Opinión

Día once

Manuel Basaldúa Hernández

En ocasiones, la parsimonia nos lleva a efectuar una observación meticulosa. Y la pausada práctica de la contemplación, casi monacal, da como resultado el asombro y la emoción de descubrir lo evidente. El territorio es a final de cuentas el espacio donde se concreta la acción social del hombre. Y esta concreción tiene como propósito dejar constancia del paso del hombre mediante su interpretación del lugar. Para ello se requiere efectuar ciertos ejercicios que plasmen sentimientos, cultura y transformaciones de ese lugar. Eso mismo me ocurrió en un mes de agosto del 2007 cuando caminaba en una plaza frente al Palac Staszica, en la ciudad de Varsovia. El lugar que está enmarcado por un instituto cultural y universitario, y también por la Iglesia de la Santa Cruz, que es la catedral de esa ciudad capital de Polonia. Una iglesia atiborrada de recuerdos y referencias de Juan Pablo II, pero que también contiene en una de sus criptas el corazón de Frédéric Chopin.

Atravesando de esa catedral al palacio, me llamó la atención un semicírculo grabado en el piso de la plaza. Caminé siguiendo ese semicírculo hasta toparme con una base que soportaba una estatua. Ésta es de un hombre sentado, que viste una capa, y en su mano derecha sostiene entre sus dedos un compás, en tanto que en la mano izquierda sostiene un astrolabio. Ese astrolabio era un instrumento para las mediciones de los cuerpos celestes o la medición del tiempo y la distancia en el universo. Fue en ese momento que reaccioné y miré tanto a la estatua como el nombre grabado en el podio que lo sostenía: Nicolás Copérnico.

Al subir al tercer escalón y observar el piso de esa plaza, descubrí que en el piso se encuentra un conjunto de círculos concéntricos que representan al sistema solar. Estos adornos advertían que uno estaba frente al autor del sistema concéntrico que cambió la percepción del hombre en su ubicación en el universo. Las orbitas representadas en esa plaza le dan un aire diferente a la arquitectura del lugar.

El planteamiento de Copérnico nos permitió conocer que el Sol estaba quieto y la Tierra era la que se movía en una perfecta rotación y que además realizaba dos rotaciones; una llamada de traslación y la otra de declinación. Entonces también la concepción de los equinoccios cobró una significación distinta. Desde luego que esto es sabido de sobra, pero en el tiempo del Oscurantismo y la Inquisición era una afrenta a todos los cánones establecidos.

Observar esta representación del sistema heliocéntrico no deja dudas de que no somos el centro del universo, sino una parte rotatoria y del paisaje cósmico. Sin embargo, con este descubrimiento no nos quita la vanidad del hombre que pretende conquistar el espacio y ejercer un dominio, que muchas veces se sale de control y avanza hacia el mismo hombre.

twitter@manuelbasaldua

 

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