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Dicen que las mujeres… I

El texto que ahora presento es un coctel de otros que compartí, hace varios años en reuniones feministas, cuyos planteamientos vale recuperar, pues siguen siendo vigentes.

Dicen que, en el principio de los tiempos, las mujeres nacimos de la costilla de Adán. Pero a mí me gusta más la historia en que la humanidad nació de un acto de desobediencia, cuando se atrevió a probar el fruto prohibido del “Árbol de la ciencia del bien y del mal”. Fue así como emergieron las preguntas en el mundo y apareció la voluntad de saber. Desde entonces, las mujeres somos tan curiosas, que queremos saberlo todo y no nos satisfacen las respuestas simples.

Y sí, queremos saber: ¿a dónde se llevaron a nuestros hijos, a nuestros esposos y hermanas, a nuestros amigos y amantes, cuando un día, de pronto, desaparecieron sin dejar huella?

Queremos saber, ¿de dónde salieron esas leyes que permiten a muy poca gente acumular fabulosas fortunas, despojando a otra de sus espacios vitales, de su dignidad humana, para conducirla a una vida miserable?; ¿por qué, si nacimos de la misma Madre Tierra, nos han separado tan drásticamente: a mujeres de varones, a jóvenes de ancianas, a rurales de urbanos, a indios de blancas?; ¿por qué nos vernos unos a otras como “inferiores” o “superiores”?, ¿por qué nos vemos como “primitivas” a las que hay que civilizar, “enemigos” de los que hay que desconfiar, esclavas a las que hay que usar, materia prima y defectuosa a la que hay que corregir, o cosas que se pueden desechar?; ¿por qué han de ser pobres las campesinas, las maestras, las enfermeras, las albañiles, las verduleras, las electricistas, las trabajadoras domésticas, las obreras?… ¿y por qué han de ser inmensamente ricos quienes las cosifican?

Tantas preguntas vuelven peligrosas a las mujeres y hay que detenerlas. Ya consiguieron el derecho al voto, ya invaden las universidades y logran ser doctoras; ya pueden acceder a los cargos públicos, “igual que los varones” (¿igual?) … Tanto prestigio ha ganado el feminismo, que actualmente, hasta la gente de derecha presume de hablar con “lenguaje de género”.

En una época como la nuestra, caracterizada por la confusión global, vale plantear nuevas preguntas, aunque sean “políticamente incorrectas”, con tal de convocar al pensamiento crítico. Por eso, ¡bienvenido el debate!

Sin dejar de reconocer la necesidad de luchar por una vida libre, digna y feliz de TODAS las personas sin excepción, independientemente de sus formas de estar en el mundo, sigue viva la discusión sobre CÓMO REFLEJAR LA INCLUSIÓN.

¿Realmente es posible ser congruentes con el lenguaje de género? y ¿realmente hablarlo debilita al patriarcado, estimadas, estimados, estimadaos, estimades, estimadis, estimad@s, estimadxs, estimad8s lectores?

Como el tema es complejo, vayamos por partes. (Por ahora sólo discurriré sobre la primera cuestión):

Ciertamente el lenguaje está vivo y nuevas palabras, no sólo develan nuevas realidades, sino también las crean. Sólo que ser consistentes con el lenguaje de género implica serias dificultades, si asumimos que los géneros son muchos y asumimos el principio de no exclusión, según el cual “lo que no se nombra no existe”.

Por eso, con la última sílaba de “estimad8s” intento significar, no sólo a los 8 mil millones de personas que somos en el mundo, para no excluir a nadie, sino el infinito (el 8 acostado), pues a cada minuto nacen nuevos seres humanos, además de que las ecofeministas (a las que me adhiero) buscan incluir, también, a todos los seres de la naturaleza no humanos, que han sido cosificados, explotados y mercantilizados por el hombre y merecen respeto y consideración. Un problema con algunas “formas inclusivas” es que no se pueden pronunciar; pero ¡vamos!, vale la pena el intento.

Otro esfuerzo de inclusión emplea expresiones como “las infancias”. Quienes la utilizan, sin embargo, parecen desconocer que la palabra “infante” (del latín: sin voz; incapaz de hablar), corresponde sólo a bebés en sus primeros meses de vida (o a quienes siendo de familia noble, no pueden heredar, por no ser EL primogénito). Esto implica, entonces negar la palabra a cualquier menor.

Así que habrá que encontrar otras alternativas. (CONTINUARÁ)

Carmen Vicencio

Miembro del Movimiento por una educación popular alternativa (MEPA) maric.vicencio@gmail.com

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