Opinión

Día noventa y ocho

Bitacora de Viaje

(de Estudios Socioterritoriales)

Por: Manuel Basaldúa Hernández

Mi insistencia en asistir a un estadio de futbol en el extranjero no tuvo éxito en tres ocasiones. La primera fue en la Ciudad de Bogotá. El encuentro que iban a sostener el Club Deportivo Los millonarios versus el América de Cali. Todo un clásico, partido esperado por todos. Así que me preparé para irme al partido. No obstante, me detuve un poco, debido a que vi pasar unas tanquetas del Ejército, y un convoy de patrullas de la Policía. El alboroto en las calles era intenso y se percibía cierto movimiento tenso. Les estoy hablando de la década de 1990, a mediados de ella. Las cosas en Colombia estaban álgidas en cuestiones de paz. Pensé en irme al lado contrario; al final de cuentas, yo iba a un partido de futbol. Así que pregunté por “El Campin” Nemesio Camacho, y cuando descubrieron mi acento extranjero y mi nacionalidad mexicana, me advirtieron terminantemente no acercarme al estadio. Me explicaron de la movilización policiaca y militar para vigilar la conducta de la hinchada. Era mejor quedarse en el hotel y escucharlo por la radio. Además, ni tenía boleto, ni hinchada, ni banda que me acompañara. Las barras eran de cuidado. Simplemente desistí.

En otra ocasión, me encontraba en Praga. Y el Estadio Letná, también conocido como el Toyota Arena, se engalanaba para un trepidante partido entre el Sparta Praga versus Slavia Praga, un clásico y un agarrón que se iba a suscitar. Me llamaba la atención poder asistir a un partido europeo, porque sus cantos interminables de las “porras”, la hinchada, o los fanáticos son todo un espectáculo. Me encontré con la dificultad del precio, luego la cuestión del idioma, y después, el traslado. Me encontré con que el estadio tiene un aforo pequeño, así que no encontré boletos disponibles, y desde luego, la cuestión de la fanaticada que se alteraba fácilmente. Ni modo, solamente lo vi en la tele. La tercera ocasión fue en la Ciudad de Mendoza, en Argentina. El estadio se llama “La Guerra de las Malvinas”, aunque muchos le dicen solamente “Malvinas”. Pese a su nombre, es un estadio grande, sede del Mundial de Argentina 1978, y se encuentra a un lado del famoso parque San Martín y de la Universidad del Cuyo. Un partido de la liga argentina se disputaría mientras duraba mi estancia, y el interés era grande, ya que tendría un partido regular de liga contra el Boca. Nuevamente apareció el fantasma de la advertencia. Ir al estadio era riesgoso. Los partidos generalmente son en la noche, y las cosas en las gradas, en lo alto… no me lo recomendaban, aunque tampoco en la parte baja, por el precio y porque el boletaje es controlado. Es decir, no se vende más que una tercera parte del boletaje, precisamente para inhibir la presencia de barras e hinchada, dadas las batallas campales de los barrios y entre los equipos y sus seguidores. Ni pensar en llevar una playera, un “jersey” del cualquier equipo, desde luego, de los que jugarían. Ni siquiera unos colores alusivos. Uno se expondría a las agresiones de manera inmediata. ¿Resultado? A verlo en la tele.

¿El futbol como deporte y espectáculo es un show globalizado? Pero, ¿por qué esta unidad que convoca a cientos o miles de personas como seguidores o como fanáticos, ya sea mediante su presencia personal en los estadios o a través de los medios de comunicación, es intensa? Andrés Fábregas refiere sobre el futbol que si bien es una manifestación de la ideología del capitalismo actual, la máxima del “deber ganar” se acrecienta con el absolutismo de la competición. Pero sigue este antropólogo diciendo: también el futbol se consolida como fenómeno universal, debido a la generación de símbolos que apuntalan la formación de comunidades de identificación. Y también el paso de la identidad a la identificación y -a su vez- a la integración de la diversidad. (Fabregas, 2006; p. 18) Para explicarme este fenómeno, me hice el planteamiento de varias ideas al respecto.

El futbol es el deporte-negocio-espectáculo. Pero esa triada genera símbolos, identidades. Impulsa imaginarios, pero también genera espacios, delimita territorios y promueve esas identidades. Aglutina a vastos sectores de la población, principalmente del sector popular. Pero promueve la educación, el seguimiento de reglas, el manejo de los acuerdos mediante el reglamento universal. De tal forma que los sectores infantiles y juveniles aprenden procesos formales y culturales en este medio y bajo este sistema.

El futbol se convierte en un centro gravitacional de la cultura. Y como lo hemos visto ahora en Brasil por motivo del Mundial de futbol, este se presenta ahora como un centro gravitacional de demandas populares. La delimitación territorial ha puesto su centro y su foco en el estadio como un referente de ocupación, un espacio a donde hay que ir a presionar. No es a la Casa gubernamental de Dilma Rousserf, es en las mediaciones de los estadios.

No es una cuestión coyuntural solamente, es a donde todo brasileño acude, y ahora las comunidades internacionales se harán testigos.

Dice Mauricio Murad que para los investigadores en ciencias sociales “más importante que un juego de futbol, son los juegos del futbol. Juegos culturales, redes, según Latour (1997), de sentidos articulados, territorios metalingüísticos.” Entonces, vemos que los juegos son parte de un rito, que según DaMatta (1978) da alas al plan social e inventa, tal vez, su más profunda realidad. Murad refiere entonces que el futbol es uno de los rituales –contemporáneos, subrayo yo- de mayor sustancia en la llamada cultura popular, una cultura de las multitudes, como señala Murad, que es una metáfora privilegiada de estructuras existenciales básicas. Por eso escapa a los señalamientos simplistas de quienes quieren ver al futbol como un elemento de enajenación o de control de masas, como un negocio o un acuerdo megaeconómico y mediático de enajenación.

El territorio del rito se materializa en el estadio y en la cancha con su dibujo rectangular de líneas blancas sobre el empastado verde, y se traslada a las emociones de los sujetos que se enganchan, porque en esos juegos se desarrollan estructuras cognitivas, sensorio-motoras y afectivas. Además, debemos agregarle un elemento de globalización que se unifica en el juego: lo lúdico, y una forma de erigir el imaginario global.

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