Opinión

Día cuarenta

Bitácora de Viaje de Estudios Socioterritoriales

Por: Manuel Basaldúa Hernández

El hombre contemporáneo se ha hecho dependiente de muchos instrumentos, herramientas o vehículos. Las ciudades se han desparramado en masas amorfas la mayoría de las veces, obligando a que los traslados se dificulten, a hacerlos a pie o en pequeñas naves de locomoción. 

El auto se ha convertido en los pies de mercurio para muchas personas. Las alitas que asoman de los zapatos de semidioses en ocasiones los hacen creer infalibles, seguros de sí mismos, y que trasladan su dominio dentro del mundo que se construye en la frontera de esa masa de láminas, plásticos y cristales, y el mundo exterior.

Hay otros pasajeros que se trasladan en capsulas vernáculas, vehículos comunitarios. El viaje que realizan en los autobuses es una fiesta, un jolgorio que reúne a miles de personajes anónimos que se identifican fugazmente entre sí, creando pequeñas ciudades móviles. Los músicos, los vendedores, los mendicantes, los payasos, son personajes que construyen bosquejos de surrealismo instantáneo a la vivencia del viaje.

Los autobuses serpentean atravesando la ciudad. Evaden las rutas rectas porque si no, se envenenan. No tiene sentido llegar a tiempo, tampoco tiene lógica que tengan cortesía, llegar al último, se pierde la esencia si no se pone a prueba la ley de la inercia con los pasajeros como conejillos de indias. Subir más pasajeros que las otras unidades es la verdadera competencia y no un servicio cortés y amable. Además, ayudan a la alfabetización de las personas porque al transitar velozmente obligan a que se trate de leer rápidamente los letreros que indican las rutas respectivas.

Los conductores de autos que usan los autobuses son pésimos viajeros. Esto lo demuestran cuando se ven obligados a dejar su auto por alguna razón y trasladarse en autobús. No saben qué rutas tomar, no saben dónde situarse para abordar las unidades de transporte público, no traen la cantidad suficiente de monedas para hacer el pago, ni mucho menos saben el precio de su viaje. No soportan guardar silencio, y rápidamente se ponen en contacto con su efímero compañero de asiento. Miran constantemente a su alrededor, como si el chofer fuera a raptarlos y a dejarlos en la estación del fin del mundo. Observan constantemente a su alrededor y miran a los demás pasajeros; más que mirar los contemplan, hacen una tipología rápida de todos ellos. Imaginan sus historias, sus vidas, y hasta llegan a predecir su futuro. Dudan cuál es su destino, a cada momento que se detiene el autobús piensan que ése es el lugar a donde tienen que llegar. No tienen certeza de la ruta ni del camino.

Para esos individuos, personas anónimas les han dejado en los puestos de revistas –esos lugares llamados “quioscos”, también conocidos como “puestos de periódicos”– unos pequeños libros, donde tienen referenciadas todas las rutas del transporte público. Los 12 pesos que cuesta esa publicación anónima, casi clandestina, señala en sus primeras páginas los números de las rutas, luego, describe los recorridos de todas esas rutas, de ida y vuelta. Son itinerarios contundentes que se convierten en los vasos comunicantes de la ciudad. 63 páginas de un librito del tamaño de la mano que rescatan a los extraviados en la red urbana. La guía de ruta no sólo me indicaba el camino sino que me regresó a la realidad de los mapas de Querétaro. Prometo no perderme más.

manuel.basaldua.h@gmail.com

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