Opinión

Distraído Alejandro Rossi

Punto y seguido

Por: Ricardo Rivón Lazcano

Escribe Alejandro Rossi en el Manual del distraído: «Por razones oscuras- aunque quizá triviales- me atraen los libros que reúnen cosas diversas: ensayos breves, aforismos, reflexiones sobre un autor, confesiones inesperadas, el borrador de un poema, una broma o una explicación apasionada de una preferencia.»

De una breve navegación en la página de El Colegio Nacional –del que fue miembro-, unas relecturas de Por varias razones y Un preceptor, extraje, por voluntad propia, lo que consideré serían acabados aforismos. Aquí están:

·         ¿Y la literatura? Ha sido, más que la filosofía, mi santo y seña para mezclarme con la realidad. La literatura me ha dado la gramática básica para estar en el mundo.

·         La realidad no es extraordinaria porque una ramera lea a Ovidio o porque un solterón acuoso estudie apasionadamente a Malebranche en un mínimo pueblo sudamericano. Ignoro cuál deba ser la reacción adecuada frente a esas acciones, pero me niego a morirme de asombro y a entregarme a esa literatura de sobremesa.

·         Los regalos de la vida no se planean, si acaso el propio trabajo y aun allí hay tantas sorpresas que más vale abandonar la idea de que somos los dueños de nuestro destino.

·         Empleo un lenguaje aproximativo y deliberadamente incorrecto porque, en rigor, no existen acciones pequeñas, desnudas de complejidad.

·         Quién nos rige es una pregunta que alegremente se la dejo a los teólogos, esos grandes imaginativos que nos han regalado maravillosas ficciones.

·         He oído que las teorías buscan afanosamente ejemplos, dispuestas a todo tipo de concesiones con tal de tenerlos de su lado.

·         Si soy franco, debo admitir que prefiero ver la vida como una trama de imprevistos, de casualidades, de descubrimientos inesperados, de caminos laterales que, de pronto, se vuelven centrales.

·         Prefiero que, inesperadamente, un viento rápido borre las turbias nubes del amanecer. La realidad está, así, más cargada de esperanzas y —según me parece— también es más divertida.

·         Tal vez para los dioses la vida sea un límpido teorema que emana de los axiomas.

·         Celebro, sin embargo, que entre los hombres las cosas discurran de otro modo, celebro la ceguera que nos permite ignorar la imprevista noticia, celebro la agnosia que me abre paso hacia un posible hallazgo, celebro encontrarme, sin el menor presagio, frente a un rostro insuperable.

·         A lo mejor son admirables, pero me aburren un poco los personajes que aseguran, con un cabeceo de péndulo, saber lo que harán mañana y todos los días siguientes.

·         Me doy cuenta, claro está, que el temple que invoco suscita angustia y una cierta actitud que, en su extremo, puede ser bobamente milagrera. Pero también es verdad que en ella hay un realismo humilde ante las empresas del hombre, hijo del miedo y de la precariedad.

·         No afirmo nada excepcional, sólo recuerdo que la amplitud de los contextos y la temporalidad alteran los propósitos originales. Cambia la lectura y el sentido de una obra o de una página.

·         Aquello que creíamos esencial se convierte en agua estancada y lo que juzgábamos como un ejercicio ligero se transforma en el máximo logro.

·         Apostamos a la racionalidad sin mácula y ésta lentamente se disuelve en una pesadilla salvaje.

·         Apoyamos el bien y luego, con espanto, descubrimos que tenemos las manos llenas de ceniza.

·         Quizá lo humano sea una mezcla de racionalidad escéptica que nos defienda de los sueños olímpicos, una honda conciencia de que cometemos errores y, a la vez, la valentía de pensar e imaginar ardientemente.

·         Arriesgar y rectificar, la fórmula de oro, simple y dificilísima.

·         Todo el día, desde que me despierto, pensar es una actividad que practico con desesperación y desgano.

·         ¿Y si fuera posible pensar como quien sigue con la mirada el vuelo de una mosca? ¿O como esas personas que ponen un disco, lo escuchan con placidez bovina y luego vuelven a guardarlo en un mueblecito insignificante y laqueado?

Alejandro Rossi nació en Florencia, Italia, el 22 de septiembre de 1932, y murió en la Ciudad de México el 5 de junio de 2009. Autor de ensayos filosóficos y de relatos. Uno de los pocos filósofos que emprendieron obras literarias con talento narrativo, y a las obras filosóficas las dotan de una amenidad poco usual en el género. En 1999 le fue otorgado el Premio Nacional de Ciencias y Artes.

@rivonrl

{loadposition FBComm}

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba