Opinión

Discurso de recepción del Doctorado Honoris Causa. Universidad Autónoma de Querétaro

Por: Ángel Díaz-Barriga

Honorable Consejo Universitario de la Universidad Autónoma de Querétaro, Doctor Gilberto Herrera Ruiz, Rector de la Universidad, académicos y estudiantes que nos acompañan en este acto, señoras y señores.

Debo expresar mi reconocimiento y agradecimiento profundo por la distinción que la Universidad Autónoma de Querétaro, a través de su Consejo Universitario, me concede en este momento.

La entrega de un doctorado Honoris Causa es la más alta distinción que concede una institución universitaria, me siento muy honrado y comprometido al recibirla.

Es una distinción que me concede una institución  que me permitió por un poco más de diez años compartir una importante etapa de mi vida académica,  en la que iba configurando mi pensamiento.

El trabajo intelectual requiere de un esfuerzo individual que no voy a negar, requiere de autores que pueden nutrir las ideas incipientes que cada ser humano requiere para la construcción de su proceso de formación, así como para desarrollar una capacidad de identificar problemas, en mi caso educativos, de construir interrogantes, de formular algunos elementos analíticos, con la intención de ofrecer formas de comprensión o estrategias de intervención de problemas que reclama la sociedad en un momento específico.

Pero esta tarea demanda algo más, una posibilidad de expresar la palabra, de construir un espacio de reflexión, de establecer el diálogo en el mejor sentido del término, tanto en la visión socrática del mismo, que permite la reflexión y la reconstrucción de un sistema de ideas, como en la versión latinoamericana, cuyo esquema de referencia para nuestra generación  es el pensamiento de Paulo Freire.

Eso es lo que esta universidad me permitió realizar en sus aulas por más de diez años y es lo que he venido cultivando a lo largo de mi vida académica.

Hoy más que nunca somos conscientes de que nos corresponde vivir una época de incertidumbre, una época en donde las respuestas que en un momento consideramos firmes, entran en un proceso  de insatisfacción por  su incapacidad de contener toda la “comprehensividad” de los fenómenos sociales y educativos.

Vivimos como nunca una intensa lucha entre los proyectos del pensamiento educativo de corte neoconservador que apuesta a la ciudadanía global, a la homologación del ser humano en sus procesos de desarrollo y formación,  a la necesidad de expresar  lo que nos rodea a través de indicadores, frente a otra perspectiva del pensamiento educativo que tiene como eje la formación  en el sentido más amplio del término.

No una formación que se exprese sólo en logros de aprendizaje, o sólo en aprendizajes de corte cognitivo, afectivo o psicomotor, ni que se exprese en la adquisición de competencias matemáticas, lingüísticas, de convivencia o de ciudadanía, sino una que reclama retomar al sentido más profundo del término formación: lograr que cada ser humano pueda adquirir su desarrollo personal a plenitud, en el marco de un compromiso con la sociedad en la que le toca vivir.

Parafraseando algunas ideas del texto La sociedad de la ignorancia, nos toca pasar de la construcción de lo individualista a lo individual, al individuo en su plenitud, pero en su integración social.

Formación ha sido un reto que históricamente ha sido asumido por la universidad, la casa de la cultura por antonomasia. Desde su fundación se constituyó en el espacio abierto al conocimiento, a todas las escuelas de pensamiento que se generasen en el mismo.

La Universidad nació como un ámbito de reflexión, recordemos que en sus orígenes sólo se permitía presentar el examen de doctorado a aquellos que habían adquirido la madurez académica para sostener una tesis frente a un grupo de doctores presididos por el rector. Durkheim plantea la otra tarea universitaria: formar, formar intelectualmente y para adquirir una madurez académica personal.

Este tema sin duda se enriquece con el movimiento de la ilustración “ten el valor de servirte de tu propia razón”, lema que, según Kant, refleja el espíritu ilustrado; obviamente la universidad, como institución, asume esta tarea, que adquiere su máxima expresión  en el marco del pensamiento liberal, con la defensa de la libertad de cátedra y de investigación.

