Opinión

Drácula II y último. Historia y leyenda

Por Edmundo González Llaca

¡Qué frustración! Acabo de descubrir que tengo más éxito como vampirólogo que como politólogo. El artículo que últimamente me han comentado más los lectores fue uno que escribí hace dos semanas sobre Drácula. ¡No es posible! En fin, dramas de la vida real, Querétaro y el mundo están a punto de perder un escritor de los asuntos del día y ganar un comentarista de las criaturas de la noche.

Algunos buenos amigos me han hablado para preguntarme varias cuestiones, antes de expresar su curiosidad, los estimados lectores me aclaran reiteradamente su escepticismo sobre el tema con frases como “obviamente, yo no creo…”, “estoy consciente de que todo son embustes”, “aunque el personaje no es serio, ¿qué sabe usted…?” Me he permitido contestarles como Adolfo Ruiz Cortines: “Yo tampoco creo en las brujas, pero de que existen, existen”.

Una señora me interroga: “¿Es cierto que la palabra “vamp”, que se aplica a ciertas artistas, tiene que ver con Drácula?” Sí, la palabra “vamp” es la contracción de vampiro y nació en 1914. Así se nombró a Theda Bara, artista danesa, la primera actriz que en cine se dejó besar por su compañero. Obviamente la palabra no tiene nada que ver con el besucón de Javier Sicilia.

Un joven alivianado me envía una nota. “¿Qué onda con Drácula? ¿Qué hay de cierto y de mentira? ¡Cámara! con el nombrecito”. Respondo. En el siglo XII, Rumania estaba dividida en tres principados, Transilvania, Moldavia y Valaquia. Los Bassarab gobernaron este último principado, con los títulos de Vlad I al IV. Todos ellos vivieron en permanente guerra contra los mongoles, los húngaros y los turcos. Sus servicios a la causa cristiana fueron reconocidos por Segismundo de Luxemburgo, emperador del Santo Imperio Romano Germánico, quien condecoró a Vlad IV con la Orden del Dragón, y sería llamado Draculea, literalmente, “el hijo del Dragón”.

Drácula también fue nombrado Vlad Tepes. La causa fue la siguiente. En 1462 fue atacado por las fuerzas turcas. La diferencia con sus enemigos era de 25 soldados contra uno. Vlad comprendió que el único medio de vencer a sus superiores adversarios era con una guerra psicológica. Después de perder la primera batalla, al saber que para los turcos el más grande de los pecados y el horror supremo era la profanación de los cadáveres, ordenó a sus hombres que los cinco mil muertos del campo adverso, resultado de la primera lucha, fueran empalados. En la segunda ofensiva los turcos se encontraron con esta terrible visión y huyeron despavoridos. Se ganó así el nombre de «Tepes», en rumano, el “Empalador”.

Como gobernante fue déspota y sanguinario, pues mantenía el orden con penas durísimas. Las mujeres podían caminar solas en la noche y los pozos y las fuentes estaban adornados con oro; auténticamente, nadie se atrevía a cometer un delito. Drácula nació en 1430 y murió en 1476. Fue hecho prisionero a traición cerca de Bucarest y decapitado. Su cabeza fue ofrecida al sultán de Turquía, quien en ese momento estaba acompañado por la princesa Alejandra. La dulce damita, al observar la charola que llevaba a Vlad Tepes, comentó: ¿Un vampiro sin cabeza? Poco práctico». Bram Stocker, el autor de la novela, ubica su relato en Transilvania en 1897. Este Drácula es quizá Vlad Tepes, que según esto nunca murió, o puede ser uno de sus descendientes, amante también de la moronga humana.

El artículo inspira a un amigo para platicarme un chiste de gallegos: “¿Qué quiere hacer un gallego en el campo, sobre un tractor y vestido de Drácula? Sembrar terror”.

Este chiste, además de sangronsísimo, es terriblemente injusto. Drácula no produce terror, ¡para nada!, sino esa extraña mezcla de atracción y rechazo que despierta el abismo. Esa ambivalencia que nuestro compositor vernáculo resume en la frase: “Me gusta pero me asusta”. Drácula es un ser que encarna en todo su dramatismo la dialéctica de la vida misma.

Drácula no es ningún violador, es un letal seductor, eso se desprende del siguiente diálogo. Mina es la interfecta.

Drácula –Oh Mina, bebe y únete a mí en la vida eterna… (Zacatón agrega) No, no puedo permitirlo.

Mina –¡Por favor! No importa, hazme tuya para siempre.

Drácula –Mina, estarías condenada como yo a caminar por la sombra de la muerte para toda la eternidad… Yo te amo demasiado para condenarte.

Está versión de Drácula es la adaptación del famoso pancho: “No eres tú, soy yo”. Todo para no sentar cabeza ni irse a vivir con el cuerín, lo cual ya sería un radicalismo muy convencional. Está bien que a Drácula le guste la moronga, pero tonto no es.

Un señor me habla por teléfono y me inquiere: “¿En verdad la mujer que Drácula sigue hasta Londres valía la pena?” Respondo. Por supuesto, el pecado era un auténtico mango petacón. Drácula no sólo quería chuparle la sangre, sino comerle piel, huesos, cabellos y uñas. En la novela Stocker la describe así: “Es una de esas mujeres que hace Dios con su propia mano para enseñarnos a los hombres y a las demás mujeres que hay un cielo al que podemos llegar, y cuya luz se difunde ya aquí en la tierra”. ¡Chiquitita!

“¿Cómo puede matarse a Drácula?”, me pregunta un niño que de seguro nunca recibirá el Nobel de la Paz. Respondo. Para facilitar la operación, lo ideal es que Drácula esté dormido y quietecito, pues no deja de ser molesto lo que se le hace. Corran por un papel y un lápiz para apuntar. Se coge una estaca, con la mano izquierda, se coloca la punta sobre el corazón y se le da un mazazo con la derecha. Acto seguido se le abre el pecho, se le sacan los pedazos de corazón y se queman. No se meta al horno de microondas porque chorrea mucha sangre. Después se le corta la cabeza y se le llena la boca de ajos. La tarea de eliminación de Drácula tiene aspectos incómodos, principalmente porque le quedan a uno las manos oliendo a ajo.

Espero sus comentarios en www.dialogoqueretano.com.mx donde también encontrarán mejores artículos que éste.

 

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