Opinión

Día cuatro

Por Manuel Basaldúa Hernández

Cuando llegamos a la población llamada “Tierra Dura” el sol caía a plomo. El polvo se levantaba como una muralla a cada ráfaga de viento que venía del oriente. Las pequeñas partículas de piedra y tierra pegaban inclementemente en el rostro. Un perro salió de alguna casa a ladrarnos incansablemente, denunciando nuestra llegada. Caminamos a la orilla de la carretera y la atravesamos para buscar quien nos diera informes sobre la localización de las autoridades locales.

“Tierra Dura” es una pequeña población que está unos tres kilómetros al oriente de La Esperanza.

 

En el municipio de Colón. Parece un rosario de poblaciones a lo largo de la carretera interestatal que cruza los terrenos que sirven de entrada para el semidesierto de Querétaro. Un enclave rural que poco a poco va perdiendo esa característica, pero que conserva sus modos de comportamiento de la gente hosca y de hablar golpeado. Era un mes de marzo del 2002, era temporada cuando el estiaje se asoma intermitentemente en esa zona de por sí árida. Por eso la presencia de los vientos y la ausencia de nubes. Teníamos el encargo de hacer unas monografías de esas comunidades. Y nos pareció fácil llegar a ese poblado por su tamaño y su acceso.

En el campo de futbol, un terreno empinado lleno de piedras, ubicado también a la orilla de la carretera, a la mitad del poblado estaba por terminar de instalarse un circo. Lo rodeamos para llegar a las casas donde nos habían indicado del domicilio del delegado. Varias personas se aprestaban a poner unas tablas sobre la estructura metálica interna que servirían de gradas para el público. Pudimos ver eso porque la lona de la carpa estaba muy raída y tenía muchos agujeros, sin contar los grandes parches que lucía entre los hoyos.

Después de realizar las entrevistas necesarias, y ya caída la tarde, casi la noche, nos encontrábamos aún ahí. Decidimos asistir a la función inaugural. Mientras llegaba la hora platicamos con los cirqueros. Era una familia la que era la propietaria, y desde el jefe de familia, un hombre sesentón de risa forzada, hasta el nieto de tres años, intervenían en los números artísticos, eran los boleteros, los que vendían los refrescos y las palomitas, los que tomaban la foto y los que participaban como payasos en un número y de trapecistas en otro. Para la función inaugural se juntó casi medio centenar de personas. Pero a la mitad de la fila, un borracho impertinente quería pagar sólo un boleto y que entraran cuatro más de sus amigos gratis. No lo dejaron entrar en esas condiciones. Y a media función del espectáculo regresó con sus amigos y se lió a golpes con los artistas. El hijo y el padre, empresarios y trapecistas salieron a responder a la agresión, después de que los malandrines apedrearan la carpa ya de por si maltrecha. Un rato después, los trapecistas cuando hicieron su número así como los payasitos, salieron con los labios partidos y los ojos morados, todavía con la nariz sangrando. Nos dio un poco de pena por ellos.

Al día siguiente, fuimos a visitarlos y los encontramos almorzando. Todos en su mesa se alimentaban de frijoles de la olla, acompañados con una cazuela de huevo frito en chile negro. La carne de pollo era para el cachorro de león, que recién había comprado el jefe de familia. Apenas obtenían ingresos para comer y hacer reparaciones al circo. La diversión y el entretenimiento en las zonas rurales son difíciles y muy ingratos. Los eventos artísticos y la generación de la cultura son acciones escasas y no están al alcance de todos. Los circos son la alternativa para estas poblaciones. El asombro por los malabares y la sonrisa arrancada por los payasos augustos son exiguos en el mundo rural. Ese viaje a “Tierra Dura” nos enseñó las necesidades de esparcimiento que existe en esos territorios. Hace falta documentarlos y seguir recorriendo esas rutas para conocer sus formas de vida.

manuel.basaldua.h@gmail.com

twitter@manuelbasaldua

 

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