Esta es una tarea  sustantiva de la universidad: la capacidad de formar individuos que asuman la responsabilidad de sus ideas, que desarrollen la capacidad de exponer sus tesis, de argumentar y defender conceptualmente sus argumentos, pero también la capacidad de escuchar los argumentos de otros, y así, en una multiplicidad de intercambios, construir su propia razón. Realizar el pasaje que Weber denomina de la razón sustantiva, esto es la razón que todo lo explica gracias a una fuerza sobrenatural, a la era de las razones, mismas que provienen de los argumentos. Tema nodal en el momento actual  de la sociedad mexicana.  Reto para quien realiza la tarea educativa. No para la génesis de la escuela que conocemos, en particular de la didáctica que se da en el siglo XVII, en el conflicto  reforma-contrarreforma, asignando a la escuela la tarea de formar en esa capacidad de razonar  y argumentar.

En este sentido hegeliano, la formación consiste en que cada ser humano reconozca que es el único ser vivo que tiene la capacidad de reconstruir a historia del pensamiento humano y sobre todo, que esté  consciente  de que ese conocimiento fue producido antes  de su existencia y será reconstruido en cada una de las  generaciones humanas.  Formación, vista como la capacidad de reencontrase a uno mismo en la historia del pensamiento humano.

Esa es precisamente la unión de las dos tareas centrales de la universidad: formar a profesionistas y especialistas con estudios de posgrado. Egresados que  tengan capacidad de conocer su disciplina, su profesión, que puedan reconocer en ella lo que cada etapa de la humanidad ha aportado, que también puedan manejarse en los temas de frontera de la misma, en el reconocimiento de lo que reclama la sociedad, la humanidad, la nación y su entorno,  para que puedan dilucidar como desempeñarse en su profesión y contribuir al bienestar común.

Al mismo tiempo, ha de ser la institución que posibilita la construcción del  conocimiento riguroso y objetivo, acorde con los procedimientos específicos de cada uno de los campos del saber.

La universidad, en respeto a su función histórica, asume la responsabilidad civilizatoria de la sociedad en la que se encuentra inmersa. Tarea que se inicia en sus aulas, en sus espacios de investigación, en sus actividades de extensión o difusión del conocimiento para la sociedad. Pero dicha tarea es mucho más trascendente. Una acción civilizatoria, como expresa Freitag, es una actividad irrenunciable en la función que ejerce la Universidad con relación a su sociedad.

Consiste en la posibilidad de analizar el momento determinado; en formar profesionales con capacidad, competitividad en el lenguaje actual, para contribuir a su desarrollo, a la inserción global del conocimiento, la ciencia y la tecnología. Pero la función civilizatoria  también consiste en analizar el entorno inmediato, en reconocer diversas carencias que tiene la sociedad en el plano cultural, en el material y en el social.

Función civilizatoria en un momento en el que el mundo global enfrenta diversas crisis: económicas, culturales, de concentración de la riqueza, frente a grandes  segmentos de las poblaciones que viven en situaciones de pobreza extrema, que tienen que refugiarse en otros países ante las condiciones de los suyos. Función civilizatoria en un contexto donde los valores sociales están en crisis, donde las estructuras que sostuvieron a la modernidad se resquebrajan, donde, parafraseando a Bauman, todo se ha vuelto líquido, todo se nos está diluyendo entre los dedos de las manos.

En ese sentido, la universidad tiene que permanecer abierta a nuevos análisis.

En el momento actual diversos analistas de la educación reconocen que “las políticas educativas de la generación  de calidad han tocado fondo, han llegado a su fin”. Políticas que nos han enredado en múltiples indicadores y presiones, que han convertido a los académicos universitarios en productores en serie: cuántos libros, artículos, ponencias, alumnos en tutoría, alumnos graduados, etc. Vivimos más que nunca lo que Shelila Slaugther y Gary Roades han denominado Capitalismo Académico.

