Opinión

Día treinta y tres

Bitácora de Viaje (de Estudios Socioterritoriales)

Por: Manuel Basaldúa Hernández

Nueva York era una ciudad idílica, o quizá lo siga siendo. Se convirtió en el destino esperanzador cuando el siglo XX tenía sus guerras mundiales. Fue el puerto a donde llegaron las mentes más brillantes y polémicas de Europa. Los miles de migrantes vestidos con sus harapos, sus guantes a la mitad que dejaban ver los dedos desnudos, eran la señal de las manos trabajadoras que estaban dispuestas a realizar cualquier labor para justificar su presencia.

La ciudad de los rascacielos con sus esqueletos de hierro, pronto formaron un bosque de cemento que levantó una fortaleza al bello jardín del Central Park. Manhattan se llenó de luces que replicaban su brillo en sus taxis amarillos, emblemáticos de la nueva ciudad. Broadway se convirtió en el corazón que hacía palpitar a la ciudad.

Si la Gran Manzana, como luego se le empezó a conocer, recibía ciudadanos de todo el mundo, desde luego que no fue la excepción para los latinos, mucho menos para los migrantes mexicanos que no eligieron los suburbios de la ciudad para establecer su influencia con su forma de estar, sino en los resquicios del propio downtown. Las tortilleras, las torterías, las taquerías, y hasta las misceláneas en donde se podía encontrar desde un Boing, una salsa Búfalo, hasta pan de azúcar rebautizado como pan mexicano, rondaban las salidas del metro. Junto con los demás latinos, Nueva York tenía su algarabía conjugada con la emoción anglosajona del glamour y el espectáculo.

El 11 de septiembre, la Gran Manzana sufrió un primer golpe que la dejó lastimada como toro de lidia. Ahí la ciudad conoció el dolor, producto de saberse vulnerable. La tristeza por las miles de muertes causadas por los atentados, cubrió la urbe de hierro con más fuerza que las toneladas de polvo causadas por el derrumbe de las entrañables Torres Gemelas, tristeza de la que apenas se empezaba a recuperar. En ésas estaban cuando se les presenta Sandy. Este huracán que ha hecho realidad todas las pesadillas de los norteamericanos, y de los neoyorquinos en particular, la naturaleza ahora fue la encargada de convertir a su ciudad en un manto sombrío.

Le ha dejado parecer la imagen de los homeless que rondan los McDonalds en búsqueda de algo de calor, o los refugios de YMCA para mendigar algo de sopa caliente.

Debajo de esa capa de frío, de viento helado y la nieve, siguen estoicos los mexicanos migrantes que están ayudando solidariamente al levantamiento y recuperación de la ciudad. Ahora al viajar a Nueva York, cuando regresemos, la tenemos que mirar recuperada de sus heridas urbanas, cuidada también por manos mexicanas.

twitter@manuel.basaldua

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