión de Vancouver. Cumple con esos requisitos, no obstante que es nublado y lluvioso la mayor parte del año. Pero bueno, luego tendremos oportunidad para describir algunos recorridos por esas ciudades. Por ahora quiero referirme a la opinión que tiene Montgomery al respecto. Y este autor y periodista pregunta, ¿es posible que las ciudades latinoamericanas puedan lograr esa cualidad? Valdría la pena poder preguntárselo directamente. Y escuchar cuáles son sus argumentos, por qué sí y por qué no. Querétaro tendrá la posibilidad de alcanzar el adjetivo de “ciudad feliz”. ¿Tiene los recursos y la infraestructura para plantear un proyecto de esta naturaleza?  ¿Le alcanzan sus pocos andadores y zona peatonal, sus actividades diseñadas y realizadas por sus autoridades municipales y estatales para ello?  A mediados de enero se llevará un evento con el nombre de Encuentro Juvenil Internacional, los días 15,16 y 17, con el lema “Creando comunidad”, y me llama la atención que una de las mesas sea sobre “Nuevo urbanismo: sustentabilidad transformadora”, en donde estará como conferencista Charles Montgomery y esbozará sus ideas que tiene en el libro de Ciudad feliz. Si eso se concreta, será un buen punto de Fernanda Pacheco y su equipo por haber incluido ese tema, y que los integrantes de la licenciatura en Estudios Socioterritoriales se involucren. Mientras tanto, para no dispersarme, regresaré a mi recuerdo de la Ciudad de México donde se podían disfrutar los espacios públicos que, sin tener la saturación ni la densidad de ahora, podía brindar la posibilidad de disfrutar la ciudad. Gracias a la existencia del cine-club CEDUQ pude conocer la ciudad más grande y densa del mundo, una ciudad que, para mí, era una ciudad feliz.

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