De las generosidades del trabajo intelectual, en el que éste se expresaba de múltiples formas en el ambiente universitario, empezando por sus aulas y siguiendo por el establecimiento de seminarios, cuya tarea era exclusivamente enriquecer el pensamiento, llegando hasta todos sus rincones del ámbito académico: pasillos, cafeterías, espacios al aire libre, hemos pesado en la universidad mexicana al abandono de esta visión generosa de la educación, porque ninguna de esas acciones da putos en la carrera académica. Como en una ocasión uno de mis entrevistados me dijo: “si doy una conferencia me dan una constancia, pero si doy una asesoría a un alumno, no le puedo pedir que me firme que se la he dado”.

La era de las políticas de calidad ha convertido a los académicos en sujetos altamente productivos. Incrementamos significativamente nuestros grados formales, cerca de 10 años pasamos de contar con una planta académica cuya composición fundamental era de personas con licenciatura a una planta de académicos con estudios de posgrado y,  con el grado preferente, entiéndase doctor. Otro grupo de indicadores han mejorado sustancialmente: el número de académicos que es reconocido en el Sistema Nacional de Investigadores, el número de trabajos que se publican en revistas arbitradas e indexadas, el número de capítulos y libros.

Pero en este tránsito estamos perdiendo algo fundamental de nuestro trabajo: la capacidad de dialogar. La capacidad de intercambiar ideas con nuestros colegas, con nuestros estudiantes. La necesidad de detenernos en este circuito inacabable de la excelencia de darnos tiempo para reflexionar, para leer, para dialogar con pares académicos y estudiantes. Es paradójico que en una época en la que todo pasa por productos y puntos, la lectura no tenga ninguna posibilidad de ser puntuada.

Cuando decimos y reconocemos que la era de políticas de calidad, en la forma  como la conocemos en este momento está agotada,  en realidad necesitamos  reconocer la necesidad de conciliar esa doble aspiración  de la universidad: ser un espacio de construcción del conocimiento y ser un espacio de formación de nuevas generaciones. Necesitamos replantear qué espera la sociedad mexicana del siglo XXI de sus instituciones universitarias.

ANUIES ha propuesto un nuevo eje en su propuesta que tiene por título Inclusión con responsabilidad social. Una nueva generación de políticas de educación de políticas de educación superior. Título que invita a repensar el sentido de nuestra institución y que, desde mi perspectiva, es al mismo tiempo alentador e insuficiente.

Es alentador porque constituye un reconocimiento de la necesidad de transitar hacia otros esquemas que orienten la política nacional, los dos términos empleados apuntan hacia la necesidad de repensar la dirección del sistema universitario. Inclusión como expansión de la matrícula, como una respuesta al derecho que todo ciudadano del siglo XXI tienen para acceder a la educación superior, tal como lo reconoce la UNESCO.

Responsabilidad social es un tema que, como plantea Vallaeys, se retoma del mundo empresarial, en la perspectiva  de analizar una función social desde una perspectiva ética. Tema que en el mundo universitario es incipiente, baste ver los pocos artículos que sobre el mismo existen en este momento: En el planteamiento de Vallaeys la reconstrucción de la responsabilidad social universitaria implica, como institución, asumir una ética de diálogo y consenso; una ética democrática y solidaria entre todos los participantes; una ética de la complejidad, que parte de una visión holista y global de todos los aspectos de su funcionamiento; una ética con respecto al uso de su autonomía en las decisiones académicas que asume.

Inclusión y responsabilidad social son dos temas que invitan a repensar la universidad la universidad de nuestro futuro próximo, son dos temas frente a los cuales el Estado tiene que asumir una serie de responsabilidades para crear sus condiciones de desarrollo y, al mismo tiempo, los universitarios requerimos analizarlos con detenimiento para ponderar sus posibilidades y para construir su sentido en esta vocación civilizatoria de la universidad.

Sólo si el Estado cumple su responsabilidad y los universitarios asumimos la nuestra, realmente esteremos en las condiciones de establecer una nueva generación de políticas para la educación superior que supere la visión productivista e individualista que la ha caracterizado en estos últimos 25 años.

Muchas Gracias.

Querétaro, Qro. 6 de noviembre de 2013

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