Opinión

Drácula

Por Edmundo González Llaca

Hace cien años murió Bram Stoker (1847-1912), creador de uno de los personajes que me han acompañado toda mi existencia, los cursis, como yo, lo consideramos uno de los grandes ejemplos de vida: Drácula.

En todo el mundo le han rendido culto, las ferias del libro le han dedicado maratones de lectura y las universidades han organizado foros. Aquí en Querétaro no he visto ni leído nada, lo cual es raro, porque si hay algo que nos fascina a los queretanos es chuparle la sangre al prójimo. No podemos quedarnos atrás, van estas líneas en homenaje a uno de mis héroes favoritos.

Empezaré por hacer una reconstrucción de hechos de cómo fui seducido por este tenue, susurrante, cruel y maravilloso personaje.

Era niño, es decir, hace unos pocos años, cuando me percaté de que no sólo me simpatizaban los monstruos de las películas, algo ya de por sí insólito, sino que anhelaba encarnarlos. Me encantaba su muy superior soledad, me seducía su originalidad y escondida belleza; me sobrecogía la terrible persecución que padecían. Decidí estudiarlos y asumir la personalidad de uno de ellos. ¿Cuál podría ser?

Frankenstein me parecía demasiado rígido y con sonrisa de idiota; lo peor, siempre andaba despeinado, mal vestido y con pantalones que, o le quedaban cortos o eran bermudas demasiado largas. El Doctor Jekyll, cuando se convertía en el monstruo Hyde, tomaba un brebaje que le hacía sufrir unos estertores horribles, como si comiera pozole guerrerense sin carbonato a la mano. No lo acepté. El Hombre Lobo sólo salía con luna llena, lo que ya limita la vida monstruosa. Además, cuando lo correteaban, sudaba horrible el pobrecito. Tampoco me convenció.

Los zombis siempre me chocaron, supuestamente muertos vivientes, están tan ojerosos como Josefina Vázquez Mota; el cutis muy maltratado y nada agraciados, pues aparecen siempre polvosos, como si salieran de un edificio en ruinas después de un temblor, más que de una tumba, pues si de ahí procedieran estarían bañados de tierra y con una que otra lombriz adornándoles el pelo o una oreja.

Los zombis tratan de espantar y no seducir. Los ojos los traen rojos y medio cerrados, no se sabe si quieren dormirse o se están despertando; andan como en trance, pareciera que están enmariguanados o así se queda uno después de escuchar la promesa del tren rápido a Querétaro. Con la facha de zombi no dan ganas de sobrevivir.

Descubrí mi verdadero ser cuando tuve contacto con el CONDE DRÁCULA, así con mayúsculas. No hay mejor momento para escribir sobre él que en el ámbito de la noche.

Al principio debo reconocer, no lo acepté del todo. Ser monstruo y vivir en Transilvania, en Rumania, entonces país socialista, debía tener sus desventajas. Imaginaba al pobre Conde, brutalmente humillado, llenando miles de formularios para satisfacer a la burocracia. No dudo que en más de una ocasión lo desmañanaran y lo hicieran asistir a una ceremonia del partido o lo obligaran a desfilar a pleno día. Pero aun así fue mi máximo.

Tenemos sorprendentes coincidencias. Le fascina desvelarse como a mí, es dientón como yo; pálido pambazo como el color de mi piel. Aunque acepto que yo soy más cachetón, pero es que mi dieta es más balanceada: la sangrita siempre la acompaño con tequila. Me enloquece su elegantísima capa negra, ante la cual no tienen nada que hacer las usadas por los chocantísimos Batman y Robin, que parece que las hubieran comprado en oferta de un mercado sobre ruedas.

Pero lo más apasionante de Drácula es que es eterno y polígamo. Por si fueran pocas estas cualidades que lo adornan, tiene el mérito de haber sido un visionario de lo que le pasaría al mundo. Desde siempre ha cuidado su salud, prefiriendo beber la sangre de doncellas. Bien sabía que con el sida, y las costumbres un tanto relajadas, la cuestión del líquido rojo y virginal no sería un refinamiento gastronómico sino auténtica medida de protección para la supervivencia.

Nota: Exijo que Salubridad no se meta con mi admirado y distinguido Conde Drácula. Sé bien que en esa Secretaría son capaces de hacer comerciales sugiriendo que se pongan esas cosas de látex en los dientes.

De adolescente fue tal mi apasionamiento por Drácula que veía sus películas y en la noche, ya en mi casa, ensayaba sus muecas y su mirada inaccesible. Decidí evaluar con mi novia la perfección de mi caracterización. Fui a verla a su casa vestido de negro y con una capa que llevaba envuelta bajo el brazo y que no me puse sino hasta llegar a su puerta. En mi mente escuchaba la música de ta, ta, ta… que acompaña las escenas de películas marcadas por tremendo suspenso.

Toqué y mi novia abrió la puerta. Me recibió con un enfriador: “¡Ay, oye!, qué raro te ves”. Pasamos y nos sentamos en el sillón acostumbrado. Acomodé la capa atrás de mi espalda, para que no se me fuera a arrugar. Ella me veía extrañada. Mi rostro era grave y ausente. Con voz cavernosa, le dije: “Hay partes de mi compleja, enigmática, y bastante encantadora personalidad, que nunca has conocido”. Mordiéndose las uñas, me preguntó: “¿A poco tú? ¿Pues como cuáles partes…?” Diría mi prima, ¿entratándose de dónde?

Me turbé un poco. No contesté y empecé a hacer gestos en verdad horripilantes. Abrí mis, ya para entonces, terribles fauces. –“Y ora tú, ¿qué te pasa?” Dijo sin el menor espanto. Me frustré un poco, me recargué nuevamente en el sillón, elevé los ojos hacia el techo, tomé aire y me lancé sobre ella para morderla en el cuello. ¡Oh, desilusión! Acabó tirada en la alfombra con un ataque de risa y yo viéndola como idiota. No era mujer para mí.

De las cosas que más me gustan de Drácula es que no se ve en los espejos, pues no aparece. Esto tiene serios problemas para rasurarse, pero es comodísimo porque no hay necesidad de comprar espejos, y lo mejor, no hay posibilidad de pelearse con la pareja por el baño.

La otra cosa es que para matar al Conde (¡no, por favor!), no hay necesidad de quemarlo, tirarle ácido, dispararle balas de plata, coagularle su sopa o echarle a un grupo de la AFI. Simplemente le enseñan una cruz, que es algo así como preguntarle a cualquier ciudadano sobre su Registro Federal de Causantes, y sale volando. La otra es encajarle una estaca entre la séptima y la octava costilla. Lugar que me enloquece, pues me dan unas cosquillas sensacionales.

Ya casi amanece y me siento mal. No es que mi admiración por Drácula me lleve a sentir sus síndromes ante la luz solar. No, es algo más prosaico. Cené unos malditos tacos de moronga y un poco de morcilla española en compañía de mi amigo Raúl Iglesias. ¡De improviso!, se abre la ventana. ¿Es Raúl que viene a cobrarme la parte de la cuenta que no pagué en el restaurante? No, es Drácula, quien con tono de ultratumba me dice: “Fue el mestizaje culinario y no la sangre lo que te cayó de la patada”. Me froto los ojos con las palmas de las manos y vuelvo a mirar. La ventana está cerrada. Estoy solo, bueno, no tan solo. Me acompañan mis reminiscencias, mis culpas y mis monstruos.

Espero sus comentarios en www.dialogoqueretano.com.mx donde también encontrarán mejores artículos que éste.

 

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