Opinión

Día Ciento nueve

Bitacora de Viaje

(de Estudios Socioterritoriales)

Por: Manuel Basaldúa Hernández

El movimiento estudiantil #YoSoy132 que se generó en México en 2012, como respuesta a una clase política que regresaba después de una pausa en la alternancia gubernamental, despertó el interés no sólo de los jóvenes, sino de los estudiosos de los movimientos sociales. Lo novedoso del movimiento se basaba en su origen, emergido de una universidad privada llena de estigmas como la “Ibero” (Universidad Iberoamericana), privada y supuestamente a donde asiste una elite, por lo tanto concebida como apolítica. Los jóvenes estudiantes de la Ibero no sólo se destacaron por ese origen y su respuesta política, sino porque utilizaron por primera vez de manera efectiva las redes sociales. Primero fue en Youtube, con el video de los muchachos mostrando no sólo sus rostros, sino sus datos mediante la exhibición de su credencial de alumnos. Después fue el uso del Twitter con el hashtag y en las demás redes sociales con la conocida cifra 132. Hasta ese momento, en la historia de los movimientos mexicanos con trascendencia estaban el de 1968; posteriormente, el que apareció de 1986 a 1987, así como la huelga de los estudiantes de la UNAM en el año de 1999 y el que referimos de #YoSoy132.

Sin embargo, como diría Octavio Paz en su agudo libro “Tiempo Nublado”, en donde hace referencia a los movimientos estudiantiles de la década de 1960: “el movimiento de los jóvenes, admirable por más de un concepto, osciló entre la religión y la revolución, el erotismo y la utopía. De pronto, con la misma rapidez con que había aparecido, se disipó. La rebelión juvenil surgió cuando nadie la esperaba y desapareció de la misma manera.” (Paz,1983). Desapareció por el hartazgo y la sobreexposición en las redes sociales, como le sucedió al subcomandante Marcos, y devinieron en iconos culturales y afiches comerciales. Los estudios de ambos movimientos en las universidades saturaron, además, la lista de tareas, de ensayos y escritos de análisis de tales movimientos. Los estudiantes los vieron más como un sujeto de estudio por encargo escolar que unos actores sociales importantes en los movimientos sociales contemporáneos. Pero también se apagó el movimiento por otras razones propias de las redes sociales. La aparición del “selfie” y la generación de los “memes” diluyeron la fuerza de los jóvenes en su mirada del entorno político y social. Entonces, las redes se llenaron de fotografías tomadas a sí mismos, con gestos, la cara deformada, la exposición de lenguas de fuera, ojos bizcos, mostrando sus bebidas favoritas; cervezas, tequilas, incluso haciendo alusión a psicotrópicos. El desmadre y la pachanga como muestra del desafío a la autoridad y confirmación a sí mismos. Los “memes”, por su parte, fueron la escritura de escape, la burla irónica, el desquite. La conciencia política e ideológica se diluyó. No sólo en México. En España, a mediados de la primera década del 2000, los jóvenes se movilizaban utilizando los mensajes por sus teléfonos celulares. No se reunían centenares, se reunían por miles, y se trasladaban de una ciudad a otra. El objetivo era desafiar al Estado, pero su movimiento se nulificaba porque se convirtieron en los llamados “botellones”. Consumir alcohol hasta la saciedad durante toda la noche era el propósito. En las ciudades de Madrid y de Segovia observé como se perdían en el alcohol, pero no tenía más alcances que eso. Posteriormente sí se utilizó para los movimientos en la Plaza del Sol, pero de igual manera se diluyó como en México.

Los teléfonos celulares le han abierto el uso de las redes sociales a los jóvenes, que se pueden comunicar masivamente. Pero a la vez les ha puesto una barrera porque han caído vertiginosamente en un hueco neoliberal que los lleva al individualismo. Sorprende ver a grupos de jóvenes chateando o texteando, sin verse ni platicar con los de al lado. En EU se ha destacado que el uso de las redes sociales, en vez de incrementar o extender el análisis crítico de la realidad, o el debate público de las ideas, las ha disminuido.

En estos días últimos de octubre del 2014, sorprende también que con el movimiento juvenil desatado por la desaparición de cuarenta y tres estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa a manos de lo que ellos llaman “los narcoparamilitares”, las redes sociales no se estén utilizando como un factor decisivo en México. Los estudiantes de Guerrero se han desplazado físicamente hasta distintos puntos de la República Mexicana para exponer los puntos de su lucha contra las autoridades locales. Y aunque las noticias y los mensajes se emiten en las redes sociales, el contacto físico sigue siendo primordial. ¿Qué es lo que está ocurriendo con las redes sociales en Latinoamérica, en especial en México? ¿Porque las ciencias sociales no han tomado con profundidad los estudios de estas interrelaciones virtuales y digitales? ¿Por qué no hay suficientes aportaciones que nos lleven a la construcción de una o varias metodologías sobre el problema? La presencia en Querétaro de John Postill, destacado antropólogo de la comunicación en el campo virtual y de la etnografía digital, me parece crucial. No sólo porque podemos realizar reflexiones en torno a los temas la antropología digital con los colegas de Comunicación, sino que debe despertar el interés en el nuevo campo de los estudios socioterritoriales, debido a que una de las asignaturas pendientes en la agenda de esta naciente profesión es el ciberespacio. La delimitación y acción en el ciberterritorio debe ser tema fundamental de quienes se encuentran formándose en esta disciplina. El presente y el futuro de nuestra vida social está apostado en este terreno. Y aún no hemos puesto toda la mirada en estos problemas sociales, tal como acaba de advertir recientemente otro prestigiado antropólogo, Fabián Sanabria. Postill, en coautoría con Sara Pink (2012), nos ofrece algunos conceptos para poder entender que la etnografía de los social media puede descubrirnos “lugares etnográficos” que atraviesan dentro y fuera contextos que son colaborativos, participativos, abiertos y públicos.

Los nuevos profesionales en los estudios socioterritoriales deberían de estar pensando anotar varios puntos en su agenda, para llevar a cabo trabajos interdisciplinares para abordar esos lugares etnográficos virtuales, y poder respaldarse bien con la literatura científica de John Postill. Las condiciones sociopolíticas que están por venir en México no sólo lo ameritan, sino que lo exigen.

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