Opinión

Día ciento diez y seis

Bitácora de Viaje

Por: Manuel Basaldúa Hernández

La regionalización es un instrumento de medición del terreno muy útil para pensar en las actividades de los grupos sociales. El concepto como tal, es decir, la designación de “región”, y otro de manera compuesta como “desarrollo regional” ya empiezan a estar en desuso debido a la aparición de otros conglomerados espaciales. Pero la inercia de la designación nos parece aún importante para señalar a un segmento importante de terreno que articula diversas actividades económicas, productivas o culturales de los grupos sociales que la habitan.

A finales de la década del 1960, Claude Bataíllon publicó “las regiones geográficas en México”. Es un estudio compacto sobre el medio natural, o diríamos, los medios naturales del país, donde se plantea que el escenario natural es importante pensarlo en el marco de la explotación y de la recuperación de los recursos que aporta para un aprovechamiento integral, y que sea muy beneficioso para los habitantes que se encuentran en su demarcación. Para Bataillon hay tres grandes regiones: las montañosas, en las cuales podemos encontrar unas muy húmedas y otras menos húmedas; las tierras bajas del trópico; y una tercera, los territorios desérticos en el norte. Hay que considerar que los trópicos son exuberantes y cálidos, donde la playa se encuentra con su paisaje de palmeras, bahías con playas suaves y amables. Y en el norte desértico también se encuentran las playas, pero en vez de palmeras, encontramos los “sahuaros”, la arena es tosca y el agua es fría.

Dice nuestro autor, que “las regiones desérticas del norte fueron objeto de una conquista por etapas sucesivas. Poblaciones en general ya mestizadas llegadas de la zona fundamental del México central penetraron cada vez más en dichas regiones”, (Bataillon,1969;22). Y continúa refiriendo sobre la conquista del norte, que tuvo lugar en la época colonial, ligada al interés de los españoles por las minas de plata, derivadas del encuentro de importantes vetas de ese metal precioso. Se fueron expandiendo desde Pachuca, Querétaro, San Luis Potosí, Guanajuato, Zacatecas, Durango y luego se esparcieron por el noroeste. Así siguieron penetrando hasta el siglo XIX, en donde se consideraba “tierra de nadie”, porque los grupos que querían colonizar eran amenazados por los indios nómadas.

Lugares vacíos en Baja California y en Sonora, incluyendo Chihuahua y Coahuila. Por esa zona se encuentran dos desiertos que son separados por una región poblada de la Sierra Madre Occidental húmeda. La inmensidad y la tozudez del terreno empiezan a cobrar dimensiones cuando uno pisa esos suelos y recorre las veredas. En esos recorridos uno da cuenta de la magnificencia de las obras de construcción de los templos y capillas que los misioneros fueron realizando y dejando a su paso. Casi hemos alabado el recorrido de Fray Junípero Serra por su legado en la ruta hacia California. Pero también debemos destacar la presencia de Eusebio Francisco Kino. Muy atinada fue la designación de un rincón de Sonora, arriba de Guaymas, un lugar cuasi-paradisiaco, cercano a la ciudad de Hermosillo, para recibir ese nombramiento. En esa región la presencia de los indios seris advertía de la hostilidad de sus habitantes y de la poca disposición a recibir a extraños en sus terrenos.

Si no eran ellos, lo era el terreno. Lo que indica la valentía y coraje del padre Kino para evangelizar a los naturales. Aún hoy día, los herederos de tales tribus, ahora protegidos con su cultura y con su hábitat delimitado —lo que en otras latitudes como Estados Unidos sería llamado “reserva”— presentan una hostilidad amable. Guerreros y hombres estoicos, similares a esa planta que al secarse se hace tan rígida que ha sido denominada “palofierro” los Seris son los vigilantes del mar, la playa llena de riscos y las bestias marinas que se asolean chocantemente en las orillas. La evocación a una tierra ancestral la completan los hatos del “borrego cimarrón”, que han sido confinados a la Isla Tiburón. La protección del gobierno federal protege a esos rumiantes gigantes y a sus indígenas insurrectos. Solamente la bondad y la paciencia de un misionero como Kino podían esculpir la voluntad de tales hombres. Recorrí esa costera sonorense bajo un calor infernal de cincuenta grados del mes de abril, que se mitiga solamente por las frías aguas del Mar de Cortés, que se evaporaban tan sólo dar unos pasos tierra adentro, saliendo inmediatamente de la playa.

El ojo crítico de Bataillon nos lleva a observar las regiones de México, tres en el ojo crítico del geógrafo. Sus miradas nos llevan a contemplar la multiplicación de las regiones y sus particularidades territoriales, de las cuales uno puede constatar la maravilla del equilibrio de la ecología humana. Eusebio Kino, mientras tanto, nos heredó el sincretismo de la creencia conjugada entre el catolicismo y lo pagano.

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