Opinión

Día ochenta y siete

Bitácora de Viaje (de Estudios Socioterritoriales)

Por: Manuel Basaldúa

Cuando un hombre planea un viaje, siempre tiene considerados dos puntos básicos, el de partida y el de llegada. Los lugares intermedios suelen ser caprichosos debido a la existencia de imponderables o necesidades propias del recorrido. Cuando se inicia el camino, las aspiraciones a obtener las mejores experiencias son parte de la motivación de transitar. El viaje generalmente se realiza con cierta complicidad. Uno puede moverse hacia un destino pero la imperiosa necesidad de compartir o al menos de comentar el paisaje o las vicisitudes requiere en ocasiones de un acompañante. Puede uno hacerlo como lo llevaron a cabo Jack London en su exploración al Polo Norte, o John Steinbeck en su periplo por el territorio de Estados Unidos. Colmillo Blanco y Charlie, respectivamente, fueron los nombres de los perros que acompañaron a su amo, quienes escucharon la voz, para reflexionar sobre el camino, y poder escribir lo necesario en sus Diarios como autores.

Pero, ¿qué sucedería si se realiza un viaje sin retorno? ¿Es considerado un suicidio? ¿Uno puede suicidarse en un viaje? El suicidio generalmente está ligado a una condición de locura. Dice Elizabeth Roudinesco que “todo humano está habitado por el crimen, el sexo, la transgresión, la locura, la negatividad, la pasión, el extravío, la inversión, etc. Sin embargo, ningún humano puede estar determinado, para toda la vida y de antemano, por un destino que lo haría inepto para toda superación.” (2009).

El Proyecto “Mars One” puede entenderse como un proyecto de ciencia ficción, arrancado de una obra literaria. La idea es enviar a un grupo de humanos para colonizar el planeta Marte. Para ello, se ha lanzado una convocatoria, donde se seleccionará a veinte. El proyecto tiene agendado que en el año 2025 pueda concretarse el viaje. A la convocatoria respondieron un poco más de 200 mil en todo el mundo.  Y recientemente se ha dado a conocer que son 1.058 los preseleccionados para tal proyecto.

Los que sean seleccionados saben que es un viaje sin retorno. No habrá posibilidades de regresar a la Tierra o de arrepentirse. Será una acción que se podrá documentar en el futuro con mucha cautela. La humanidad ahora tiene estos sueños de expansión por el universo y explora esta posibilidad. Es un aspecto no considerado dentro de los cánones del suicidio. El suicida define su destino, la terminación de su vida, pensando en que esa acción deliberada que lleve a cabo le sirva a otro a partir de su fatalidad. Es decir, la terminación de su vida le otorga la esperanza de vivir a la posteridad. En esta ocasión no se trata de un acto por desamor.

El proyecto Mars One es una esperanza de ver la existencia del hombre más allá de sus confines. Es una forma de suicidio y no.

¿Quiénes pueden ser aquellos que se atrevan a realizar este viaje sin retorno? El ciudadano holandés Bas Lansdorp es quien está promoviendo el proyecto. Y al menos ha logrado despertar el interés en algunos latinoamericanos. Uno de ellos es el chileno Yehoshua Rosenblum, hombre de 52 años, y otros tres connacionales chilenos que representarán a su país y su cultura. Otra es Laura Chomalí, estudiante de Ingeniería Comercial de la Universidad de Chile, con 20 años; hay una chica más, Claudia Gallardo, de 28 años, quienes buscan pasar la siguiente etapa. Existen datos de dos mexicanos aceptados en este proyecto. Uno de ellos es Andrés Eloy Martínez Rojas, diputado por el PRD. Se dedica a la divulgación científica y a la astronomía. También está seleccionada Cinthia Liza Valadez, de 20 años, estudiante universitaria que busca tener experiencias de aprendizaje.

El suicidio sigue siendo un acto individual, provocado por las condiciones sociales. Pero ahora nos encontramos con este tipo de manifestaciones de elección de un proyecto que lleva a individuos que saben que su vida cobra un derrotero con nuevas características.

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