Opinión

Día dos

Manuel Basaldúa Hernández

La ciudad se ha convertido en el microcosmos del hombre. Es su destino, su salvación y su perdición. Transformada en una hiedra urbana ha convertido al campo en pequeñas ciudades, y a su periferia en islas de proletariados y lumpenproletarios, pero destaca también fraccionamientos lujosos para el disfrute en la estética económica. En paralelo, no en contraste, ha hecho resurgir a las plazas públicas como sus vértices de la acción hedonista y ha puesto su atención en los segmentos ecológicos para su rescate y exterminio.

La ciudad hecha microcosmos transforma a sus habitantes. Lo más simple seria decir que son ciudadanos, pero en realidad son los neo-nómadas del siglo XXI. Las prácticas en esta urbe es vivir más transitando y teniendo acción fuera de las casas habitación, gracias a la tecnología que ha contribuido a ello. Ya ni siquiera se tiene la intención de llegar a la casa para recibir una llamada telefónica, o tener la esperanza y emoción de recibir una carta, con un aparato telefónico móvil, o una Tablet, o una computadora, se logra eso. Instrumentos que potencializan la práctica nómada, no atan a la casa pero encadenan a la ciudad.

 

La nueva formada de nomadismo ha resultado con nuevas prácticas y costumbres entre quienes forman la ciudad. Los viajes cortos, constantes, hacen que la vida sea trepidante, estresante en ocasiones, pero se ha convertido en el alimento de los neo-nómadas. Ciudadanos que requieren de esta manera de convivencia para gozar de la tranquilidad que les da la vida cotidiana. Las rutas y los viajes internos constantes son el alimento y la vida de los ciudadanos, por eso la ciudad se experimenta como una mándala metropolitana donde la calle es la casa, la ciudad es la casa.

Dice Lefebvre “que la realidad urbana modifica dialécticamente las relaciones de producción, y se convierte en fuerza productiva del sistema capitalista, así el espacio y la política del espacio expresan relaciones sociales del modo de producción capitalista.” (Lefebvre, 1972). La realidad urbana se nos presenta como la ciudad, que es el gran recipiente de esas fuerzas productivas del capitalismo, y ya nadie escapa de esa fuerza de gravedad que tiene. No importa mucho que esto sea así para los ciudadanos, lo que importa es seguir manteniendo y contribuyendo a la vida intensa de la ciudad.

La ciudad exige tributos constantemente; de los gobernantes su atención en la modificación de su estructura y la elaboración de políticas públicas, de los viajeros y pasajeros, construir relatos que sean llevados a otros lugares y que se traigan de otros lados. De sus habitantes, mantener las costumbres y hábitos que le den certeza de su cotidianeidad. Solamente con esos elementos se puede transitar tranquilamente en la ciudad, con la seguridad que ésta nos brinda sus venas asfaltadas para llegar al corazón de su vida.

¿Cuantos microviajes realiza uno diariamente para llegar a las actividades que nos interesan? ¿Habitar o viajar es lo que le da a uno la certeza de pertenecer a la ciudad? Los neo-nómadas urbanos han establecido un modelo de actividad económica y cultural que se reafirma con el diario peregrinar. Y la ciudad, gustosa de ofrecerse como una fuente inagotable de la vida para la sociedad, en donde cada uno de sus habitantes le han marcado sus tatuajes, señalética verde y estilizada, que le permiten orientarse en sus espacios. ¿Bajo estas condiciones, la ciudad es sujeto o recipiente? Ambas cosas tal parece, en esta dualidad con los ciudadanos y los nuevos nómadas.

manuel.basaldua.h@gmail.com

twitter@manuelbasaldua

 

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