Opinión

Día treinta y siete

Bitácora de Viaje (de Estudios Socioterritoriales)

Por: Manuel Basaldúa Hernández

Cuando uno se pone de pie frente a una escultura, la primera posición es situarse al frente. Poco tiempo después, cuando la perplejidad nos invade, el movimiento de nuestro cuerpo empieza a activarse. Así, la mirada es uno de los primeros sentidos que se aguzan frente a la obra de arte en cuestión. Posteriormente el tacto, uno no puede resistir estar frente a un objeto sea cual sea, y tener que tocarlo. Quizá para corroborar su carácter terrenal, para evitar una alucinación como resultado del experimento de la contemplación. El ejercicio de rodear a la escultura se hace cada vez más necesaria, y uno procede.

Uno recurre al último a la tarjeta de presentación, y la lectura del título y las características del material, la fecha y el nombre del artista llenan nuestra información. Y entonces, el asombro puede cobrar sonido cuando uno expresa las palabras del título, como hablándose a sí mismo, repitiendo el nombre de la obra. “Elogio del aire”, “Peine del viento”. El tacto y la vista nuevamente entran en acción para sorprenderse levemente de la composición de la obra artística. Acero, hormigón, lamina, piedra, concreto. Material, forma e invención son la conjugación para la obra.

La lógica se rompe, no encaja dentro de lo convencional. Y viene de lleno el asombro. El arte generalmente transfigura las cosas y se convierte en lo inverosímil, pero que a la vez lo tenemos que creer por tenerlo frente a nuestros ojos y al mirar a otro lado del mundo tenemos que encajarlo con esa realidad. El espacio tiene que ser llenado, pero también el espacio significa vacío. La naturaleza mediante el trabajo del hombre es transformación, de las cosas útiles, y las cosas inútiles elevadas a obra de arte, que a la vez ya son útiles pero que no tienen pragmaticidad.

Eduardo Chillida es el escultor del vacío. No es la nada, sino es nada que otorga la categoría del lugar, del lugar del arte, de la creación humana. El vacío es lenguaje. Se expresa a través del espacio llenado, o con huecos, o la conjugación de ambos que significa la búsqueda del contenido. Y su referencia nos atrapa.

El espacio da lugar al territorio. Y al buscar su revés el territorio le cede lugar al espacio. La simplicidad del hombre alcanza la madurez de su creación con la expresión artística. La escultura no permite ese viaje. Un viaje enorme, extenso a medida en que nos situamos frente a un objeto físico, material pero recubierto con el trabajo sublime de su autor. La escultura es pues, el tránsito de un viaje, de un enorme recorrido, sin tener que avanzar enormes distancias. Éstos son los viajes que me agradan, me enriquecen y hacen que el espíritu se vaya recreando a través del tiempo. Conjugación como el espacio y el hormigón o el acero, y dan como resultado la madurez en el hombre.

manuel.basaldua.h@gmail.com

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