Opinión

Diccionarios

Punto y seguido

Por: Ricardo Rivón Lazcano

Gustave Flaubert (1821-1880) pedía considerar al diccionario como una hechura para ignorantes: sumamente vergonzoso utilizar, en particular, un diccionario de rimas.

El viejo amigo Ambrose Bierce (1842-1913) lo veía como un perverso artificio literario que paraliza el crecimiento de una lengua además de quitarle soltura y elasticidad.

Sin embargo, cada uno escribió el suyo: Flaubert el Diccionario de lugares comunes, y Bierce el Diccionario del Diablo.

Ambos creían que todo el mal personal y social proviene de nuestra gigantesca ignorancia. “Lo que debería estudiarse, se cree sin discusión. ¡En lugar de observar, se afirma!…»

Fui leyendo cada entrada, ahí donde coincidía la misma palabra, copié y pegué (excepto una “s”). Quien lea podrá comparar definiciones de dos (un francés y un gringo, en ese orden) originales formas de pensar la realidad y significarla:

Ambición. Siempre precedida de loca, cuando no es noble.

Ambición, s. Deseo obsesivo de ser calumniado por los enemigos en vida, y ridiculizado por los amigos después de la muerte.

Arsénico. Se encuentra en todas partes (recordar a Madame Lafarge). Sin embargo; hay pueblos que lo comen.

Arsénico, s. Especie de cosmético a que son afectas las mujeres y que, a su vez, las afecta grandemente.

Avestruz. Digiere las piedras.

Avestruz, s. Ave de gran tamaño, a quien la naturaleza (sin duda en castigo de sus pecados) negó ese dedo posterior en el que tantos naturalistas piadosos han visto una prueba manifiesta de un planeamiento divino. La ausencia de alas que funcionen no es un defecto, porque, como se ha señalado ingeniosamente, el avestruz no vuela.

Barba. Señal de fuerza. Demasiada barba hace caer los cabellos. Útil para proteger las corbatas.

Barba, s. El pelo que suelen cortarse los que justificadamente abominan de la absurda costumbre china de afeitarse la cabeza.

Batalla. Siempre sangrienta. Siempre ha habido dos vencedores, el que ganó y el que perdió

Batalla, s. Método de desatar con los dientes un nudo político que no pudo desatarse con la lengua.

Buffon. Se ponía puños de lustrina para escribir.

Bufón, s. Antiguamente, funcionario adscripto a la corte de un rey, cuya función consistía en divertir a los cortesanos mediante actos y palabras ridículas, cuyo absurdo era atestiguado por sus abigarradas vestiduras. Como el rey, en cambio, vestía con dignidad, el mundo tardó varios siglos en descubrir que su conducta y sus decretos eran lo bastante ridículos como para divertir no sólo a su corte sino a todo el mundo. Al bufón se le llamaba comúnmente «tonto» («fool»), pero los poetas y los novelistas se han complacido siempre en representarlo como una persona singularmente sabia e ingeniosa. En el circo actual, la melancólica sombra del bufón de la corte deprime a los auditorios más modestos con los mismos chistes con que en su época de esplendor ensombrecía los marmóreos salones, ofendía el sentido del humor de los patricios y perforaba el tanque de las lágrimas reales.

Camello. Tiene dos jorobas y el dromedario una sola. O bien el camello tiene una joroba y el dromedario dos (uno se embrolla).

Camello, s. Cuadrúpedo («Palmipes Jorobidorsus») muy apreciado en el negocio circense. Hay dos clases de camellos: el camello propiamente dicho y el camello impropiamente dicho. Este último es el que siempre se exhibe.

Comercio. Discutir para saber cuál es más noble, el comercio o la industria.

Comercio, s. Especie de transacción en que A roba a B los bienes de C, y en compensación B sustrae del bolsillo de D dinero perteneciente a E.

Conservador. Político de vientre abultado. «¡Conservador tonto! –Sí señor, los tontos sirven para cubrir las apariencias».

Conservador, adj. Dícese del estadista enamorado de los males existentes, por oposición al liberal, que desea reemplazarlos por otros.

Crítico. Siempre eminente. Se supone que lo conoce todo, lo sabe todo, lo ha leído y visto todo. Cuando os disgusta, llamarlo Aristarco, o eunuco.

Crítico, s. Persona que se jacta de lo difícil que es satisfacerlo, porque nadie pretende satisfacerlo.

Dentistas. Todos mentirosos. Emplean el bálsamo de acero. Se los cree también pedicuros. Se llaman cirujanos de la misma manera que los ópticos se llaman a sí mismos ingenieros.

Dentista, s. Prestidigitador que nos pone una clase de metal en la boca y nos saca otra clase de metal del bolsillo.

Día. Hay los días del hombre, el día del barbero, el día de la medicina, etc. Hay los días de la mujer, que ella llama críticos, en ciertas épocas del mes.

Día, s. Período de veinticuatro horas en su mayor parte desperdiciado. Se divide en el día propiamente dicho y la noche o día impropiamente dicho; el primero se consagra a los pecados financieros y la segunda a los otros pecados. Estas dos clases de actividad social se complementan.

@rivonrl

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