Opinión

Día quince

Por Manuel Basaldúa Hernández

No hay viaje más largo que aquel que no te permite alcanzar pronto tu destino. Esta frase se convierte en sentencia. O quizá también en una maldición. La referencia está planteada cada vez que observamos un problema cotidiano, constante, y que al parecer a nadie le importa, o al menos es una creencia de quienes sufren la intensa vida de la ciudad. No daré más rodeos, me refiero a los cruces de las avenidas en la ciudad de Querétaro, parecida a otras inclementes ciudades. Por lo pronto, detectamos que hay puntos conflictivos en muchas partes de esta ciudad que se esfuerza por ofrecer vanamente servicios a todos los ciudadanos. Pero que no se percibe que sea resultado de una política pública destinada a mantener la armonía entre todos sus habitantes.

Esta ocasión quiero narrar el intenso viaje que hacen las personas de la tercera edad, las mujeres embarazadas, o personas acompañadas con niños pequeños que pretenden cruzar la calle y llegar de una banqueta a otra, sanos y salvos. Hay un cruce, como muchos otros, que es particularmente difícil. En la avenida Constituyentes y avenida Tecnológico es un reto para los peatones cruzarlo. El semáforo representa un cíclope ciego que no da tregua a los automóviles, y que los mantiene en constante movimiento, de oriente a poniente da ocasión de arrojar bocanadas de hasta 75 autos, y cuanto detiene a unos da paso a los siguientes, y luego se cruzan otros tantos más. Es una vorágine automotriz. Sin duda, un acierto de la ingeniería del tránsito.

 

Doña Beatriz, una persona de la tercera edad, que se encontraba ubicada en la banqueta de avenida Constituyentes por el lado sur, tenía necesidad de cruzar hacia la avenida Tecnológico. El sol inclemente eleva la temperatura y lastima cada vez que se trata de mirar de qué color es la luz del semáforo que está encendida. Tres pasos para iniciar el recorrido, pero como estampida un alud de autos avanza convirtiéndose en un muro móvil impidiendo a doña Beatriz seguir de frente con sus pasos lerdos. Esperará a la siguiente oportunidad. La cebra es invadida por media docena de autos que pisan las franjas por donde se dibuja el camino de los peatones. Y la anciana quiere esquivarlos pero titubea avanzar cuando escucha que los conductores aceleran sus motores. Pasan a un lado dos policías en motocicleta, gallardos, fornidos y decididos en su paso hacia el frente. Pero se asemejan a cualquier conductor, sin misericordia al peatón. 20 minutos tratando de cruzar, con un calor bochornoso, la bolsa de plástico con diseño de cuadros entrecruzados hacen más pesado el bulto, y el bastón que pudiera representar un báculo de mando ante los insolentes manejadores de los autos, también se convierte en una pesada carga. Veo una escena propia de Sísifo; peatones destinados a sufrir la tortura de cruzar las calles.

Quien se encarga de dar funcionamiento al flujo de la calle, solamente piensa en los automotores, nunca en los peatones o los ciclistas, en los minusválidos o los de la tercera edad. ¿A qué se debe esto? ¿Son insensibles ante esta circulación humana? ¿Desconocen que también es para el cruce de las personas? Yo creo que no, pero seguramente hay que sensibilizarlos, o hacerlos cruzar como lo hacen los demás ciudadanos sin auto. Entonces me surge otra pregunta, ¿además de los ingenieros dedicados al transporte y a hacer eficiente el desplazamiento de la masa vehicular mediante la propuesta de políticas públicas, un profesional en los estudios socioterritoriales puede contribuir a resolver este problema? ¿Ésta es una profesión unívoca o es interdisciplinaria? ¿Qué teoría puede ayudar a proponer un desplazamiento a todos los integrantes de los conglomerados urbanos? ¿Cuánta gente cruza estas avenidas? ¿Se tiene contabilizada este flujo de movimientos? ¿La economía de una entidad contempla estos niveles de traslado? Por ahora, está pendiente resolver estos casos de atención a los peatones, sobre todo a estas personas de la tercera edad. ¿Qué pasó con doña Beatriz? Después de mucho tiempo cruzó, ayudada por un grupo de jóvenes que también tenían urgencia en pasar, solamente que ellos detuvieron el tráfico, no sin enfrentarse a algunos conductores y proferir algunas maldiciones entre sí. Doña Beatriz había cruzado por fin la avenida, pero volteaba inquieta. Le quedaba el regreso a casa, por el mismo camino.

@manuelbasaldua

 

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