Opinión

Día Cincuenta y Nueve

Bitácora de Viaje (de Estudios Socioterritoriales)

Por: Manuel Basaldúa Hernández

La Cruz y San Francisquito son dos barrios populares emblemáticos de la ciudad de Querétaro. El viaje que uno realice a alguno de estos puede resultar insospechado, tanto como puede no ocurrir nada, simplemente disfrutar de sus espacios, su ambiente familiar, su existencia material para contemplar su arquitectura urbana, o porque puede ocurrir algún evento inolvidable. Eso depende del día y la hora en que uno haga esas incursiones.

Estas dos esferas urbanas siempre han sido centros de atracción a lo largo del tiempo, para investigadores, turistas, familiares o amistades, entre otros más interesados. Aquí se puede experimentar la conceptualización del territorio. Se hace palpable la concreción de la delimitación del espacio. Aunque tengan cierto parecido en sus puntos de intersección, ambos barrios cuentan con su característica y su personalidad.

La Cruz es un conjunto de manzanas que comparten de igual forma la figura del clásico Centro Histórico como de otra forma barrial. La parte del Centro Histórico cuenta con sus calles adoquinadas, y las remodelaciones a la que es sujeta por ser parte del Patrimonio de la Humanidad. El cemento de cada uno de los barrios mencionados, entre ellos este, son las familias con una larga tradición, en las que el parentesco, la amistad y los vínculos sociales constituyen el entramado del espacio.

El Sangremal, frontera entre el Centro Histórico y la periferia, delimita con su visión panorámica la parte oriente del barrio, pero atesora sus antecedentes fundacionales de la ciudad. La Cruz rosada ahí no solo tuvo su aparición, sino cobra el arraigo y orgullo de historia que constituye la fuente de lo que es la ciudad de Querétaro.

Por su parte, San Francisquito, es el reservorio de la energía y el espíritu de la Cruz. Con una dualidad, que parece ambivalencia, pero es en realidad la otra cara de la misma hoja. La tradición se mantiene y se preserva en todos sus componentes. Desde sus calles empedradas, hasta su estampa de barrio íntimo, cálido, que vigila silencioso los espacios sagrados que descansan del fragor de la fiesta de la Santa Cruz. Que mantiene latente la energía que se desborda cada año al recibir a las danzas de la mayor parte del país, y explotar cada septiembre.

Pero aquí, las redes de parentesco son la combinación única, sui generis del lazo que construye la puerta entre la modernidad, la tradición y lo ancestral. La estirpe es un elemento importante en la vitalidad del Barrio como también es fundamental la construcción de las nuevas familias que acercan a San francisquito al Siglo XXI.

Raymond Ledrut en su libro “Espacio social de la ciudad” editado en la argentina Amorrortu, dice que “el barrio es aquella parte de la ciudad cuya población ha aumentado de tal manera que ya no puede continuar formando una comunidad local. En esta última, actividad y hábitat  se compenetran de modo íntimo: sus habitantes constituyen un grupo que, en el plano ecológico, no se compartimenta ni divide secciones.”

Este autor francés, lo que describe es el aparato nervioso del barrio, con el cual podemos explicar su composición urbana. Que a la vez se distinguen, se separan, pero que son también la parte de la unidad del Centro Histórico. No podemos pensar el Centro Histórico sin estos dos elementos. Si nos ubicamos en la plaza del Templo de La Cruz, con una mirada percibimos los componentes sociológicos y culturales que ambos esos dos barrios contienen.

Continua Ledrut, diciendo: “la pequeña dimensión de la comunidad permite que todos estén próximos a los lugares a donde concurren habitualmente. Es el mundo del peatón, que no necesita salir de su entorno de la vida cotidiana para llegar a un punto u otro del espacio urbano. La vida cotidiana es, en verdad, una vida común.”(Ledrut, 1975; 121).

Hay viajes que deben hacerse lejos, tomar distancia para dimensionar el territorio y los lugares, que se pulen y se erigen con la comparación y el recuerdo. Pero existen otros espacios donde se puede eximir de tal experiencia. Basta solamente hacer el viaje, entre una y otra frontera de cada barrio, para descubrir estas cualidades sociológicas de la conformación de las unidades barriales.

Por eso, las técnicas de observación en los estudios socioterritoriales deben de abstraerse delicadamente de la propuesta de la interdisciplinaridad, para poder construir un enfoque propio en el descubrimiento de las unidades del entramado urbano, para poder hacer la disección de las capas de la ciudad, y con ese trabajo, construir el enfoque propio de lo socioterritorial.  Es un reto que debe ir tejiéndose, elaborándose con mucho trabajo de campo, con mucha visión antropológica sin ser totalmente antropológica.

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