Opinión

Día dieciocho

Por Manuel Basaldúa Hernández

Para muchos la literatura es una fuente vital. Para muchos otros también la ciudad es su mundo y su universo. Para otros más, la combinación de estos dos elementos es una cuestión importante en la construcción de su historia. Franz Kafka es un personaje, más que un autor, que vive en la literatura, y vive en algunos de nosotros como si fuera su ciudad. Y entonces Kafka se reproduce infinitamente.

En el año del 2007 viajé a Polonia, y antes efectué una escala en la ciudad de Praga, de la República Checa. Una parada obligada porque Praga era un lugar imaginado desde la juventud, como todo joven sueña cuando ha leído La Metamorfosis de ese autor paradigmático y enigmático del existencialismo. Así que cuando llegué a la ciudad, lo primero que busqué fue el barrio antiguo y empecé a caminar por esas callecitas de lo que antes fue el gueto judío.

De acuerdo a Harald Salfellner, en su libro Franz Kafka y Praga (publicado en la editorial Vitalis), en la época del escuálido escritor, la ciudad contaba con apenas unos 230 mil habitantes en el año de 1910. En ese entonces era la tercera ciudad más grande del imperio de los Habsburgo. Pero los suburbios eran mucho más poblados y juntos hacían una masa de cerca de 600 mil habitantes. Los alemanes y los judíos formaron esta ciudad, dice Salfellner cuantitativamente pequeña, pero con una gran influencia cultural en esa parte de Europa. Desde luego que también impactó en el mundo económico, en el que el peso de la burguesía era determinante.

Kafka vivió gran parte de su vida en una casa situada cerca de la Plaza de la Ciudad Vieja. La Ciudad Vieja representaba, y lo sigue siendo, un conjunto singular de urbanismo. Un lugar que ha mantenido a la historia en cada fachada de las casas y las calles con sus adoquines cuidadosamente entrepuestos. Pero lo que sobresale es la existencia del emblemático reloj apostólico, acompañado de arquitectura del neogótico. Y desde luego de la vecindad de la Iglesia de Nuestra Señora de Týn. Toda una imagen praguense, convertida ahora en el centro de atracción para el turismo internacional.

Para mí, estar en esa ciudad era remitirme a los textos que describen una ciudad que sofocaba al autor y que lo obligaba, que no inspiraba, a redactar las líneas de El castillo, o de Un artista del hambre. La ciudad, como lugar, se convierte en actor cuando influye en la vida de las personas. La ciudad es la extensión del hombre en tanto es el contenedor de sus acciones y de su tiempo, que se condensa en su historia. Los límites territoriales tienen su parte física, material, pero empieza su construcción en la imaginación y sentimientos de la vida del hombre. La articulación de todos estos elementos se concreta en la literatura y su espacio. Praga, Kafka y el nacimiento de mi hijo Emilio marcaron en mí una huella del 2007.

twitter@manuel.basaldua

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