Opinión

Día treinta y nueve

Bitácora de Viaje

Por: Manuel Basaldúa Hernández

Un hombre sentado bajo un árbol de una especie similar al Eucalipto, mira a su alrededor. Su vista se topa con un grupo de jóvenes que descienden inquietos de un autobús. El hombre se acomoda el sombrero, lo pone más empinado sobre su frente, mientras con la otra mano, se lleva a la boca el tallo seco de una rama de pasto, que utiliza como mondadientes y le permite sustituir el cigarro. Se vuelve a acomodar cambiando de posición, y se sienta de lado sobre la tierra y encoge sus piernas flexionando sus rodillas. Y aguarda a que lleguen hasta él ese grupo de jóvenes.

El lugar es un paraje a la orilla de un cerro de la comunidad llamada La Peña Colorada. Junto con otras pequeñas poblaciones como La Zorra, Vistahermosa, y La Puerta de en medio, rodean una amplia planicie que se le conoce como El Valle de El Lobo. Todo ese conglomerado de caseríos junto con sus parcelas de carácter minifundista construye un paisaje rural muy particular. Los jóvenes preguntan por la comunidad de Peña Colorada. El hombre los mira de arriba a abajo, y después de unos momentos se retira la ramita de la boca, y responde lacónica –es ésa–. Mientras señala con la varita del pasto, indicando el caserío que se encuentra bajo el cerro que parece meseta con una gran pared de roca volcánica.
Ese territorio campestre sirvió días más tarde, en un verano casi a mediados de la década de 1980, como el laboratorio social donde los primeros estudiantes de la Maestría en Antropología de la UAQ empezaron a entrenarse como etnógrafos. Una eminente profesora era la responsable de esa tarea académica, la doctora Jacinta Palerm fue la que condujo a que una docena de universitarios concluyeran su formación como antropólogos. Y para ello observó meticulosamente el desarrollo de cada uno de estos estudiantes en su realización del trabajo de campo. De ahí surgieron los primeros reportes sobre la ruralidad queretana y se constituyó el territorio de preparación para los futuros antropólogos.

El trabajo de campo es una actividad académica establecida preferentemente por los antropólogos. La inmersión total del estudiante en un medio distinto de donde proviene, tiene como propósito instruir al practicante en el manejo de las técnicas para recoger datos e información de primera mano. La observación directa, acuciosa y meticulosa se realiza siguiendo los cañones de la etnográfica establecidos principalmente por Malinowski, y enriquecida por otros eminentes antropólogos.

La incisiva y brillante alumna de esa generación que señalo, ahora comparte esa experiencia que ha logrado una calidad insuperable en su formación antropológica. Es reconocida profesora en la academia que se dedica a la preparación de antropólogos y profesionales que quieren incursionar en el trabajo de campo. Martha Otilia Olvera Estrada expuso magistralmente los puntos centrales y sustantivos de la tarea que realiza el etnólogo en su profesión, al impartir la conferencia “El trabajo de campo de los antropólogos sociales: identidad y cultura”, en el auditorio de la Facultad de Química de la UAQ.

El trabajo de campo se ha extendido a otras disciplinas académicas para instruir a los profesionales en otras especializaciones. El doctor Emiliano Duering Cufré, ahora es el responsable de preparar en las áreas difusas de lo rural y lo urbano a los estudiantes de la naciente Licenciatura en Estudios Socioterritoriales. El reconocimiento del otro que se considera en esta disciplina antropológica, también sirve para el descubrimiento del espacio, exclusivo y compartido, socializado y disputado por intereses de dominio, de cultura, de economías mixtas y de patrones de conducta de las nuevas sociedades mexicanas. Olvera Estrada y Duering Cufré nos muestran como la interdisciplina es pertinente en la formación de nuestros profesionistas universitarios.

Lejos ha quedado en el tiempo aquella experiencia en El Valle de El Lobo, pero continúa fresca y cercana en la exposición de Olvera Estrada, y se evoca con la práctica de Duering Cufré. Ambos, amigos míos, me recuerdan que el trabajo de campo sigue siendo un aspecto vital de nuestra vida académica.

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