Opinión

Día setenta y siete

Bitácora de Viaje(de Estudios Socioterritoriales)

Por: Manuel Basaldúa Hernández

La existencia del trasiego de narcóticos por la ruta mexicana ha traído una serie de fenómenos concomitantes expresados en violencia y corrupción. Estos fenómenos se han multiplicado como consecuencia de una política norteamericana de combate (de un combate ambiguo o fallido como el mexicano) del tráfico de estas sustancias. Pero también de una falta de contundencia para derrotar a los grupos que se dedican a estas actividades.

El trastrocamiento de territorios y de la composición de organizaciones no sólo no aniquiló ni disminuyó la existencia de tales organizaciones, sino que las multiplicó creando una serie de nuevos fenómenos delictivos, y otros que aparecieron con una metamorfosis inusitada, así como la recreación y reforzamiento de otras ya existentes.

La articulación estratégica que adoptaron y adaptaron los grupos delictivos en zonas y territorios bien definidos y señalados, así como su compleja forma de operar, es lo que conocemos como crimen organizado. Ente construido para referirnos a una figura anónima, mezclada de integrantes pertenecientes al crimen o a las autoridades coludidas, corrompidas o sometidas a su control.

De los grupos delictivos que promueven y sostienen fenómenos delictivos, que se han beneficiado por la desviación de la atención de las autoridades responsables, han profesionalizado mediante técnicas y métodos sofisticados la trata de personas, el neoesclavismo, la extorsión y el rapto, que tienen su expresión en las llamadas «desapariciones». Como estas, hay fenómenos que han tomado en zonas y rutas su independencia y desarticulación de aquel sistema llamado «crimen organizado».Que al suceder no son identificables por el origen y pertenencia de quienes lo ejercen.

La vertiginosa aparición de estas acciones que atentan contra la libertad de los ciudadanos, la violentación –sé que el termino no es el correcto y que no existe, pero pretendo dar una idea a lo que me refiero– de los individuos, el trastrocamiento de la libertad, y la destrucción de los patrimonios familiares, entre otros, han dejado a las autoridades rezagadas en su tipificación, definición y descripción para ser consideradas dentro de las leyes vigentes.

Aunado a ello, estas acciones se alimentan y alientan aprovechando la ineptitud de los responsables de la seguridad pública, o al menos de la limitación que les imponen las leyes existentes al respecto. En suma, experimentamos una ambigüedad desfavorable en todos los niveles y esferas hacia la sociedad y el individuo y sus libertades y categorías que le otorga la constitución. Tal es la rapidez de esa vertiginosa aparición de fenómenos que incluso las ciencias sociales, por estrategia de prudencia, o porque no se han creado suficientes áreas de estudio no han alcanzado a crear conceptos, términos o tesis para describir los hechos, acciones, consecuencias y comportamientos de los grupos sociales que permitan el estudio, análisis y explicación de estos.

La cantidad de muertes por efectos de este fenómeno supera el número de las guerras en distintas partes del mundo de las épocas recientes. Y debemos suponer más las que se acumulen en los próximos años, dado que no es un evento concluido. Por ejemplo, el número de desaparecidos en la época de las dictaduras militares de Sudamérica ya ha sido rebasado. Pero a diferencia de aquellas “desapariciones”, aquí no se ha podido documentar profundamente, ni con la exactitud que requiere el caso. Es un campo vedado para aquellos que quieren realizar investigaciones académicas serias y profesionales. Quienes se han atrevido a dar seguimiento son los periodistas o los escritores, a diferencia de los académicos que por falta de recursos y por la naturaleza de su trabajo no se han atrevido a tocar ese campo, y han optado por replegarse de esos temas de manera estratégica.

He mencionado que en el caso de las desapariciones de personas en la época de la dictadura militar de Sudamérica, la academia ha tenido algunos acercamientos con metodología de las ciencias sociales para encontrar explicaciones a tales hechos, y encontrar los destinos de quienes fueron víctimas de los atropellos y barbaridades militares. La metodología, aun inexacta, pero contundente en su trabajo, ha empezado a contribuir a esos propósitos de clarificación de los sucesos.

En México, no creo que en los próximos años tengamos material de esta calidad, en número y en profundidad. Se requiere de condiciones que en el país no se pueden obtener. Si mencionamos que los periodistas son los que se han atrevido a dar seguimiento, quienes han denunciado o investigado han caído a manos del “crimen organizado”. Tan sólo en México, en los años recientes han muerto casi una centena de periodistas y otra cantidad importante ha sido amenazada o es intimidada por ejercer su profesión en esos campos.

Lo que he tratado de decir es que el territorio se ha convertido también en un factor de dominación por grupos sociales con un alto nivel de violencia, con tendencias patológicas y que afectan profundamente el tejido social. El estudio de los espacios y el territorio invadidos por la violencia, la inseguridad y la impunidad indican que el Estado se retrae de sus obligaciones y se debilita frente a elementos anómalos.

El territorio nuevamente se convierte en un espacio que es dominado por el más fuerte, por el más audaz, para imponer un mecanismo de dominio de la violencia. La sensación de fragilidad y vulnerabilidad por el resto de la sociedad desaparece las fronteras del espacio protegido por el Estado. Aniquila la percepción de que hemos progresado como especie.

Si en el cono sur podemos observar monumentos o placas alusivas a hechos abominables, y que se están tratando de esclarecer y resarcir sus daños, acá en México vemos esas ausencias de simbolismos. Y solamente nos encontramos en el camino las marcas de la violencia y la degradación de la seguridad pública. A medida que observamos cruces o retablos que señalan a los muertos en la orilla de las carreteras, caminos vecinales o espacios públicos, vemos la necesidad de construir espacios de solidaridad, espacios que brinden la posibilidad de realizar una vida plena sin miedos ni temores para desplazarse en nuestro hábitat. El camino del horror y del miedo amenaza con expandirse. Debemos de comprender la magnitud del fenómeno de la violencia, y revisar las estrategias para proteger las fronteras de nuestro espacio. Pero para ello, hay que evidenciarlo, mostrarlo y hacerlo visible. Esa es una de las múltiples vetas de los estudios Socioterritoriales.

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