Opinión

Día Ciento y veintitrés

Bitácora de Viaje

(de Estudios Socioterritoriales)

Por: Manuel Basaldúa Hernández

Nombres. Nomenclatura. Nos referimos a las cosas, a las personas, a los lugares, incluso a lo desconocido, a lo que no existe, mediante palabras que tienen asignadas unas referencias lingüísticas. A fuerza de repetirlas y escuchar su eco, o que sean dichas en otra boca nos remite a la búsqueda de su significación. En ocasiones nos detenemos a tratar de encontrar el significado, el símbolo. Es una acción de curiosidad, pero también para justificar su existencia, otorgarles atributos que nos permitan una conexión especial. Sin ese signo o ese símbolo cualquiera es nada.

Luis González, en un viejo artículo de “la ciencia en la calle”, su columna que se publicaba en la Jornada, refería en 1991 a unos lugares que son emblemáticos dentro de la historia universal. De los lugares que hablan de nuestros orígenes, de las etapas primigenias cuando el hombre arribaba a la etapa de la historia, de la grafía cuando se consolidaba la conformación de la ciudad.

González habla de Irak, que siempre ha sido y ahora más que nunca es un lugar de referencia, sobre todo a través de las incursiones que realizan las tropas de EEUU, y de los grupos radicales que existen en esos territorios. A decir de González, el nombre oficial de Irak es el de “Al-Jumhuriyah Al Iraquiyah”. Ese país, siguiendo la información de Luis González, ese enclave árabe, tiene apenas una extensión territorial similar a los Estados de Sonora y Chihuahua juntos. Como vemos, la amplitud de su espacio es inversamente contrario a la intensidad de la vida de sus habitantes. Todo ese nombre tan largo se condensa en el último vocablo, que exige veneración como cualquier punto cercano a la Mecca. Iraq, o Irak, se vuelca en el símbolo.

En Las palabras y las cosas, Foucault nos remite a la teorización. Así, señala que

“ la denominación generalizada descubre en un cabo del lenguaje una cierta relación con las cosas que tiene una naturaleza el todo distinta a la de la forma proposicional. Si en el fondo de sí mismo, el lenguaje tiene por función nombrar, es decir, el hacer surgir una representación o mostrarla como con el dedo, es una indicación y no un juicio. Se liga a las cosas por una marca, una nota, una figura asociada, un gesto que las designa: nada que sea reductible a una relación de predicación”. (Foucault, 1968, p.108). Continua diciendo Foucault, “el principio de la denominación primera y del origen de las palabras se equilibra con la primacía formal del juicio. Es como si, de una y otra parte, del lenguaje desplegado en todas sus articulaciones, estuviera el ser en su papel verbal de atribución y el origen en su papel de primera designación.

Entonces, al encontrarnos con la designación histórica, incluso hasta historiográfica de los antecedentes de Irak, encontramos una línea que nos lleva a ubicar a este arábico país como la evocadora “Mesopotamia”. Ese lugar no era otro que la Babilonia de la Biblia, de donde emergió el mítico personaje de Nabucodonosor. Mesopotamia, de la raíz “mesos”, que significa “en medio”, el que concentra los extremos, o que los organiza, que los une para lograr un equilibrio. La raíz lingüística nos lleva a la vez a dimensionar a “Mesoamérica”, y de ahí entender otros términos como mesencéfalo, meseta.  El complemento esta palabra-idea-símbolo es “potamos”, rio es la significación. De ahí, nos refiere González de Alba, se retoma la asignación de potable, de ahí le viene el nombre al agua potable, que puede ser bebible. Luego entonces, Mesopotamia tiene asignado el nombre por su ubicación del territorio, de un espacio lleno de cultura, de asignaciones culturales. Mesopotamia es la tierra de en medio ubicada entre los ríos Tigris y el Eufrates. Cuna de los sumerios y de los akadios. Babilonia, Caldea y Asiria fueron las grandes culturas que emergieron y luego florecieron. Aun mas, Mesopotamia, con sus antecedentes babilónicos, tenía como antecedente haber sido el lugar donde se consolidó uno de los primeros grandes centros urbanos: la ciudad de Ur.

Podemos concluir que la denominación de una palabra relacionada con un lugar, a medida de su indagación histórica amplía la visión del territorio y de los procesos sociales realizados en un fragmento del tiempo. El territorio se convierte en una simbolización flexible. El territorio además de ser una marca espacial, es una marca lingüística, de signo, de significado y de significación. Su reducto es una nomenclatura dinámica. A medida que crece nuestro lenguaje, crece la visión del espacio que se concreta y materializa en la conformación del territorio.

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