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Dorita” y su Silacayoapan, Oaxaca

Silacayoapan, o lugar-tierra de chilacayotes (tzilacayotl), es una zona donde lo mixteco, triqui y náhuatl se mezclan forjando una cosmovisión única expresada en su gastronomía, sus valores, su conocimiento, su forma de apreciar al ser humano y la naturaleza. Imaginarse este «lugar de los chilacayotes» en el año de 1924 es un ejercicio al estilo de H. G. Wells, un viaje en el tiempo, para entender el momento preciso en que llegó al mundo Dora Carranza Vera, «Dorita» cómo le acostumbraban decir.

Nunca sabremos la auto adscripción étnica de Dorita, pero cualquier ser humano que vive inmerso en el mundo mixteco, triqui y náhuatl por varias décadas seguramente incorpora a su forma de vida la cosmovisión indígena. No de a gratis sus descendientes valoramos y colocamos en alta estima todo el saber prehispánico. «Dorita» expresaba su amor a través del sabor de la comida y de los rituales de su preparación: pozole, mole de olla, pollo con mole y arroz, enchiladas, enmoladas, enjitomatadas, frijoles de la olla, refritos, huevos en diversas formas; la paciencia por enseñar a sus hijos e hijas, su capacidad de adaptarse a las cambiantes condiciones del entorno, su fortaleza inagotable.

Su color de piel no importaba, ella tenía su corazón arraigado en los saberes de su tierra, nunca ensalzo o denostó las raíces culturales de esa región de Oaxaca donde nació, Dorita, era el ejemplo vivo del ser humano a secas, sin motes o epítetos.

Ella nos enseñó a amar los libros y a cuidarlos, amar el saber, ella que por su condición de mujer se le cerraron los caminos de la escolarización, nunca dejo de estudiar, era una apasionada de la lectura, sus favoritas las novelas soviéticas y cubanas. Impulsó a sus hijos e hijas a estudiar por todas las formas. Sabedora, estoy seguro, de que sólo siendo cultos podemos ser libres.

En el año que concluyó la Segunda Guerra Mundial (1945) se casó con Leonel Quiroz Vergara, a la edad de 21 años y de allí en serie a parir nueve hijos, seguramente en las profundidades de su alma ella hubiera querido asistir a la escuela y hacerse médica, enfermera, ingeniera o cualquier otra profesión. El patriarcado la encerró en la maternidad y en el trabajo doméstico no remunerado. Pero su espíritu rebelde se dedicó a impulsar a sus 8 hijos que le sobrevivieron a alcanzar todos los niveles de la enseñanza escolarizada: licenciaturas, maestrías, doctorados. Increíble y extraordinario el resultado de una mujer a la cual sólo se le permitió concluir la primaria, crío 8 hijos (4 mujeres y 4 hombres) y los 8 concluyeron una licenciatura o ingeniería, tres alcanzaron la maestría, y dos el doctorado en instituciones públicas. Esa tenacidad por impulsar la adquisición del saber sólo puede tener origen en esa fortaleza que dan las raíces ancestrales. 

Su rebeldía contagiosa, católica, más por imposición que por devoción, aprendió pronto la hipocresía de los representantes del clero. Esa libertad de pensamiento forjó en sus hijos el deseo de transformar la patria, y sin excepción, cada uno, en su momento y época, participó en las luchas sociales correspondientes: 1968, 1971, o apoyando las causas de la Revolución Cubana, la Revolución Nicaragüense, al Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional de El Salvador, a la Organización para la Liberación de Palestina, al Frente Polisario, a los integrantes de la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria comandada por Genaro Vázquez Rojas, entre otras.

Dorita, en silencio aceptó que en alguna ocasión su vivienda familiar se convirtiera en casa de seguridad para esconder a un guerrillero, jamás supo si era de la ACNR o de la Liga Comunista 23 de septiembre, sólo sabía su mote: «el primo», no importaba más, pues lo correcto era ayudar a los perseguidos. Muchos luchadores sociales nacionales e internacionales disfrutaron de su gastronomía: palestinos, vietnamitas, centroamericanos, y vaya usted a saber de que otro lugar del mundo.

Jamás se opuso que en la casa familiar funcionara una imprenta-mimeógrafo, taller de diseño gráfico, almacén de propaganda, al contrario, durante las largas jornadas de preparación de los materiales de difusión, ella narraba sus anécdotas de hacedora de boletines escolares. Sus ollas servían para hacer engrudo, sus frascos para guardar brochas, y allí la muchachada soñando despierta un mundo mejor.

Dorita era de esas madres, podemos decirlo, cabronamente amorosa, nunca insultaba, y sí la desesperación logró que proporcionará castigos corporales a alguno de sus hijos, fue la excepción. Pues sin decirlo aplicaba el principio de que «hacer es la mejor forma de decir».

Ella no necesitó estudiar marxismo, pues su moral esencialmente cristiana verdadera, le enseño el camino de la justicia. No necesitó ser convencida, ella ya lo era, de la necesidad de liberar a la humanidad del capitalismo patriarcal, pues lo vivió en carne propia.

Cuántas dudas surgen sobre la propia madre, cuánto desconocemos de sus historias: ¿Cómo y donde aprendió a tejer, a bordar, a cocinar, a pintar en tela, a criar animales? Ya es imposible saberlo, pero su impronta quedó para siempre en sus hijos e hijas.

Dejó este mundo a la edad de 81 años, en el año 2005, sin imaginar siquiera que 13 años después empezaría a hacerse realidad su sueño de un país más justo, más equitativo, un país que está sentando las bases de la liberación de la mujer como preámbulo de la liberación nacional, eso que se ha dado en llamar Cuarta Transformación. Y ahora en este 2024, en su México, una mujer guiara el timón, los destinos de la patria, una mujer de la edad de sus hijos e hijas, y como ellos, apasionada del saber, mujer que retoma el conocimiento de los pueblos originarios para insertar todos los mundos en uno. Qué felicidad le daría saber que nada fue en vano.

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Un comentario

  1. Mucho interés me despierta el relato de Dorita, en que se resume la vida tan parecida de muchas mujeres, algunas no tan ancianas, otras ya en el ocaso de su vida han dejado ese legado de humanidad para los semejantes, me revivieron mi vida de niño, en e mi madre hacía milagros para dar de comer a los nueve chamacos que fuímos, y que todavía tenía para ofrecer a una familia de vecinos, al igual que mi suegra, siempre lista para ayudar, y nunca dejaba salir a ninguno de nuestros hijos si no habían comido, desayunado o tomado por lo menos algún taco, con ese sentimiento de satisfacción de haber revivido a esos dos amados seres me quedo de fruto de este relato. Gracias

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